Se puso a chillar:
– ¡Es mi caso! ¡Déjenme entrar! ¡No es culpa mía!
– Sí que es culpa tuya, Nancy Gail -dijo una voz en el pasillo. Nancy se volvió. Quien le hablaba era una de las pequeñas caras esculpidas en lo alto de las columnas redondas de granito. Su boca de piedra se había vuelto tan dúctil como la de una marioneta de mano infantil -. Sí, Nancy Gail, toda la culpa es tuya.
Nancy dio un respingo. Asió de nuevo el tirador de la puerta de la sala 121 y se dio cuenta de que estaba agarrando el borde de la sábana de su cama. Abrió los ojos bruscamente, buscó a tientas el radio- despertador y enfocó la pantalla hacia ella. Según las cifras rojas digitales, era la 1.40 de la madrugada.
Volvió a apoyar la cabeza en la almohada. Tenía la camiseta empapada. La semana anterior, cuando habían empezado las pesadillas sobre el tribunal, había sudado sus cuatro camisones. Ahora, estaba acabando con la colección de camisetas.
Se sentó en la cama y se quitó la que llevaba. La añadiría a la pila de ropa por lavar, se dijo; volvió la prenda del revés y la arrojó a la cesta rebosante del rincón.
Tenía la boca seca. Se levantó de la cama y se dirigió al baño. Había dejado el vaso abajo, así que dejó correr el agua fría por las manos, agradeciendo la sensación de frescor, antes de juntarlas como un cuenco para llevarse el agua a los labios.
Las pesadillas sobre el tribunal empeoraban. En la primera, abría las cajas en pleno juicio y descubría que lodos los documentos correspondían a otro caso. La noche siguiente, tenía las cajas pertinentes pero, no sabía cómo, había acudido a un juzgado equivocado, en Scarborough, y allí nadie sabía nada del caso. Ni de Brace. Despertó cuando empezaba a gritarles en el pasillo a unos somalíes de expresión perpleja: «Kevin Brace, la Voz del Canadá, ¿y no habéis oído nunca hablar de él?». La tercera noche, había llegado por fin al juzgado que tocaba, pero se había equivocado de fecha; se presentaba una semana tarde y el juez Summers había ordenado que nadie le contara lo que había sucedido. Hacía dos noches, había empezado a interrogar a un testigo. Se trataba del conserje iraní, Rasheed, y hablaba en un idioma extranjero. Nancy no entendía una palabra de lo que decía, pero nadie parecía reparar en ello. Al final, el juez Summers la miraba por encima de sus gafas y decía: «Señora Parish, ¿no ha tomado sus lecciones de parsi?».
Cogió una toalla, la empapó en agua fría, la escurrió y se la pasó por la nuca, la frente y el rostro. Apagó la luz del baño y se acercó a tientas al armario de la ropa. Sólo le quedaban dos camisetas limpias; cuando se acabaran, tendría que hacer la colada de una vez. A menos que sacara del cesto alguna camiseta sucia y la colgara en una silla.
Se metió de nuevo en la cama, por el otro lado. Cada semana, Nancy cambiaba de lado al acostarse para dejar que la parte sudada se secara. Las camas de matrimonio no se habían inventado para eso, pensó mientras mullía la almohada y encendía la lámpara de la mesilla de noche.
Siempre le sucedía lo mismo cuando empezaba un juicio importante. Las pesadillas recurrentes y la lenta caída de su vida personal en el caos. Cuando se pasaba el día en el juzgado y de noche tenía que acudir corriendo a la cárcel, no quedaba tiempo para nada. Ni pensar en cocinar o en hacer la limpieza: el mero hecho de conseguir comer regularmente era todo un logro.
Cuando se avecinaba un proceso largo, Nancy intentaba ser previsora. Acumulaba provisiones como esa gente de la costa del Golfo que asegura las ventanas de su casa con tablones cuando se acerca una tormenta tropical, sacaba dinero del cajero automático, hacía acopio de bolígrafos y papel, acumulaba comida congelada y preparaba medias y ropa interior en abundancia. Sin embargo, inevitablemente, olvidaba algún engranaje imprescindible en el mecanismo de su vida y se cernía sobre ella el desastre: la impresora del ordenador se quedaba sin tinta, se le acababa el champú, o le venía la regla y sólo le quedaba un tampón.
Tal vez debería deshacer la cama y poner una lavadora, se dijo, sabiendo que ya no volvería a conciliar el sueño. Tal vez, pensó; sí, tal vez. Pero en lugar de ello, como una amante despechada que releyera la nota de despedida de su hombre, abrió la carpeta de los documentos del juicio y volvió a las notas que había tomado acerca de su visita a Kevin Brace, hacía unas horas.
Al posar los ojos en los papeles, se le despejó la cabeza de inmediato y recordó al detalle lo que había sucedido en el encuentro. Ella había decidido que pondría por escrito lo que quisiera preguntarle, así que había cogido el bloc de Brace y había escrito:
Señor Brace, el fiscal me ha comunicado que en las próximas veinticuatro horas tal vez tenga novedades sobre el caso. De momento, no ha querido decirme de qué se trata. Probablemente, querrá aplazar la vista mañana y lo dejará salir bajo fianza.
Parish había observado a Brace mientras él leía detenidamente la nota. Por lo visto, la noticia lo había alarmado. En respuesta, escribió:
Nada de aplazamientos. Nada de fianzas. Prosiga, por favor.
Bueno, no se podía decir que el hombre fuese locuaz. Aquello habría hecho un buen chiste, pensó. A punto de iniciarse el juicio, un abogado está en su mesa del tribunal con su cliente cuando éste le pasa un trozo de papel en el que ha escrito: «Lamento decirle esto ahora, pero fui yo».
Había tomado de nuevo el bloc de Brace, decidida a librar un toma y daca, y había anotado:
Comprendo que no quiera la fianza, pero ¿por qué se niega al aplazamiento?
Él la había mirado fijamente un largo minuto antes de escribir su respuesta. Nancy todavía pensaba en el chiste que se le acababa de ocurrir y sólo se había permitido una ligerísima sonrisa cuando había leído:
Voy a declararme culpable.
Nancy no podía quitarse de la cabeza la mirada que había visto en los ojos de Brace. Para su asombro, parecía aliviado.
Se levantó de la cama y anduvo hasta la ventana de la habitación. Aunque vivía a cuatro manzanas al sur de Danforth, llegaron hasta ella los bocinazos de los coches que seguían desfilando por la calle principal. Ella también debería sentirse aliviada, pensó. Debería estar allí fuera, celebrando que los Maple Leafs habían ganado la copa y que ella iba a recuperar su vida.
Sí, debería celebrar mi primera derrota en un juicio por asesinato. Qué suerte. Así podría ir a casa por el día de la Madre.
Echó una mirada a las sábanas arrugadas, a los montones, de ropa sucia repartidos por la habitación, a los libros y revistas por leer que se apilaban al lado de la cama y a la caja, con el nombre brace rotulado en ella, que había dejado en un rincón.
Definitivamente, no volvería a dormirse. En lugar de volver a la cama, se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, al lado de la caja, y la abrió. Mi última noche con este caso, pensó mientras sacaba la carpeta titulada «Declaraciones de los testigos». ¿Qué es lo que me estoy perdiendo aquí, Kevin Brace?, se preguntó por enésima vez. ¿Qué es?
LIV
Ari Greene miró fijamente a los ojos a Sarah McGill. Contaba con que ella se sorprendería de verlo allí, en el pasillo desierto del piso doce de Market Place Towers, en plena noche. Sin embargo, su expresión era tranquila, expectante, como si no hubiera nada que pudiera sorprenderla. El detective reconoció aquella mirada. Era la de los supervivientes. La de sus padres y la de los amigos de éstos.
Greene se volvió a Edna Wingate, que aún parecía aturdida, y señaló a McGill con un gesto de cabeza.
– Lamento interrumpir su encuentro madre-hija.
Wingate miró brevemente a McGill y de nuevo a Greene, sonrojándose.
Greene llevó la mano al bolsillo de su chaqueta deportiva y sacó un sobre de aspecto oficial.