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Aquello pareció transformar a Sarah McGill. Dejó el paquete de cigarrillos sobre la mesa con un crujido del celofán y se dibujó en su rostro una radiante sonrisa.

– Shannon cumple cuatro meses mañana y el pequeño Gareth, en Calgary, tiene ahora seis semanas -dijo-. Resulta gracioso. Tienes hijos y piensas que no crecerán nunca; luego, de repente, todos ellos tienen pareja, trabajo, hipoteca. Y, ahora, hijos.

– Se lo merece usted -asintió Greene-. Sobre todo, después de lo de su hijo.

El estado de ánimo de Sarah McGill cambió al instante. Volvió a coger los cigarrillos y, por primera vez, pareció que perdía un poco la compostura.

– Se ha leído de cabo a rabo mi maldito expediente, ¿verdad, detective? Esos condenados asistentes sociales…

Su madre la miró con una expresión de profunda lástima.

– Las cosas eran muy distintas por aquel entonces -dijo Greene, observando atentamente a McGill-. La trataron a usted de una manera terrible, tengo entendido.

– ¿Tiene entendido?-replicó ella, roja de cólera-. ¿Cómo va a entender qué es para una madre que le arrebaten a su hijo?

Greene cerró las manos hasta clavarse las uñas en la palma. Por un instante, pensó en Hannah, la hija perdida de su padre, y temió que no llegaría nunca a saber qué más había perdido éste.

– Por aquel entonces, como usted lo llama, no tenían ningún reparo en arrebatarle los hijos a sus padres. -McGill volvió a dar golpecitos en el paquete para sacar otro cigarrillo-. Bastaba con que la etiquetaran a una de mala madre.

– He leído los informes -asintió él-. Kevin júnior padecía autismo grave y desde los dos años de edad…

– «La madre frigorífico», me llamaron. Decían que sólo me preocupaba de mí porque dejé a Kevin en la cuna media hora -murmuró McGill. La amargura que sentía se hizo casi visible bajo la superficie, como un afloramiento rocoso apenas cubierto por una fina capa de musgo-. Los libros de ese cabrón de Bruno Bettelheim… Los de Auxilio Infantil me obligaron a leerlos. Su favorito era Joey, el chico mecánico, que explicaba cómo el chico había sido salvado de sus padres, malos y negligentes, por su amoroso y acogedor terapeuta. Un cuento de hadas, joder.

Greene asintió. McGill tenía toda la razón. Después de encontrar todo aquello en el expediente, había leído algo acerca del controvertido psicólogo Bruno Bettelheim. En la década de 1950, el doctor B, como le gustaba que lo llamaran, desarrolló una teoría para el tratamiento del autismo infantil, un campo de estudio nuevo por aquel entonces. Bettelheim, que decía haber estudiado con Freud, culpaba de la dolencia a los padres, y en especial a las madres, las cuales, según él, guardaban deseos inconscientes de matar a sus hijos. Sobre todo a los chicos. Incluso la madre más dedicada era sospechosa.

– Esos asistentes sociales de mierda entraban en casa y se sentaban en la cocina y anotaban en sus malditos papeles todo lo que hacía, todo lo que decía, todos mis gestos… No les importaba que Amanda y Beatrice fuesen dos niñas perfectas, oh, no. Decían que, aunque no me diera cuenta siquiera, quería ver muerto a Kevin júnior. Era una amenaza para mi propio hijo. Incluso para mis hijas. Hiciera lo que hiciese, era culpable.

Se le llenaron los ojos de lágrimas, lo cual sorprendió un poco a Greene, como su lenguaje lleno de palabrotas y que fuera fumadora. Las lágrimas le corrieron por las mejillas y no hizo el menor ademán de enjugárselas.

La otra mujer alargó la mano sobre la mesa y asió por el brazo a su hija.

– Ver a mi hija acusada fue peor que perder a mis padres cuando la guerra. Y luego vino la amenaza de que perderíamos a las niñas.

Kennicott había pasado a Greene un expediente de color crema que llevaba en su portafolios. El detective lo abrió.

– Por ese motivo, señora McGill, usted firmó discretamente la entrega de las pequeñas en custodia a Kevin.

McGill miró a Greene sin secarse las lágrimas todavía.

– Era la única manera de evitar que las perdiéramos. Kevin me dejó y las niñas se fueron a vivir con él. Tuve que entregárselas en custodia absoluta. No tenía ningún acceso a ellas. -De repente, soltó una carcajada, sonora y potente-. Debería haber visto a esa gente de Auxilio Infantil cuando se enteraron de que Kevin tenía a las niñas. Estaban desesperados por echarles mano. ¿Qué podían hacer ellas? Y el pobre Kevin… Todo el mundo pensó que era un cabronazo que había abandonado a su desvalida mujer, que la había dejado con un puñado de niños llorones. La prensa se volcó en su contra por ello. Kevin se limitó a encajarlo y jamás dijo una palabra.

Ahora, las lágrimas le bañaban el rostro. Greene se llevó la mano al bolsillo, sacó un pañuelo recién planchado y se lo ofreció. Ella lo aceptó, pero no hizo todavía el menor ademán de secárselas.

– El día que me enteré de que el doctor Bettelheim se había suicidado fue el mejor de mi vida, después del nacimiento de mis hijos y del día de mi boda -declaró y miró el pañuelo que tenía en la mano como si no supiera cómo había llegado a ella. Nadie se movió.

– Cuando se llevaron a mi hijo, perdí la razón. Pobre Kevin -murmuró, estrujando el paquete de cigarrillos y arrojándolo a la mesa de cristal-. Ha querido a dos mujeres en la vida, y las dos estábamos locas.

– Usted no estaba loca, señora McGill -declaró Greene-. Le robaron a su hijo.

Finalmente, ella se llevó el pañuelo a la cara.

– Me lo robaron… -repitió. Recogió el paquete estrujado, hurgó en su interior y esta vez consiguió sacar un cigarrillo ligeramente deformado. Lo encendió y, con parsimonia, echó el humo lejos de la mesa-. Ahora ya conoce nuestro pequeño secreto, detective -continuó-. Los domingos, Kevin llevaba a las niñas a patinar, a jugar al fútbol, a gimnasia… Yo era una maestra del disfraz. Todos esos años, mientras las niñas crecían, permanecí escondida. No me perdí un solo domingo. Cuando los asistentes sociales dejaron de acosarnos finalmente, las chicas ya eran adolescentes con un millón de amigos. -Miró la carpeta crema que estaba sobre la mesa y preguntó-: ¿Es mi expediente de Auxilio Infantil?

Greene movió la cabeza y dio unos golpecitos en la carpeta cerrada.

– No, señora Brace. Aquí tengo sus movimientos bancarios recientes. Tiempos duros para el Hardscrabble Café.

Ella lo miró a los ojos.

– Se lo dije la primera vez que vino. El negocio está difícil.

– Todos los meses, recibe una inyección de dinero de dos mil dólares. Parece que con esto va tirando.

McGill hizo rodar el cigarrillo entre los dedos.

– Y también tengo los movimientos de la cuenta de su marido -continuó Greene, escogiendo deliberadamente la palabra «marido»-. El último año ha estado retirando dos mil dólares en metálico, el diez de cada mes. -Esta vez fue él quien, con la mano posada en la carpeta cerrada, la miró a los ojos-. Como dijo usted, el correo sólo tarda dos días en llegar a Haliburton. A veces, en la investigación de un homicidio, se pasa por alto lo más evidente. Ayer conseguí encajarlo todo. Usted vino a Toronto la noche antes de que Katherine Torn fuera asesinada. El conserje, Rasheed, me contó que Kevin le había pedido que pusiera una piedra en la puerta del sótano, el domingo. Así pudo entrar sin que la viera nadie. Y no apareció en ningún vídeo.

McGill empezó a retorcer el pañuelo. No había dicho nada todavía.

– Le pusieron la multa de aparcamiento porque la entretuvieron, ¿verdad?

El silencio de la sala se podía cortar. Todas las miradas estaban fijas en Sarah.

– Estuve en el 12A esa noche, detective -dijo ella por fin.

– Y por la mañana también -dijo Greene-. Cuando llegó el señor Singh, usted estaba detrás de la puerta.

Como excursionistas que hubieran coronado una elevada cresta, acababan de cruzar a un nuevo territorio. Y los dos lo sabían.

LV