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Peel echó atrás su cabecita y soltó una sonora carcajada.

– ¡Ah, amigo, uno no ha vivido hasta que ha bailado un rock and mil en el asiento de una limusina!

El pelirrojo miró con asombro a Peel desde su altura.

– ¿De verdad? -preguntó, aturdido; no daba crédito a que aquel tapón, Howard Peel, pudiera estar en una limusina con una belleza del rock and roll.

– Es cierto. -Kennicott se entremetió en la conversación con una gran sonrisa-. Howie me ha contado muchas aventuras. -Entró en el círculo y le dio unas cordiales palmaditas en la espalda a Peel-. Pero, por desgracia para ustedes, mis labios están sellados.

El hombrecillo levantó la mirada. Kennicott vio que tardaba un momento en reconocerlo y, sin darle tiempo a reaccionar, le tocó el hombro y se inclinó a susurrarle al oído:

– Considérese citado a declarar. Mañana por la mañana, sala 121, en el Ayuntamiento Viejo. ¿Quiere que le tire la citación a los pies y me marche, o charlamos un momento?

Peel torció el gesto un instante apenas. Se recuperó enseguida.

– Daniel, no te había visto en todo el día -dijo, dándole una palmada en la espalda como si fueran viejos amigos-. Tenemos que hablar de ese asunto. -Tomó del brazo a Kennicott, lo apartó del grupo y se volvió a decir a su público-: Esto no tiene nada que ver con limusinas y estrellas de rock, creedme, amigos.

Peel condujo a Kennicott a una escalera, al otro lado de la chimenea. Para ser tan bajo e ir calzado con pesadas botas de esquí, subió los empinados peldaños con sorprendente agilidad. Un momento después estaban ante la puerta de una salida de incendios. Kennicott sacó la citación y le tocó el hombro con ella.

– ¿A qué coño viene esto?-masculló Peel, agarrando el papel que le presentaba el agente-. Mañana comparecerán mis abogados y liquidaremos este asunto en un momento.

– De eso, nada. Usted tiene pruebas materiales.

– ¿Por ejemplo?

– Por ejemplo, Brace y Torn fueron a verlo una semana antes de que a ella la mataran.

– ¿Y qué?

– En la reunión, le ofreció a Brace un millón de dólares.

– Eso ya se lo conté.

– Lo que no me contó fue que vio a Torn la tarde siguiente.

Era una suposición, pero Kennicott estaba bastante seguro de que acertaba.

Peel frunció el entrecejo.

– No me lo preguntó -dijo. Aún tenía el vaso en la mano. Hizo tintinear los cubitos y se lo llevó a los labios.

– Se lo pregunto ahora. ¿Me lo dirá, o prefiere subir al estrado? -Kennicott se acercó un paso, lo suficiente para oler lo que había en el vaso. Aspiró, pero no captó nada.

Peel pataleó con sus botas de esquí en la rejilla de metal situada delante de la puerta.

– ¿Por qué me hace esto ahora? Me cuesta diez mil dólares traer a esos ejecutivos a pasar el día aquí. Todas las agencias de publicidad de Toronto envían a alguien.

Kennicott sostuvo la mirada de Peel.

– Está bien, está bien -continuó éste y sus ojillos azules miraron a un lado y a otro para asegurarse de que todavía estaban solos-. Katherine quería que retirase la oferta de contrato. No quería que Brace aceptara el trabajo.

– ¿Por qué? Le había ofrecido una tonelada de pasta, una limusina todas las mañanas, dieciséis semanas de vacaciones, los lunes libres…

– Lo sé.

– He examinado las cuentas bancarias y las tarjetas de crédito de Torn y Brace. No les habría venido mal el dinero.

– Lo sé.

– Torn compraba en rebajas y en tiendas de segunda mano. Todo el mundo dice que Brace no se ha preocupado nunca del dinero. Ella debería haberse mostrado entusiasmada con ese trato.

Peel tomó un buen sorbo de su vaso y buscó lentamente la mirada de Kennicott.

– ¿Y bien? -preguntó éste.

Peel exhaló un suspiro exagerado:

– Ya le he dicho, agente, que ella no quiso cerrarlo.

– Y yo le repito que eso es absurdo.

El hombrecillo apuró la bebida de un gran trago. Bebe agua, se dijo Kennicott. Debe de tener resaca de anoche.

– Salgamos -dijo Peel. Con un gesto seco, abrió la puerta de incendios y momentos después estaban al aire del temprano atardecer del invierno. Al ponerse el sol, la temperatura había caído a plomo. Kennicott encogió los hombros al notar el frío. Empezaba a nevar. El gran aparcamiento estaba ahora a oscuras y la manada de coches cari ›s parecía otras tantas vacas dormidas.

– ¿Qué sucedió? -preguntó Kennicott.

– Katherine era parte del trato -reveló Peel. Sacó un blíster del bolsillo trasero y se llevó un chicle a la boca. El plástico crujió con un sonido hueco-. Habíamos negociado un trabajo para ella como productora asociada en un programa de fin de semana. A primera hora de la mañana, cuando no escucha nadie. Una manera perfecta para que cogiera experiencia. Incluso se preparaba para ello con un amigo de Brace que tiene un estudio en su casa.

Kennicott asintió. Sabía que lo mejor que podía hacer era quedarse callado. Que Peel contara su historia. Llegó hasta ellos el olor reconfortante de la chimenea encendida. Echó una ojeada al aparcamiento y, a pesar de sí mismo, se puso a calcular mentalmente el coste de los coches aparcados allí.

– Fue demasiado para Katherine -continuó Peel. Kennicott pensó en lo que había observado de la vida de la mujer: su estricta regularidad y sus hábitos frugales. La voz del hombre adquirió un tono de tristeza Un día, se descontroló.

Entonces, para perplejidad de Kennicott, se abrió la chaqueta de esquí y tiró del cuello del suéter.

– Mire lo que me hizo. -Peel tenía unas profundas marcas de arañazos en el cuello-. Con las uñas -añadió, innecesariamente.

– ¿Dónde estaba usted cuando se lo hizo?

Peel mascó el chicle y murmuró:

– Bien, esto…

– ¿Dónde?

– En casa de ellos.

– Imposible -replicó Kennicott-. He revisado todos los vídeos del vestíbulo.

– Entraba por el sótano. Había una puerta que ella dejaba abierta. Ponía un ladrillo.

¿Peel y Torn, juntos? Costaba imaginar una pareja más improbable.

– ¿Con qué frecuencia la veía? -preguntó. Era asombroso lo que la gente hacía de su vida.

– Todos los martes por la mañana -dijo Peel. Ahora, su voz era plana, resignada-. A las ocho en punto.

– A las ocho en punto -repitió Kennicott. Recordó la tabla que había hecho de las actividades semanales de la víctima. Era la manera perfecta de llevar una aventura-. Precisamente cuando todo el país sabe que Brace está en el estudio…

Peel lanzó una mirada furiosa al policía. La resignación anterior había dado paso, inesperadamente, a la irritación.

– Kennicott, saque la cabeza de la cloaca.

– ¿Y usted me lo dice?-se mofó el agente-. Es usted el que anda por ahí jactándose de sus conquistas.

– No hablaba de Katherine -dijo Peel. Estaba molesto de verdad.

Kennicott ya tenía suficiente de charadas.

– Peel, deme un respiro. Una vez por semana, se colaba en su casa para verla mientras Brace estaba en el aire…

– Brace lo sabía todo. Lo alentaba.

– ¿Lo alentaba? ¡Peel, es usted demasiado!

Peel sacó otro chicle del blister de plástico y se lo metió en la boca.

– No es lo que piensa. Katherine tenía un problema. Un asunto que no conocía mucha gente. Yo la estaba ayudando.

Esta vez fue Kennicott quien se irritó.

– Peel, usted tenía una aventura con ella y Brace lo descubrió y ahora intenta encubrir su…

– Cierre el pico, Kennicott -replicó Peel-. Nos conocimos en Alcohólicos Anónimos. Yo era su padrino. Durante el primer año, sólo la conocí por el nombre de pila. No tenía la menor idea de quién era. Con el tiempo, empezó a contarme. Así conocí a Brace. -Peel mascó con energía-. Katherine continuó teniendo recaídas -prosiguió-. Las cosas iban mal. Pensamos que un trabajo ayudaría a mejorar su autoestima. Sería un primer paso.