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De día, Françoise trabajaba de artista gráfica, pero su verdadera pasión era arreglar coches. Los fines de semana, los dos pasaban horas arrancando motores de Peugeot de modelos antiguos y recorriendo el montañoso interior de la región, lejos de la presuntuosidad de la Costa Azul.

– Yo tomé mi primer café en Italia, durante la guerra -dijo Torn-. Me encantó.

Greene asintió.

– ¿Cómo están sus caballos? -preguntó.

– El condenado calor los confunde endemoniadamente. Les gusta el tiempo bien frío.

– Tengo entendido que a Katherine le gustaba cabalgar -comentó Fernández en un intento de participar en la conversación.

– Cuando hace calor, el terreno resulta peligroso. A ellos les gusta firme -continuó Torn y dedicó al fiscal una mirada que parecía decir: déjate de torpes intentos de hacerme hablar de mi hija-. Kate era una amazona de primera -añadió tras otro sorbo-. Se necesitan dos cosas para ser bueno montando: el equilibrio y la coordinación de las manos. Ella estaba dotada de ambas. Como su madre.

– Sé que esto es muy difícil para su familia… -insistió Fernández, apurando su café.

– ¿De veras?-replicó Torn-. ¿Cómo lo sabe?

– Sin duda, para usted y su esposa, la muerte de su única…

Torn descargó un golpe en la mesa, un potente y sonoro manotazo que hizo temblar la mesa. Varios jóvenes camareros se volvieron.

– No me venga con «sin duda», fiscal. Y deje de decirme lo difícil que es esto para mi familia. -Torn estaba cada vez más encendido de ira y sus ojos azules parecían a punto de salírsele de las órbitas-. No tolero que nadie nos diga cómo debemos sentirnos, sin duda, ante la muerte de Kate.

Fernández dijo que sí con la cabeza y, confuso, miró a Greene.

Torn se llevó la mano al bolsillo.

– Miren, aquí tienen mi resguardo del aparcamiento. ¿Se encargarán ustedes de pagarlo?

El hombre se puso en pie con la intención de marcharse. Greene se levantó de la silla al instante. Fernández lo imitó apresuradamente y alargó la mano para coger el papel.

– Se lo abono yo ahora mismo, doctor Torn -dijo. Metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó la cartera.

Torn titubeó, sin moverse de donde estaba, y se cruzó de brazos. Fernández le ofreció treinta dólares. Torn meneó la cabeza, guardó el dinero en el bolsillo del pantalón y volvió a sentarse.

– La instrucción preliminar del juicio será esta tarde -dijo Fernández, sentándose también-. Me reuniré con la defensa en el despacho del juez Summers. Estoy seguro de que el juez va a apretarnos las clavijas para que aceptemos algo inferior al asesinato en primer grado. Quizá un segundo grado, o incluso un homicidio. Nosotros no vamos a ceder.

Fernández miró a Greene, satisfecho de sí mismo. Por lo general, a los familiares de las víctimas les sentaba muy mal que la Fiscalía.se viera forzada a aceptar un trato y a rebajar la calificación de su caso.

– ¿Esto lo ha decidido usted sin consultarnos? -Torn lanzó una mirada furiosa al fiscal. Luego, se volvió al detective-. Quiere ganar a lo grande, ¿no?

– La Fiscalía no gana ni pierde -dijo Fernández-. Tenemos un caso muy claro.

– ¿Para qué? Ese hombre tiene sesenta y tantos años.

– Sesenta y tres -precisó Greene, interviniendo de nuevo en la conversación porque veía que ésta no iba por buen camino-. Señor

Torn, estoy seguro de que no querrá hacer pasar a su esposa por el calvario de un juicio…

– Si acepta el segundo grado, le caen unos diez años, ¿no?

– Diez es el mínimo. Con su edad, pueden caerle once o doce -dijo Fernández.

– De eso se trata -continuó Torn. Empezaba a levantar el tono de nuevo y su voz resonó en el restaurante vacío-. Ya pasamos por esto una vez con Kate, toda esa publicidad… Fue horrible.

Fernández frunció el entrecejo.

– Cuando Brace y Katherine empezaron a vivir juntos, fue un notición -explicó Greene a Fernández.

– Kevin era el locutor número uno del país. Las portadas de las revistas lo sacaban siempre con su feliz familia -contó Torn-. Y, de repente, se fuga con una recepcionista que trabajaba para su redactor. Kate era alta y guapa. La prensa la convirtió en la rompehogares diabólica. -Torn se levantó y quedó muy claro que no volvería a sentarse-. Al principio, me negué a hablar con Kevin. Sin embargo, cuando se llevaron a su chico, se hizo cargo de las niñas y las educó bien. Para mí, eso cuenta. Y se portó bien con Kate. Gwen Harden, la vieja cabra que le hacía de instructora de hípica, comentaba que Brace era el único marido que estaba atento de verdad cuando montaba en una competición. Los demás pasaban el rato más pendientes de su teléfono móvil o de su agenda electrónica.

– Doctor, le agradecemos la información -dijo Fernández, que también se había puesto en pie, como Greene.

– Ver montar a Kate era una delicia. A mí me encantaba. No podía apartar los ojos de ella. No sé cómo encontró la muerte. Pero ¿ustedes quieren que Brace pase veinticinco años en la cárcel? Ya he visto suficiente muerte en mi vida. Ese jefe de policía suyo quiere convertir a Kevin en su caso ejemplar de violencia doméstica. Quiere extorsionar con él a los contribuyentes para sacarles más dinero. Llegue a un acuerdo hoy, o mi esposa y yo nos llevaremos nuestros caballos a Virginia Occidental. No pienso hacerla pasar por esto otra vez.

Torn dio media vuelta y abandonó el local. Fernández se quedó mirando, pasmado. Greene alargó la mano y le cogió de los dedos el resguardo del aparcamiento.

– Démelo -dijo-. Puedo pasarlo como gasto.

Fernández soltó lentamente el tique.

– ¿Podrá hacer un trato?-preguntó el detective.

– Tengo las manos atadas. Órdenes de arriba -respondió Fernández, moviendo la cabeza-. Torn tiene razón. Quieren entregar la cabeza de Brace en una bandeja. Y tengo el pálpito de que mi carrera de fiscal en casos de homicidio depende de ello.

Greene estudió con detenimiento al joven letrado.

– ¿Se ha fijado en que siempre se ha referido a la «muerte» de su hija? -preguntó éste.

– ¿Que no la ha calificado ni una sola vez de «asesinato», ni ha acusado de tal cosa a Brace? -apuntó Greene al tiempo que le daba los treinta dólares.

– El doctor Torn no es como se lo imaginaba, ¿verdad, detective?

– No diría eso -replicó Greene.

– ¿Por qué no? -preguntó Fernández con curiosidad

– Porque -dijo Greene introduciendo el recibo de aparcamiento en su cartera- cuanto más haces esto, menos prevés las reacciones de la gente a la muerte de un familiar.

XXXVI

– Buenos días, abogados -saludó el juez Summers a Fernández y a Parish, al tiempo que los invitaba a entrar en su despacho. Era la una y media, exactamente. Summers querría haber terminado para las dos. Parish había llegado diez segundos antes-. Pongámonos manos a la obra -añadió mientras se ponía sus gafas de cerca y empuñaba la estilográfica Waterman con sus iniciales-. Empecemos por los condenados formularios. Hay más papeleo hoy en día que en mis tiempos en la Marina, por el amor de Dios.

Abrió una carpeta roja que tenía en medio de la mesa y repasó una serie de preguntas superfluas:

– ¿Está en cuestión la identidad del acusado?

– No -respondió Parish.

– ¿Está en cuestión la jurisdicción del presunto crimen?

– No -volvió a decir la abogada.

– ¿El acusado está capacitado mentalmente para seguir el juicio?

– Sí -dijo Parish.

Con cada respuesta, el juez fue marcando minuciosamente una casilla del formulario. Aquellas preguntas sólo eran el aperitivo de otras más complejas. Tras unas cuantas cuestiones preliminares más, Summers miró a Fernández por encima de las gafas.

– ¿La Fiscalía alega móvil? -inquirió en tono neutro, como si preguntara cómo se deletreaba un apellido. Sin embargo, ésta era una cuestión fundamental.