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Grace le dio las gracias, luego comprobó las notas de las reuniones que Eleanor había pasado a limpio. Cuando acabó, abrió la agenda de su Blackberry y repasó meticulosamente el programa del día. Al menos tenían buenas noticias para la rueda de prensa de esta mañana. A las dos de la tarde tenía que acudir a la vista para la fianza de Bishop, por si surgía algún problema. Luego tenía la reunión informativa de las seis y media. Y quizá terminaría pronto esta noche si no se producían avances importantes nuevos. Necesitaba desesperadamente recuperar horas de sueño, antes de que estuviera tan cansado que comenzara a cometer errores. Se sentía peligrosamente cerca de ese punto.

Tres jueces -dos mujeres y un hombre- estaban sentados en el juzgado número 3 de Edward Street. Era una sala pequeña y sencilla, con hileras escalonadas de asientos de madera y una zona pequeña para el público y la prensa en un lateral. Con la excepción del emblema Dieu et Mon Droit expuesto solemnemente en la pared del fondo, el lugar tenía más el ambiente de un aula que el aire inquisitorial de uno de los tribunales más espléndidos de esta zona de Sussex.

Brian Bishop, que ahora ya llevaba su ropa, una chaqueta beis encima de un polo y pantalones anchos azul marino, estaba de pie en el banquillo de los acusados, todavía con un estado de desolación absoluta.

Frente al tribunal estaban el fiscal, Chris Binns, el abogado de Bishop, Leighton Lloyd, y Grace y Branson, así como unos treinta periodistas, que abarrotaban la galería lateral.

Para su desgracia, Grace vio que hoy presidía el tribunal la rubia de bote Hermione Quentin, que lucía un vestido caro. Era la única juez de la ciudad que le caía realmente mal, pues había tenido un roce con ella este año, en este mismo juzgado, por un sospechoso que él quería retener; ella, de un modo totalmente ilógico -y peligrosamente, a su parecer-, rechazó su petición. ¿Haría hoy lo mismo?

La comparecencia fue breve.

Leighton Lloyd expuso sus argumentos apasionados y convincentes sobre por qué había que dejar en libertad bajo fianza a Bishop. Chris Binns lo destrozó demoledoramente. Los jueces sólo deliberaron unos momentos antes de que Hermione Quentin hablara.

– Fianza denegada -dijo con altivez, enunciando cada palabra con la precisión de una profesora de dicción, dirigiéndose alternativamente a Bishop y a su abogado-. La razón no es otra que la gravedad del delito. Creemos que existe riesgo de fuga por parte del señor Bishop. Somos conscientes de que la policía está investigando un segundo delito grave y el hecho de que el señor Bishop permanezca detenido evitará que pueda interferir con los testigos. Tenemos la sensación de que es importante proteger a los ciudadanos -luego, como si le hiciera un favor enorme a Bishop, dijo-: Como tiene su residencia aquí, creemos que será bueno para usted estar retenido en la cárcel de Lewes hasta el día del juicio. Permanecerá allí hasta el próximo lunes, cuando deberá volver a comparecer ante este tribunal.

Entonces cogió un bolígrafo y procedió a escribir algo.

La sala comenzó a vaciarse.

Grace salió de detrás de su banco, satisfecho. Pero mientras pasaba por delante del banquillo de los acusados, Bishop le habló.

– ¿Podría hablar un momento con usted, comisario?

Lloyd saltó de su asiento y se colocó entre los dos.

– Creo que no es aconsejable -le dijo a su cliente.

– Tampoco has hecho un gran trabajo que digamos -le contestó Bishop. Luego se volvió hacia Roy Grace-. Por favor, yo no lo hice. Por favor, créame -le imploró-. Ahí fuera hay alguien que ha matado a dos mujeres. A mi querida esposa y a una buena amiga mía. No deje de buscar a esa persona sólo porque yo esté encerrado. ¡Por favor!

– ¡Señor Bishop! -le reprendió Leighton Lloyd-. No diga nada más.

Grace salió de la sala con las palabras de Bishop resonando en sus oídos. Ya había escuchado antes este tipo de súplica desesperada de última hora, a criminales que eran totalmente culpables.

Pero, aun así, una profunda inquietud se apoderó de él de repente.

Capítulo 105

En la sesión de planificación, previa a la reunión conjunta de las operaciones Camaleón y Mistral de las seis y media, Brendan Duigan había alertado a Roy Grace de un problema.

Así que justo después de su introducción, y de resumir brevemente los acontecimientos del día, Grace comunicó a los miembros clave de los dos equipos de investigación, apretujados en la sala de reuniones de Sussex House, que había surgido un problema de cronología que relacionaba a Brian Bishop con el asesinato de Sophie Harrington. Se volvió hacia la agente Corbin, uno de los miembros del equipo de Duigan, y le pidió que diera su informe.

Adrienne Corbin, que vestía unos vaqueros y una camiseta naranja, era de estatura bajita, cuerpo robusto y un poco marimacho. La inspectora de veintiocho años llevaba un corte de pelo de hombre, y su cara, redonda y aplastada, recordaba a Grace a un perro carlino. Parecía más agresiva y beligerante de lo que era en realidad, y resultó ser una oradora sorprendentemente nerviosa, observó el comisario mientras la joven se dirigía al numeroso grupo.

– He reconstruido los movimientos de Brian Bishop durante la tarde y noche del viernes 4 de agosto a partir de la información recopilada gracias a la agente de Relaciones Familiares Linda Buckley, un taxista de Hove Streamline, el señor Mark Tuckwell, las imágenes de la cámara de seguridad obtenidas del centro de control de la Policía de Brighton, además de fuentes civiles, las llamadas del móvil del señor Bishop y los registros de los repetidores de telefonía móvil proporcionados por British Telecom, donde se indican los movimientos geográficos del teléfono de Bishop.

Hizo una pausa, estaba roja y sudaba profusamente. Grace sintió lástima por ella. Ser buen investigador no significaba necesariamente tener confianza para hablar en público. Volvió una página de sus notas, como si comprobara algo, luego prosiguió:

– Será de interés para la operación Camaleón el informe sobre la ausencia de actividad del móvil de Bishop desde las 23.20 de la noche del jueves, 3 de agosto, hasta las 6.33 de la mañana del viernes, 4 de agosto.

– ¿Podemos extrapolar de esta información si el motivo es que Bishop no se movió durante ese período de tiempo o que, si lo hizo, no se llevó el móvil, o que estaba apagado? -preguntó Grace.

– Tengo entendido que si un teléfono está encendido o en uso, intercambia señales constantes con la estación base más cercana, básicamente habla con él, informando a la estación base de dónde se encuentra. Aquella noche varios repetidores situados en Londres recibieron una serie de señales del móvil de Bishop, lo que indica que estaba volviendo de Piccadilly a Notting Hill, aproximadamente desde las 23.00 a las 23.15. La última señal fue a las 23.20, desde una estación base en un repetidor de Bayswater, en el oeste de Londres, cerca de Notting Hill. Las siguientes señales se intercambiaron a las 6.36 de la mañana, desde la misma estación base, señor.

Aunque estos datos encajaban con la hora que Phil Taylor decía que Bishop se había marchado del restaurante Wolseley, no era una información útil, se percató Grace. Bishop pudo apagar el móvil, para que su viaje de ida a Brighton y vuelta a Londres en plena noche no quedara registrado en los repetidores; y podía argumentar tranquilamente que lo había apagado para dormir sin que nadie lo molestara. Pero fue lo que la agente Corbin dijo a continuación lo que hizo que Grace se irguiera de repente:

– Los movimientos del teléfono de Bishop durante el viernes, 4 de agosto, hasta las 18.45 de la tarde, coinciden con su historia y con lo que ya sabemos. Demuestran que fue directamente de Londres al club de golf North Brighton, y desde allí derecho a Sussex House. También registran su viaje de aquí al Hotel du Vin. Luego parece que apagó el móvil entre las 12.28 y las 14.17. Esto se corresponde con el período de tiempo en que la agente Buckley denunció su desaparición del Hotel du Vin.