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– Debo atenerme a las instrucciones de mi cliente -insistió Parish y se encogió de hombros. Por su tono de voz, quedaba claro que no iba a decir nada más. Fernández tuvo que reconocer que la abogada tenía agallas.

Dio la impresión de que Summers percibía su determinación. Volvió la mirada a Fernández, sondeando su posible debilidad.

– Señor Fernández, sé que tiene a esos grupos de mujeres azuzándolo para que convierta a Brace en un caso ejemplarizante. Y el jefe Charlton quiere engordar el presupuesto de la Policía. Mire: lie leído todo su material y esas estadísticas… -Summers sacó un gran informe y lo abrió por la página que había marcado con una etiqueta adhesiva amarilla-. «Cuatro de cada cinco mujeres declaran sufrir malos tratos a manos de hombres.» Deme un descanso.

Buscó en los papeles y sacó uno.

– He comprobado la procedencia de esas estadísticas suyas. El estudio en que se basan se realizó en 1993 y el maltrato se define como…, espere, aquí lo tengo. «Las tres preguntas que más contribuyeron a esa cifra del 80 por ciento fueron: ¿Alguna vez le ha hecho algo para fastidiarla? ¿La ha insultado? ¿La ha acusado de tener una relación con otro?» -Summers arrojó el papel sobre la mesa-. Mire, no me gusta la violencia contra las mujeres, ni contra los hombres, ni contra nada, pero esto… ¡Vamos, no trivialicemos las cosas!

– Sí, Señoría, pero la base de mis alegaciones era… -dijo Fernandez, concentrándose en mantener la voz serena.

– Mire -lo interrumpió Summers-, el dato estadístico que cuenta es que las probabilidades de que reincida en su delito un hombre condenado por matar a su mujer en un crimen pasional son diez veces menores que las de un simple ratero. Eso lo saben todos los que trabajan en estos juzgados. Todos, menos la maldita prensa.

Antes de que Fernández pudiera responder, Summers volvió la cabeza, como un árbitro de tenis, para mirar de nuevo a Parish. Esta vez, sin embargo, su expresión se había ablandado. Había dejado de actuar como el juez malo y ahora mostraba al juez bueno.

– Nancy, ¿sabe lo del partido del fin de semana pasado? -le preguntó-. Cornell vapuleó a Colgate por cuatro a uno.

Parish le devolvió la sonrisa. Fernández había oído comentar que la abogada jugaba al hockey sobre hielo, pero ignoraba que hubiese ido a la universidad en Estados Unidos.

– Eso, el equipo masculino, Señoría -contestó ella-. Veamos qué sucede el próximo fin de semana, cuando jueguen las chicas.

– Touché-dijo Summers. Miró a Fernández y se encogió de hombros -. Discúlpenos, señor fiscal. Viejas rivalidades escolares -explicó y volvió a dirigirse a Parish-: ¿Vio el partido de los Maple Leafs la otra noche? Estuve con el presidente del tribunal. Una gran victoria. Quizá estén corrigiendo el rumbo.

Parish meneó la cabeza enérgicamente.

– Hay demasiados jugadores veteranos en el equipo -afirmó-. Se cansarán.

Por tentado que estuviera de intervenir en la conversación, Fernández comprendió que cualquier cosa que dijera sobre hockey resultaría ridícula. Además, parecía que a Summers ni siquiera se le pasaba por la cabeza que pudiese tener opinión sobre el asunto.

– Escuchen -dijo el juez, al tiempo que se sentaba y abría los brazos como si quisiera abarcarlos a los dos en un abrazo-. Estamos a solas y los dos son letrados experimentados. Podemos hablar de este asunto con franqueza, ¿verdad?

Fernández vio brillar el abrecartas en la mano del juez, en cuyo rostro rubicundo se dibujaba una gran sonrisa. Lo que había dicho no era una pregunta, ni mucho menos.

– Desde luego, Señoría -asintió.

– Claro -confirmó Parish.

– Un caso como éste pone a prueba todo el sistema judicial. Son ustedes dos letrados jóvenes y brillantes; cada movimiento que hagan será observado y comentado.

Summers miró de nuevo a Parish.

– Nancy, si se aviene a pactar con la Fiscalía, estoy seguro de que podríamos encontrar algo. Al fin y al cabo, ese hombre tiene sesenta y tres años. Seguro que hay una manera de concederle la libertad bajo fianza. Brace no es carne de prisión.

Fernández se agarró a los lados de la silla. «Letrados brillantes», «la Fiscalía»: Summers hablaba en clave y el mensaje era muy claro. El clásico juego judicial de la zanahoria y el palo. La zanahoria: esperaba que Fernández cediera un poco, que dijera que «tras escuchar los útiles comentarios de Su Señoría» hablaría con sus colegas y reconsideraría la posición de la Fiscalía. Que intentara ganarse su favor. El palo: si el fiscal no encontraba la manera de poner a Brace en la calle con fianza, Summers se sentiría muy frustrado, pues consideraba que tal solución era la más adecuada.

Si Summers supiera que nada me gustaría más que ver salir de la cárcel a Kevin Brace, pensó Fernández, mareado ante el brusco giro de los acontecimientos que había hecho añicos los planes que había preparado con tanto cuidado: perder la vista de la fianza y, así, colaborar a su salida en libertad condicional.

– No será necesario que el señor Fernández reconsidere su postura -intervino Parish, poniéndose en pie-. Le haré saber al fiscal si mis instrucciones cambian. Muchísimas gracias, Señoría.

La abogada tendió la mano a Summers. El juez, ligeramente desconcertado, se levantó y la estrechó. Un instante después, ella salía por la puerta.

Al verse solo de repente con el juez, Fernández también se puso en pie con cierto embarazo y, tras un breve apretón de manos, salió a toda prisa.

Parish ya estaba en la otra punta del pasillo, a buena distancia de él. Lo había dejado atrás y le llevaba más ventaja de lo que ella misma imaginaba, pensó Fernández mientras apretaba el paso.

XXIII

Ari Greene avanzó despacio por la tranquila calle residencial al volante de su coche. Casi todas las casas estaban adornadas con luces de Navidad, fuese en los árboles del jardín o en las ventanas de la fachada. Eran casitas de dos pisos, la mayoría poco más que una caja, pero cada par de calles una de ellas había sido demolida para dar paso a nuevas viviendas, llamadas casas monstruo, que de manera inevitable lucían mampostería tallada y tenían caminos privados excesivamente anchos, llenos de canastas de baloncesto y de coches también excesivamente grandes. Estas casas, completamente desproporcionadas con relación a sus vecinas, destacaban como reinas de ajedrez rodeadas de peones.

Envuelto en un impermeable anaranjado brillante hasta los pies, un auxiliar de tráfico se alejaba por la acera, terminado su trabajo matinal de ayudar a los niños a cruzar la calle camino de la escuela.

Se sentía a gusto en aquel barrio a la antigua, uno de los que le gustaban más de la ciudad. Cuando era pequeño, solía sentarse tras el cristal de la ventana de la pequeña casa de su familia a esperar a que su padre volviera del taller. Todos los días se repetía la misma escena. Su padre subía la calle caminando despacio, con los hombros hundidos después del largo día de trabajo. En el pequeño jardín delantero de la casa tenían un abedul y su padre se detenía delante de él, apoyaba la mano en el grueso tronco y se quedaba allí un largo instante. Era su ritual diario; después, entraba.

Una mañana, mientras pasaba la varicela en casa, Ari le había preguntado:

– Papá, ¿por qué te detienes en el árbol cada día, antes de entrar?

El padre sonrió como si le hubieran descubierto un secretillo.

– Antes de reunirme con mi familia -explicó-, quiero dejar fuera todos mis problemas, así que los pongo en el árbol.

Por fin lo entendía.

– ¿Por eso el árbol es tan pequeño, papá?

– Tal vez -asintió su padre-. Y por eso tú vas a ser muy grande y fuerte.

Cuando Greene alcanzó el metro ochenta, a los dieciséis, se le ocurrió que la predicción de su padre se había cumplido.