Las dos veces, al entrar en el restaurante, se había producido una ligera pausa en las conversaciones. En un pueblo, los forasteros no pasaban nunca inadvertidos.
Eran casi las cuatro cuando McGill salió por fin de la cocina y bromeó con el último cliente.
– El lunes echaremos de menos su comida -dijo un hombretón mientras se levantaba de la mesa. Greene recordó al tipo sociable de la otra vez-. Ojalá estuviera abierto -añadió con el tono de un chiquillo malhumorado que no quiere irse a la cama todavía.
– Jared, me merezco un día de descanso semanal -dijo ella mientras lo empujaba hasta la puerta.
– Debe de gustarle mucho mi comida para venir hasta aquí sólo para almorzar, detective -dijo McGill mientras tomaba asiento a su mesa cuando el último cliente se hubo marchado. En esta ocasión, se sentó a su lado. Parecía cansada, pero relajada. De su hombro izquierdo colgaba una toalla de secar platos. Greene observó que tenía las manos vacías.
– Sus platos bien merecen el viaje, señora McGill -respondió-. ¿Dónde está el cigarrillo?
– dejado el vicio. No hay muchos sesentones que puedan decir uso. El maldito tabaco estaba matándome las papilas gustativas.
– Y perjudicándole el crecimiento.
Ella soltó una de sus cordiales y vigorosas carcajadas. Greene esperó a que se acabara.
– Encontramos una huella dactilar de usted en un objeto del apartamento de Brace -dijo, observando atentamente su reacción.
McGill volvió la cabeza y le miró fijamente. Las pupilas se le dilataron.
– Está en la última página de un contrato -explicó Greene-. A Kevin le ofrecieron un puesto en otra emisora. Por mucho dinero. ¿Puedo dar por hecho que usted está al corriente?
Ella dio la impresión de relajarse. Otra vez extendió los brazos al frente, como una gata que se desperezara cómodamente, y reprimió un bostezo.
– Sé de ese contrato, detective -reconoció-. Ya se lo dije, Kevin siempre me ha pagado la pensión, lo cual es un milagro, porque es inepto para el dinero, siempre lo ha sido.
– ¿Le enseñó el contrato?
– Kevin no firma nunca documentos importantes sin que yo los haya visto. -La sonrisa de McGill se ensanchó-. Yo soy la negociante de la familia.
– ¿Cuándo se lo enseñó?
– Me lo hizo llegar.
– ¿Se lo hizo llegar? -Greene estaba desconcertado.
– Por correo, naturalmente. Un paquete desde Toronto llega en dos días; en uno, si lo manda expreso.
– Es verdad. No tiene teléfono. Y supongo que fax tampoco.
McGill asintió y se puso a canturrear:
– «No tengo teléfono, ni perro, ni mesa de billar, no tengo ni cigarrillos…» Detective, ¿tiene edad suficiente para acordarse de esa canción, «King of the Road»?
– Roger Miller -dijo Greene-. A mi madre le encantaba.
McGill continuó cantando:
– «Fumo los viejos cigarros baratos que encuentro…» Parece hablar de mí, detective. -Se rió una vez más-. Kevin y yo somos luditas. No tenemos tarjetas de crédito, no tenemos teléfono… Incluso tardé años en poner un lavavajillas en la cafetería.
Desvió la mirada a los platos por recoger de la mesa y Greene vio que se llevaba la mano a la toalla del hombro.
– ¿Recuerda cuándo le mandó el contrato?
– Es fácil -dijo ella-. El uno de cada mes me manda el cheque mensual y todo lo que necesita que lea o sobre lo que aconsejarle. Lo recibiría a principios de diciembre y se lo envié de vuelta al día siguiente. -Empezó a levantarse de la silla. Ya tenía el paño en la mano-. No quiero ser descortés, detective, pero todavía me queda mucho por limpiar.
– Una última pregunta -dijo Greene y se levantó después de dejar una buena propina junto al plato-. ¿Qué le dijo a Brace de ese contrato?
Sarah McGill se rió. Su risa cordial resonó en el restaurante vacío.
– Detective, quizá esté anticuada, pero no soy idiota. Le dije: «Firma el maldito documento; limítate a no usar la limusina y así no engordarás».
XXXII
Albert Fernández deambulaba arriba y debajo por su despacho, lo cual quería decir que daba dos pasos, media vuelta y dos pasos en dirección opuesta. Era absurdo. Allí estaba, trabajando en el caso más importante del país, y su despacho no era mayor que la celda de una cárcel. Más pequeño, probablemente, si tenía en cuenta el espacio que ocupaban las cinco cajas de pruebas, dominando el tabique norte.
Se detuvo y contempló las cajas. Cada una contenía de treinta a cuarenta expedientes. Había escrito a mano la etiqueta de cada uno y había preparado, también a mano, un índice de cada caja.
No era que Fernández tuviera fobia a los ordenadores. Al contrario, era muy hábil con ellos. Sin embargo, cuando se trataba de la preparación final de un caso, tenía que tocar cada documento, organizar cada carpeta y sudar cada detalle a mano. Tocar hasta el último papel. Así, cuando estuviera en el tribunal, sabría exactamente dónde estaba cada cosa.
Volvió a la mesa, sobre la cual había una única carpeta negra de anillas. Una etiqueta la identificaba como ARGUMENTARIO JUICIO: BRACE. La abrió por la primera página. En ella había escrito el encabezamiento «Hechos clave», lo había subrayado y los había anotado:
• Jurisdicción: 85.a, Front Street, Ciudad de Toronto
• Identidad: Kevin Brace, 63 años
• Apartamento 12A: una puerta de entrada; sin más salidas, puerta no forzada.
• 17 diciembre, 5.29 de la mañana: Brace recibe al señor Singh en la puerta.
• Sangre en las manos
• El cuerpo de Torn en la bañera: una herida inciso-punzante.
• Víctima sin heridas defensivas
• Cuchillo ensangrentado oculto en la cocina
• Sin coartada
• Sin otros sospechosos
• Confesión
• Pan comido
Fernández sonrió al leer la última frase: pan comido. Era una ligereza inhabitual en él, una broma privada. Cerró la carpeta, se levantó y continuó su deambular. Un paso, dos pasos, media vuelta, un paso, dos pasos, media vuelta.
Desde que llevaba el caso Brace, se había quedado hasta tarde en el despacho todos los días. Marissa había acusado su ausencia de casa. La semana anterior, cuando había llegado la factura telefónica de enero y había visto que su mujer había gastado cuatrocientos dólares en llamadas a su familia de Chile, habían tenido su primera gran pelea. Ella había terminado llorando, diciendo que no podía soportar el frío de Canadá, que allí no tenía amigos ni parientes, y había amenazado con volverse a casa.
– Vamos, Marissa -le había dicho él cuando las cosas se calmaron un poco-, metámonos en la cama y olvidémoslo.
– La cama, la cama. Tú sólo piensas siempre en la cama -dijo ella, y le cerró la puerta del dormitorio en las narices.
Las cinco noches siguientes durmió en el sofá. La sexta noche, llegó a casa con un abrigo larguísimo y horrible, relleno de pluma, y un par de botas igual de feas.
– Te gustará mucho más el invierno si dejas de preocuparte de tu aspecto y andas caliente -le dijo.
Ella se puso el abrigo a regañadientes.
– Mira en el bolsillo -dijo él.
Marissa metió la mano y sacó un billete de avión.
– Te mando a casa a pasar un mes, en marzo -le dijo-. Cuando vuelvas, el invierno habrá pasado.
Marissa sostuvo el billete en la mano y corrió al dormitorio. Albert la oyó hablar por teléfono excitadamente durante la media hora siguiente. Por fin, emergió del dormitorio llevando sólo una toalla y una gran sonrisa.
El día siguiente era San Valentín y le había prometido que estaría en casa a las ocho. Había hecho planes para la velada. Cenarían en un restaurante mexicano de Wellington Street; después, la llevaría a una heladería nueva del barrio, donde tenían helados caseros de sabores sudamericanos. Los favoritos de ella eran los de guanábana y de lulo. Estarían en casa a las diez.