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Greene recordó las facturas de artículos de baño caros que Kennicott había encontrado en el bolso de la víctima. Y el comentario del agente Ho de que en la bañera del pasillo no había ni una jabonera. Pensó en su casa y en que él también prefería su cuarto de baño de arriba, donde Raglan había entrado a enjabonarle la espalda, al del sótano, siempre desaseado. Y supo que Sarah McGill estaba diciendo la verdad.

– Mi marido es un animal de costumbres. Ha tomado un baño de agua fría todas las mañanas de su vida. Cuando llegué, todavía andaba en albornoz. Acababa de llenar la bañera.

– Entonces, ¿cómo terminó Katherine en la bañera, señora McGill? En la del baño del pasillo.

– Kevin la puso allí -dijo, tan tranquila como si le estuviera cantando al cliente el plato especial del día de su restaurante-. Después de que muriera.

De nuevo, aquel verbo. No decía «matar», ni «asesinar», sino «morir». Como si la muerte fuese, simplemente, una dolencia más que había aquejado a Katherine Torn, como unos sudores nocturnos o una migraña.

– ¿Y cómo sucedió eso, que muriera?

McGill se puso a frotar la bolsa de plástico con la cucharilla.

– Es asombroso lo fugaz que es la vida. Pero supongo que usted ya lo sabe, por su trabajo. Mi marido y yo estábamos en la cocina, cuchicheando como dos adolescentes que creen que sus padres están dormidos. Kevin estaba cortando naranjas para preparar su zumo matinal. De repente, Katherine apareció detrás de nosotros. Desnuda de pies a cabeza. No sé qué la despertó. Agarró a Kevin por el cuello. Todo sucedió muy deprisa. Empezó a gritar: «Maldito, maldito… no volverás a aparecer en la radio nunca más». No sienta pena por Katherine, detective. Sacó todo lo que quiso de esto.

Ninguno de los presentes se atrevía a moverse, a respirar siquiera. Greene repasó mentalmente todo lo que conocía del caso: Brace, cortando naranjas todas las mañanas; su voz áspera y apenas audible la única vez que había dicho algo a Dent en la celda; los arañazos que Katherine Torn había infligido con sus manos desnudas a los dos hombres que habían intentado ayudarla: Howard Peel, su compañero de Alcohólicos Anónimos, y Donald Dundas, su maestro radiofonista; el contrato millonario sin firmar; Torn y Brace sin cogerse de la mano mientras cruzaban el vestíbulo después de su reunión con Peel.

Sarah McGill tenía la mirada desenfocada y perdida en el vacío. El detective se dio cuenta de que ya no veía el apartamento, sino que estaba reviviendo aquella escena del pasado.

– Me costó una eternidad arrancarle las manos del cuello de Kevin -musitó ella.

– ¿Qué sucedió entonces? -preguntó Greene con suavidad.

McGill asintió, como ausente.

– Kevin decía, «Katherine, Katherine», entre gorgoteos. Lo vi enrojecer, como si se asfixiara. Grité algo, no recuerdo qué, y me agarré a las manos de ella. Finalmente, soltó a Kevin y se volvió hacia mí. Tenía una mirada tan furibunda…

Greene asintió. Cuando un testigo empezaba a cantar de plano, lo mejor era callar y escuchar.

– Kevin jadeaba. Katherine se desasió de mí y se volvió hacia él. Le agarró la mano que empuñaba el cuchillo y gritó: «¡Ahora, los dos la habéis jodido!». No olvidaré nunca esas palabras.

McGill volvió a centrar la vista en Greene como si enfocara la lente de una cámara.

– Era lo que ella quería -añadió, bajando la voz hasta que apenas fue un susurro.

Greene rompió por fin su silencio.

– ¿El qué?

– Separarnos. Jodernos bien. Sabía lo de los nietos y el Auxilio Infantil y que, por el hecho de que yo estuviera allí mientras esto sucedía, estaba bien jodida. Se hundió el cuchillo de Kevin en el estómago. Lo primero que pensé fue que era otra de sus demostraciones melodramáticas. Imaginé que se haría un rasguño, que no le sucedería nada. Pero Katherine resbaló y se cayó inopinadamente.

Greene miró de reojo a Kennicott. El agente tenía la cabeza gacha. Probablemente, volvía a verse a sí mismo resbalando en el suelo de la cocina de Brace, la mañana en que había irrumpido en el apartamento 12A.

– Yo también me resbalé ahí -apuntó.

McGill se volvió hacia él. Parecía haberse olvidado de que el agente estaba presente.

– El cuchillo debió de alcanzarle una arteria, o algo. Murió muy deprisa. En segundos.

Greene recordó el pequeño corte en la aorta que les había enseñado el doctor McKilty. Había bastado con eso para matarla muy deprisa.

– Yo no podía creerlo. Kevin era incapaz de hablar. Oímos que llegaba el ascensor y él me susurró apenas: «escóndete», y señaló detrás de la puerta del piso. Yo estaba pasmada. El pasillo es ancho y había, por tanto, mucho espacio. Cuando me escondí detrás de la puerta, alguien se acercaba, tarareando por lo bajo. Miré hacia el interior del pasillo y vi a Kevin arrastrando el cuerpo de Katherine hasta el cuarto de baño. Quise decirle que no lo hiciera, pero no hubo tiempo. El hombre ya estaba llegando a la puerta. Oí cómo arrastraba los pies. Incluso tiró el periódico al suelo. Yo me quedé donde estaba, a unos centímetros de él, inmóvil.

Greene volvió a pasear la vista por el pasillo hasta la puerta y asintió, mirando a McGill.

– Kevin salió a la puerta y lo oí musitar: «La he matado, señor Singh». El hombre apenas dijo nada. Kevin le franqueó el paso y lo acompañó por el pasillo, detrás de él y sin volverse, al tiempo que con las manos a la espalda me hacía gestos de que saliera. No pude hacer otra cosa.

Greene volvió a pasar la escena en su cabeza, tratando de visualizar cómo se había desarrollado. Katherine Torn, colérica y enloquecida. Brace, conmocionado y aterrado. Singh, implacablemente puntual. Y Sarah McGill, paralizada tras la puerta.

McGill se cruzó de brazos y empezó a balancearse muy ligeramente.

– Señora McGill, su marido está acusado de asesinato en primer grado. Veinticinco años de cárcel si lo condenan. ¿Cómo es que no nos había contado esto hasta ahora?

McGill miró a su madre y siguió meciéndose adelante y atrás varias veces más.

– Mi marido no quería.

– ¿Cómo lo sabe?

– Es mi marido.

– El agente Kennicott y yo no tenemos el menor interés en que se condene a inocentes.

– Entonces, no me llame a declarar -dijo ella-. Si intenta llevarme al estrado, Kevin se declarará culpable en un abrir y cerrar de ojos.

– Pero lo que nos acaba de contar le proporcionaría una línea de defensa completa. Le prometo que haremos un trato con los de Auxilio Infantil.

McGill miró a Wingate. La hija, buscando a su madre para algo. ¿Qué? Sarah parecía en trance.

– Si testifica, yo puedo…

– No testificaré -insistió y descargó otro puñetazo sobre la mesa-. No puedo, ni quiero. No permitiré que ellos… No, otra vez no.

Su voz se apagó. La tensión en la sala era casi insoportable.

En momentos como aquél, se dijo el detective, era importante cambiar el paso y dar un respiro a todos. Pero al mismo tiempo, añadió para sí, había que hacer más permanente la presencia de uno, de modo que el testigo olvidara que siempre le quedaba la opción de, simplemente, pedirle que se fuera.

Wingate y McGill tenían delante de ellas, como objetos decorativos de color púrpura, las lilas que les había llevado. Hacía un par de horas que las había cortado y empezaban a marchitarse, pero aún no irremediablemente.

Era asombroso con qué rapidez podía escaparse la vida, pensó Greene mientras alargaba la mano para coger las dos ramitas.

– Las pondré en agua -dijo, al tiempo que se levantaba de la mesa.

Abrió una alacena de la cocina, a la derecha del fregadero. El estante inferior estaba lleno de tazas de cristal transparente, pero fueron los vasos del segundo estante los que le llamaron la atención.