– Muy bien -dijo Fernández-. ¿Qué queréis que haga?
– Muy fácil. -Cutter se echó a reír-. Gana el caso. Si Brace intenta despedir a Parish, protesta. Si Parish intenta renunciar al caso, protesta. No le des ninguna oportunidad a Summers.
– La ley es muy explícita -intervino Gild-. A falta de un certificado de incapacidad mental, del que carece, Parish no tiene derecho a impedir que su cliente se declare culpable. En el peor de los casos, si ella renuncia como abogada, Brace puede presentar la declaración de culpabilidad por sí mismo. Mañana, a las diez y media, debería estar empezando a cumplir una condena de veinticinco años.
– Y, Albert -añadió Cutter. Era la primera vez que lo llamaba por el nombre de pila-, saldrás de tu primer juicio de asesinato sin haber perdido. Un inicio perfecto para tu nueva carrera. Andamos escasos de talento en la cúpula, colega. Habrá un montón de trabajo para ti.
Fernández asintió. Luego, sonrió. La tensión pareció relajarse en el reservado. Cutter rasgó la servilleta.
– Supongo que este encuentro no se ha producido… -apuntó Fernández.
Charlton soltó una carcajada.
– Jugamos sobre seguro, por supuesto. Nick, el tipo del mostrador, me conoce desde que era un policía de calle. Las noches tranquilas, veníamos aquí y pasábamos las horas tomando café, y cada cuarto de hora uno de nosotros salía a comunicar que estábamos en una nueva posición. Nick jamás dijo una palabra. Si viene alguien a husmear, le dirá que hace meses que no me ve.
Fernández miró hacia el mostrador. Un hombre alto con un bigote canoso estaba pasándole un paño a la madera con la facilidad que da la práctica, como un pianista preparándose para dar un concierto. Su uniforme blanco y su delantal mostraban las manchas de una noche de trabajo. En el reloj blanco y negro de la pared eran las dos y media.
– Parece que me espera un día interesante -dijo Fernández mientras recogía el cuaderno de notas y el bolígrafo-. Os veré a todos en el tribunal.
Y, Marissa, mañana volveré temprano a casa por una vez, pensó. Tendremos una velada deliciosa. Con algo especial que celebrar.
LVI
– Cada mes perdemos diez cubiertos, a veces quince; cuchillos, la mayoría -dijo Sarah McGill, levantando la bolsa de plástico que contenía la cucharilla y agitándola ante Ari Greene con aire acusador-. Al final, se nota.
– Claro que sí -dijo él.
Greene lo había visto una y otra vez, pero nunca dejaba de asombrarle. Enfrentada a la mayor crisis de su vida, la gente se concentraba en cuestiones alarmantemente triviales. Olvidando todo lo demás, se agarraban a las pequeñas cosas que podían controlar. Y se aferraban a ellas con fuerza.
Durante el último juicio por asesinato al que había asistido, el acusado estaba más preocupado por lo que le habían dado para almorzar que por las pruebas que iban acumulándose contra él. Cuanto peor se ponía el caso, más sonoras se hacían sus quejas sobre la comida.
Todavía con la bolsa delante de sí, McGill se puso a fruncir los bordes del plástico como una niña pequeña que agarrara la punta de su sábana favorita.
– No quiero ir a juicio -declaró finalmente.
Greene se lo esperaba. Señaló el bolsillo interior de la chaqueta y replicó;
– Tengo una citación judicial para usted. Lamentaría obligarla a presentarse, pero su marido se enfrenta a una posible sentencia a veinticinco años de cárcel. Es evidente que tiene pruebas materiales.
– Vendrán los de Auxilio Infantil.
Esto no lo esperaba. No subestimes nunca, se dijo, las corrientes profundas que fluyen por la vida de las personas, ni sus motivos invisibles.
– Señora McGill, se trata de un juicio por asesinato. No alcanzo a imaginar qué interés podría tener para Auxilio Infantil.
McGill descargó un puñetazo sobre la mesa, ¡pam!, con tal fuerza que Greene temió que el cristal fuera a romperse.
– ¿No alcanza a imaginar? No, claro, no alcanza…
Greene la miró a los ojos fijamente, sin decir palabra.
– Esa gente no se rinde -continuó ella-. Nunca. Si se enteran de que estaba en el apartamento cuando murió Katherine, no me dejarán ver a mis hijas nunca más.
– Pero, señora McGill, sus hijas ya son mayores. -Greene miró a Kennicott. El agente parecía tan perplejo como él-. La Asociación de Auxilio Infantil ya no tiene nada que ver con ellas.
McGill apretó los labios con rabia.
– No lo entiende, ¿verdad?
De repente, Greene comprendió. A pesar de su apariencia de normalidad, McGill estaba paranoica de atar. Y con buen motivo. Como los padres de él y todos sus amigos supervivientes. Él, mejor que nadie, debería haberlo visto venir.
– Sus nietos -le susurró.
Ella miró al frente. No hubo intercambio de miradas. McGill parecía ausente.
– Esos malditos -dijo por fin-. No dejaré que vuelvan a separarme de mis niños -continuó y sacudió la cabeza enérgicamente, de un modo que decía: «No quiero seguir hablando de esto».
– Sabemos que Katherine tenía problemas con el alcohol -expuso Greene. Usar el plural lo hizo sentirse más autoritario y más cómodo. Necesitaba avivar la conversación, hacer que siguiera hablando-. Aquí, el agente Kennicott ha hablado con varias personas acerca de la señora Torn. Gente a la que perjudicó.
McGill asintió. Era un principio.
Greene continuó:
– Sabemos que Katherine era muy ahorradora. El agente Kennicott encontró un fajo de cupones de compra en su billetero. Y la tarjeta de crédito muestra unos gastos muy modestos. ¿Qué le parecía que Kevin le diera a usted dos mil dólares al mes?
McGill lanzó una breve mirada a su madre y se volvió de nuevo a Greene. No dijo nada pero, por lo menos, no se negaba a hablar. Greene cortó el silencio.
– ¿La señora Torn sabía lo del dinero?
– Lo descubrió.
Bien, pensó el detective, aliviado al oír de nuevo la voz de McGill.
– Imagino que no estaría muy contenta -dijo.
– Katherine no estaba nunca muy contenta, detective. Ni siquiera teniendo a mi marido, a mis hijas, el apartamento, los viajes y la atención de los medios. Ni por esas. Estaba enfadada con todo desde el día que había descubierto lo de su padre.
Greene miró a Kennicott y volvió a concentrarse en Sarah.
– ¿Se refiere al doctor Torn?
McGill soltó una risotada.
– ¿No lo sabe, detective?
Greene dijo que no con la cabeza.
– Me refiero a su verdadero padre. Un jinete de California con el que ligó su madre durante una de sus competiciones de hípica. Katherine se enteró cuando tenía trece años y no lo superó nunca.
Greene hizo un gesto a Kennicott. Aquello explicaba la postura del doctor Torn, pensó. «Kate era su única hija», había dicho el doctor Torn a Greene y a Fernández la primera vez que se habían visto en el Ayuntamiento Viejo.
– ¿Qué hacía en el apartamento de su marido la madrugada que Katherine murió? -preguntó, repitiendo la palabra que había usado ella, «murió», y no «fue asesinada».
– Necesitaba más dinero. La construcción de la autopista. Dijeron que llevaría nueve meses. Está matando el local. No me alcanzaba ni con los dos mil.
– ¿Por eso se presentó de madrugada?
McGill no respondió.
– ¿Y su marido estaba despierto?
– Mi marido nunca ha dormido mucho. Katherine, en cambio, se pasaba el día durmiendo.
– Excepto esa madrugada.
– Pensé que estaría dormida. Eran las cinco.
– Pero se equivocó. Estaba en el baño.
– ¿Katherine? Debe de estar de broma. -McGill se echó a reír, lira su risa, sonora y real-. ¿Usted cree que Katherine Torn tomaría un baño en la bañera del pasillo en lugar de hacerlo en su jacuzzi de cinco mil dólares?