Rasheed esbozó una impostada sonrisa de plástico. Hacía años que usaba aquella fachada, pensó Greene, y no iba a ser fácil echarla abajo.
– Muchos de mis nuevos amigos habían escapado a Turquía por las montañas -continuó el detective-. Debí de oír más de veinte relatos parecidos y nadie había tardado más de cuatro días en atravesar esas montañas.
A Rasheed le temblaron las aletas de la nariz mientras estallaba en una rotunda carcajada.
– Había muchos caminos para cruzarlas, detective.
Déjale que se las dé de listo, se dijo Greene. Abrió el expediente por la primera marca adhesiva. Quería que Rasheed viera que estaba leyendo un apartado bajo el encabezamiento «HISTORIA DEL SOLICITANTE EN SU PAÍS DE ORIGEN».
– Detective -dijo Rasheed, con la vista en el documento-, pasé por todo el proceso de admisión como refugiado…
– En el cual negó haber sido miembro de la temida policía secreta del sha, la SAVAK. Negó trabajar para Nemotallah Nasseri, el jefe del cuerpo.
– Por supuesto.
– Por supuesto -asintió Greene y, sin alzar la cabeza, continuó leyendo-. Nasseri fue conducido en avión a París por miembros de la Fuerza Aérea iraní, ¿no es así?
– Creo que oí algo al respecto, sí -confirmó Rasheed.
Greene pasó unas cuantas hojas.
– Es usted experto ingeniero aeronáutico. -Rasheed lo miró sin decir palabra. Greene consultó el expediente-. Llegó a Canadá procedente de Francia.
– Como usted mismo ha dicho, detective, muchos de nosotros terminamos en París.
Greene acabó de pasar hojas y dejó el expediente en el mostrador, abierto por una página titulada «INDICIOS DE TORTURAS».
– Señor Rasheed, muchos de mis amigos de París fueron torturados. Vi cicatrices espantosas.
– Todos pasamos por eso.
Greene volvió a mirar fijamente al conserje y se inclinó hacia él, apoyado en el mostrador.
– Pero usted no tiene ninguna, ¿verdad?
– Detective, por favor… -Rasheed no sabía adonde mirar. Greene pudo oler su sudor-. Nunca he cobrado un céntimo del paro en este país. No me han detenido nunca por una multa de aparcamiento. Mi mujer trabaja a jornada completa en la panadería. Mis dos hijas van a la universidad…
– A la Universidad de Toronto -asintió Greene, inclinándose aún más hacia él-. La mayor estudia Odontología y la pequeña, Farmacia.
– Detective, por favor. Le he entregado al agente Kennicott todas las cintas y el libro de registro, he hecho una declaración…
Greene abrió despacio su cartera, volvió a meter la mano y sacó una hoja de papel codificada por colores.
– El agente Kennicott ha repasado todas las cintas, las ha comparado con las anotaciones del registro y ha contrastado éstas con lo que dicen los diferentes porteros que trabajaron la semana pasada. Aquí, vea: sus turnos están destacados en azul.
Greene alzó el papel. Rasheed lo miró con desconfianza, como quien se asoma por la barandilla mientras cruza un puente a gran altura.
– No he tardado mucho en determinar -continuó el detective- que lo que nos contó en su primera declaración sobre el señor Brace no era toda la verdad. De igual modo, no me ha costado mucho llegar a la conclusión de que la historia que contó en la Comisión de Concesiones de Asilo está llena de falsedades.
Rasheed miró a Greene. La luz había desaparecido de sus ojos. Greene se inclinó aún más hacia él.
– Mire, Rasheed, no tengo ningunas ganas de hacer esto. Mi propio padre llegó aquí como refugiado. Tuvo que hacer cosas para entrar en este país que todavía no entiendo. Me gustaría guardar esto en un rincón -tocó el expediente delante del conserje- y olvidarlo.
– Detective, por favor -dijo Rasheed-. Si volvieran a mandarme allá, sería el fin…
– Esto es una investigación de asesinato. Katherine Torn está muerta. El señor Brace se enfrenta a la perspectiva de pasar veinticinco años en la cárcel. Necesito saber qué sucedió.
Greene posó la mano en la cartera. El conserje miró el expediente con expresión demudada. Era como si viese un cadáver que, de pronto, resucitaba.
– Por favor, detective, guárdelo.
En lugar de ello, Greene empezó a cerrar despacio la cremallera, dejando el expediente fuera. El único sonido en el vestíbulo era el clic-clic-clic de los dientes al juntarse, conforme la cremallera avanzaba.
– Basta… -suplicó Rasheed cuando ya la había cerrado casi del todo. Greene la hizo avanzar un diente más, antes de detenerse y clavar la mirada en el conserje.
– Lo digo de veras -dijo el detective-. Nada me haría más feliz que enterrar este expediente donde nadie lo encuentre nunca más.
XVII
A Daniel Kennicott le encantaba subir los amplios peldaños de granito de la escalinata del edificio neogótico que una vez fuera el Ayuntamiento de Toronto y que años atrás se había convertido en sede de los Juzgados Centrales de la ciudad. Conocido como el Ayuntamiento Viejo por todos los que lo frecuentaban -policías, delincuentes, fiscales, abogados defensores, cronistas de tribunales, jueces, intérpretes, administrativos y periodistas-, era el único edificio del centro de la ciudad que estaba elevado sobre el nivel de la calle, lo que lo hacía destacar sobre las aceras de alrededor como el estrado de un juez sobre la sala que preside.
El Ayuntamiento Viejo ocupaba toda una manzana. De cinco pisos de altura, era una estructura de piedra de diseño asimétrico, llena de cornisas curvas, pilares redondeados, muros de mármol, querubines sonrientes y gárgolas voladizas, y con una gran torre del reloj que remataba el edificio, a la izquierda de la entrada principal, como una enorme vela de cumpleaños fuera de lugar. Sobre la entrada arqueada se escondían las palabras edificios municipales entre un remolino de arabescos y arco.
Un gran cenotafio de piedra gris guardaba la entrada. Era el monumento de la ciudad A LOS GLORIOSOS MUERTOS QUE CAYERON EN LA GRAN GUERRA. En sus cuatro costados estaban grabados, fríos y permanentes como la muerte, los nombres de los campos de batalla de Francia y Bélgica: Ypres, Somme, Mount Sorrel, Vimy, Zeebrugge, Passchendaele, Amiens, Arras, Cambria.
Unos cuantos abogados defensores de aspecto nervioso y sus clientes formaban grupitos en la escalinata y apuraban un cigarrillo, llenando el aire de olor a tabaco. Kennicott pasó junto a ellos y abrió de un tirón las amplias puertas de roble de la entrada. Dentro, una larga cola zigzagueante esperaba a pasar el control de seguridad. Todos los sospechosos habituales estaban allí: drogadictos crispados, prostitutas consumidas, jóvenes que llevaban zapatillas y téjanos holgados e iban cargados de joyas y algún que otro individuo de traje y corbata asustado de encontrarse, de repente, en pleno centro de la ciudad de Toronto, metido en aquella especie de gueto del tercer mundo.
– Disculpe, policía…
Kennicott levantó su placa por encima de la cabeza y se coló hasta el principio de la cola. Cuando llegó por fin al control, el policía de servicio insistió en examinar su documentación.
– Lo siento, colega -se disculpó el joven agente-. Nueva reglamentación. Tenemos que verificar incluso a nuestra gente.
– No importa -dijo Kennicott y se encaminó a la gran rotonda abierta. Ante él tenía una vidriera de colores de dos pisos de altura, una suerte de concienzudo mural sobre la fundación de la ciudad en el que no faltaban los indios arrodillados que traían ofrendas de comida, los musculosos obreros que forjaban acero y los banqueros de aire serio que hacían negocios. Delante de la vidriera se abría un gran vestíbulo con dos amplias escaleras que conducían a las salas de tribunales del primer piso. Dos «grotescos» de hierro forjado de un metro y medio de altura -esculturas con la forma de enormes grifos- guardaban el pie de la escalinata, como restos olvidados del decorado de una película de Harry Potter.