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– Unos rellenos -declaró Marissa mientras él contemplaba la bolsa de bolas de chicle.

– Son repuestos -dijo él. Los dos se echaron a reír-. Yo lleno la máquina y tú haces las fotocopias -añadió. Se levantaron de la silla y Fernández se dijo que era estupendo echar unas risas con su mujer.

Ella se alejó por el pasillo. Albert todavía estaba llenando la máquina de chicles cuando la vio regresar. Era imposible que ya hubiera hecho todas las fotocopias.

– Marissa -dijo, sin levantar la vista-, este trabajo es importante.

– Esto lo es más -anunció ella con un tono solemne que lo sorprendió. Volvió la cabeza y vio que traía un papel. La mano le temblaba un poco-. Lo he encontrado en la máquina.

– ¿De qué se trata? -preguntó él y le cogió el papel.

– Creo que no debería estar ahí.

Fernández echó un vistazo y, al leer el encabezamiento escrito a mano, se quedó perplejo:

Comunicación confidencial cliente-abogado entre el señor Kevin Brace y su letrada, Sra. Nancy Parish

Debajo del encabezamiento había unas notas, escritas sin duda por Brace.

– Albert, esto no es correcto, ¿verdad? Que tu oficina tenga las notas del otro equipo, me refiero.

– No, no es correcto -dijo Fernández. No se molestó en corregirle el uso del término «equipo»; la palabra más importante de la frase la había acertado de pleno. Observó sus ojos oscuros y vio en ellos una profundidad como no había advertido nunca.

– Lo has dicho perfectamente -murmuró. La cabeza le daba vueltas-. Esto no es correcto en absoluto.

XLIX

– Buenos días, señor Singh. Espero no haberlo sobresaltado -dijo Daniel Kennicott cuando se abrió la puerta del ascensor y el señor Singh salió al rellano del piso doce de Market Place Towers, llevando un único periódico debajo del brazo-. Desde que no está el señor Brace, supongo que no suele ver a nadie por aquí.

– Casi ninguna mañana veo a nadie -sonrió el señor Singh.

– ¿Le importa si hablamos un momento? -preguntó el agente.

– Claro que no, cuando haya hecho la última entrega -dijo Singh.

Kennicott esperó junto al ascensor mientras el repartidor doblaba la esquina del pasillo en dirección al apartamento 12B. Escuchó sus pisadas firmes, el ruido del periódico al ser depositado cuidadosamente ante la puerta y los pasos que volvían. Salvo esto, sólo se oía el ronroneo de los aparatos de aire acondicionado y Kennicott recordó el silencio de aquel pasillo la primera mañana que había estado allí.

– Quisiera llevarlo otra vez al apartamento 12A -dijo cuando Singh reapareció.

– Me parece bien -respondió el hombre-. Llevo tres minutos de adelanto sobre mi horario.

Sin una palabra más, Singh se encaminó hacia el 12A. Kennicott lo siguió, quitó el precinto policial de la puerta y, a continuación, preguntó a Singh:

– Señor, en su declaración inicial dijo que esa mañana, cuando llegó a este punto, la puerta estaba entreabierta.

– En efecto.

– Por favor, abra la puerta hasta la posición exacta en que estaba esa mañana.

– Estaba así -dijo Singh y, sin titubear, abrió la puerta hasta que estuvo en un ángulo de noventa grados con el pasillo-. Yo me quedé aquí, justo en el centro del umbral.

Kennicott asintió.

– Si me disculpa, ¿puedo ponerme donde está usted?

Singh se apartó y Kennicott ocupó su lugar. Desde aquella posición, con la puerta entreabierta, quedaba oculta a la vista buena parte del amplio pasillo. Sólo se alcanzaba a ver una pizca de la cocina y las ventanas más al fondo. La mesa de la cocina quedaba fuera del campo de visión, a la derecha.

– Y cuando el señor Brace llegó a la puerta, ¿ésta permaneció en la misma posición?

El señor Singh tuvo que pensar la respuesta.

– No -dijo finalmente-. El señor Brace la abrió del todo, hasta la pared.

Kennicott asintió. Ahora contemplaba el apartamento no con sus ojos, sino bajo la clave del croquis que había visto en el tribunal. Era como si estuviese suspendido en el aire y mirase hacia abajo.

– Enséñeme cómo quedó la puerta después de que el señor Brace la moviera.

– Así. -Singh empujó la puerta con suavidad hasta que la hoja tocó un tope de goma colocado en el suelo, a un palmo de la pared-. Entonces, dijo: «La he matado, señor Singh, la he matado».

– Y en aquel momento, ¿qué fue lo primero que hizo usted?

– Yo dije: «Tenemos que llamar a las autoridades». Como ya expuse en mi declaración.

– Sí, ya sé que dijo eso, pero ¿qué hizo? Venga, vuelva a ponerse donde estaba y yo me situaré dentro, de cara a usted. Yo haré de Brace. -Kennicott cruzó el umbral y se volvió, quedando justo enfrente de Singh-. ¿Era aquí donde estaba?

– Exactamente. Entonces, el señor Brace se apartó y yo entré.

– ¿Hacia qué lado se apartó?

– Hacia la puerta.

Kennicott se movió a su izquierda.

– Se mueve así, hacia la puerta. ¿Hasta dónde? -preguntó mientras lo hacía.

– Hasta la pared.

Kennicott asintió y se desplazó, cubriendo el estrecho espacio entre la puerta y la pared.

– ¿Hasta aquí?

– Sí.

– ¿Y usted pasó por el otro lado?

– Exacto. Avancé por el pasillo hasta la cocina y el señor Brace vino detrás de mí. Creo que esto también lo dije en la declaración.

Kennicott asintió.

– Me gustaría que lo repitiese todo tal como lo hizo entonces. Por favor, entre usted y proceda como esa mañana.

Singh no titubeó.

– Consideré que la situación era muy grave -dijo mientras pasaba por delante de Kennicott-. Avancé directamente por el pasillo… -y, al tiempo que lo decía, echó a andar con paso firme.

– Y Brace, ¿qué hizo? -preguntó Kennicott, sin moverse todavía de donde estaba, junto a la puerta.

– Vino detrás de mí -dijo Singh-. Yo entré directamente en la cocina. El señor Brace entró detrás.

Singh apenas había tardado unos segundos en llegar al fondo del pasillo y entrar en la cocina. Kennicott lo siguió y llegó instantes después.

– ¿Brace vino detrás de usted como he hecho yo ahora?

– Sí, me siguió. Yo camino deprisa y me alcanzó en este punto, precisamente, muy pocos segundos después.

Kennicott respiró hondo.

– Señor Singh, piénselo con cuidado. ¿Llegó a ver realmente al señor Brace recorriendo el pasillo detrás de usted?

El agente había pensado que el repartidor, un hombre ya mayor, tal vez tendría problemas para reconstruir unos detalles tan nimios, pero se equivocaba.

– No. No miré atrás. Estaba muy ocupado en encontrar a la esposa del señor Brace y vine aquí directamente.

– ¿Él dijo algo mientras recorrían el pasillo?

– No. -Singh parecía sorprendido de la pregunta-. No soy amante de la cháchara.

Kennicott había observado con atención a Singh unos momentos antes, en el ascensor, cuando le había pedido que lo acompañara al apartamento 12A. Singh había echado a andar al momento, sin decir una palabra ni volverse a mirarlo.

– Señor Singh, preste atención a la siguiente pregunta -dijo Kennicott. De repente, volvía a sentirse un abogado defensor que exigía precisión a un testigo sobre algún punto clave del turno de repreguntas-. ¿En algún momento, desde el instante en que cruzó usted el umbral del apartamento hasta que llegó a este punto, miró usted detrás de la puerta?

– No.

– Y ahora estamos los dos de cara a la cocina, lejos de la puerta del apartamento. ¿Dirigió alguna mirada al pasillo desde aquí, en aquellos momentos?

– No. Como expliqué en mi declaración, vine directamente a la cocina y, al no encontrar a la esposa del señor Brace aquí, me dirigí a los dormitorios. -Señaló a la derecha de la cocina, donde estaban el dormitorio principal y el de invitados-. No había nadie en las habitaciones, ni en el cuarto de baño. Volví a la cocina. El señor Brace seguía aquí, donde nosotros estamos ahora.