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Fernández miró la hora en el momento de empujar la puerta gris de acero del local. La 1.59 de la madrugada. Las pilas de periódicos recién impresos mostraban los grandes titulares, que anunciaban: LOS MAPLE LEAFS GANAN LA COPA, LORD STANLEY ES NUESTRO, y LA NACION LEAF CELEBRA EL TRIUNFO. El mostrador estaba abarrotado de clientes, la mayoría de los cuales lucía las camisetas de hockey blanquiazules de los Maple Leafs. El gran frigorífico detrás del mostrador estaba repleto de pegatinas, VAMOS LEAFS VAMOS, y alrededor de la anticuada caja registradora había crecido un bosque de banderitas azules y blancas. Incluso el retrato de la Madre Teresa, colgado sobre la puerta, estaba adornado con los colores del equipo.

El Vesta Lunch había sido una tradición para el Toronto barriobajero desde su apertura, en 1955. Además de servir desayunos las veinticuatro horas del día y de preparar comidas para llevar para los detenidos en los calabozos de la cercana comisaría 14, a menudo con un pequeño extra para los agentes de policía que recogían las bolsas de papel marrón, el local era un reducto nocturno excelente para prostitutas entre servicios, estudiantes adictos al café y despojos diversos de las madrugadas de la ciudad.

Fernández había pasado en coche por delante muchas veces y no se le había ocurrido nunca entrar, pero la tarde anterior, cuando se disponía a cruzar Queen Street, Phil Cutter, el lenguaraz fiscal, lo había seguido pisándole los talones.

– Fernández, tengo que hablar contigo -le dijo, acercándose de modo que su voz resonante lo resultara aún más. Fernández miró a la izquierda y vio que se acercaba un tranvía. Apresuró el paso y Cutter lo siguió al momento.

– ¿Conoces el Vesta Lunch, un local de comidas abierto toda la noche, en Bathurst y Dupont?

– Lo he visto -respondió Fernández al tiempo que alcanzaba el bordillo. Como de costumbre, la acera estaba abarrotada.

– Bien. Reúnete con nosotros allí, a las dos de la madrugada en punto -dijo Cutter.

– ¿Las dos de la madrugada?

– En punto. No te retrases.

– ¿De qué va esto?

– No faltes. El Vesta.

Cutter dio media vuelta y desapareció entre la multitud de la concurrida acera. Ya estaba. Nada por escrito. Sin llamadas de móviles. Sin correos electrónicos rastreables.

Fernández echó un vistazo. Varios reservados con asientos corridos de respaldo alto ocupaban el lado de la cristalera del local. En el último de ellos estaban Phil Cutter, Barb Gild y el jefe de policía, Hap Charlton. Al lado de éste quedaba un espacio libre para él.

Fernández ocupó el asiento. Traía en la mano un cuaderno de notas cerrado y un bolígrafo nuevo, elegante, que depositó en la mesa.

– ¿Café? -preguntó Charlton, tan afable como siempre. Delante de cada uno había una taza humeante.

– No, gracias -respondió Fernández.

– Nuestro distinguido colega no se digna tomar el aguado café canadiense -comentó Cutter. Aunque intentó hablar bajo, su voz fue un ladrido desgañitado. En la mesa había una servilleta con la que jugueteaba sin parar; como no podía deambular arriba y abajo, pensó Fernández, aquello lo sustituía. Charlton soltó una risilla.

– Es que está muy aguado, realmente -comentó-. Lo he bebido durante décadas. Turno de noche y Vesta Lunch eran sinónimos para un poli; ahora, todos esos capuchinos sofisticados de la central lo han estropeado.

Fernández dirigió una sonrisa forzada a Charlton. Todo el mundo se quedó callado. Era hora de poner fin a la cháchara.

– ¿Y bien?-preguntó Fernández mientras abría el cuaderno y cogía el bolígrafo-. ¿Qué tenéis?

– Deja ese bolígrafo tan fino, Albert -dijo Cutter y siguió manoseando la servilleta, más deprisa ahora.

Fernández lo miró a los ojos, cerró lentamente el cuaderno y dejó el bolígrafo encima. Paseó la mirada a su alrededor, sin saber quién sería el siguiente en hablar. Para su sorpresa, fue Barb Gild.

– Brace quiere declararse culpable.

Fernández hizo un leve gesto de asentimiento y esperó una explicación, pero nadie dijo nada. Tardó unos instantes en entender la situación. Es así como quieren llevar el asunto, pensó. Sólo me van a contar lo que crean que debo saber. Si quiero más información, tendré que pedirla.

– ¿De qué quiere declararse culpable? -preguntó.

– De asesinato en primer grado -dijo Gild.

Fernández notó un espasmo en el estómago.

– ¿Cuándo?

– Por la mañana.

El estómago empezó a darle vueltas.

– ¿Quién os lo ha contado? -preguntó a Gild. Sólo le venía a la cabeza una cosa: las páginas que Marissa había encontrado en la fotocopiadora del pasillo de la Fiscalía. La máquina estaba al lado del despacho de Barb.

– ¿Necesitas saberlo, realmente? -intervino Cutter. Por una vez, lo hizo con voz queda. Incluso había dejado de jugar con la servilleta. Miró a Gild, luego a Charlton, y movió la servilleta muy despacio.

– ¿Lo necesito? -replicó Fernández.

– Mira -dijo Cutter. Sorprendentemente, mantuvo el tono de voz muy bajo para lo habitual en él-, esa declaración de culpabilidad tiene que salir adelante sin tropiezos, ¿entendido?

– Bueno, yo no pienso oponerme…

– Ya. Pero Summers tal vez sí.

– ¿El juez? ¿Por qué?

Cutter dirigió otra mirada a sus colegas.

– Podría haber complicaciones -dijo.

– ¿Cuáles? -Fernández miró a los demás. Silencio-. ¿Tengo que seguir adivinando?

– Su abogada -respondió Charlton finalmente.

– ¿Parish? -Fernández no esperaba aquello-. Se lo tomará muy mal, sin duda, porque se ha deslomado trabajando y tiene muchas probabilidades de eludir el primer grado, por lo menos, pero ¿dónde está la complicación?

De nuevo, miró a su alrededor. Nadie se movió. Fernández no había visto nunca a Cutter tan callado.

Entonces lo vio todo. Lo vio muy claro.

– Esperad… ¿Cómo sabéis qué le ha dicho a su abogada? La confidencialidad abogado-cliente…

Silencio.

– Ningún juez de esta jurisdicción autorizaría escuchas telefónicas en este caso.

– Es cierto -asintió Charlton-. Ningún juez las autorizaría.

Se hizo el silencio otra vez. Fernández comprendió. Le estaban diciendo que el hecho de que no se autorizaran no significaba que no se hicieran. Nadie se enteraría. Le vino a la cabeza la imagen de un grupo de policías sentados en una sala a escuchar las llamadas del teléfono personal de Nancy Parish. El dolor de estómago pareció agudizársele. Pensó de nuevo en las páginas fotocopiadas. Pensó en lira ce, mudo, poniendo por escrito sus instrucciones.

– Pero yo creía que Brace no hablaba -dijo.

Cutter se inclinó hacia delante hasta quedar a dos dedos de su rostro y, con la voz lo más parecida a un susurro de que era capaz, pero aun así perfectamente audible, explicó:

– La información procede de la mejor fuente posible. Unas anotaciones de Brace, de su propio puño y letra.

Tras esto, se echó a reír con aquellas carcajadas penetrantes y molestas, que resultaban aún más siniestras a medio volumen.

Gracias, Cutter, se dijo Fernández, desplazando un poco más el bolígrafo hacia el otro lado de la mesa.

– ¿Conseguisteis que alguien de la cárcel echase un vistazo al cuaderno de notas que Brace llevaba siempre encima?

Cutter apenas podía contener su regocijo.

– Casi nadie lo recuerda, pero yo empecé como abogado defensor hace mucho tiempo. Digamos que todavía guardo buena relación con cierto guardia veterano de Don Jail.

Fernández asintió lentamente.

– Y por eso no está aquí el detective Greene -comentó.

– Escucha, Fernández -dijo Cutter, que se había puesto a jugar con la servilleta otra vez-, esta ciudad va a peor, bien lo sabes. Lo vemos cada día en los tribunales. Tantas armas, tantas violaciones… ¿Quieres llevar casos de homicidio? Pues te vas a encontrar con esas cosas. No nos vengas con moralinas de monaguillo. «La Fiscalía actúa sin importarle si gana o pierde», dicen. Pues nosotros, los fiscales de homicidios, jugamos para ganar. Además, no te preocupes por tu colega Parish. Brace no la llama nunca, y punto.