Una amplia muestra de vasos blancos y azules de los Toronto Maple Leafs llenaba toda la estantería. Sacó un par de ellos, los llenó de agua fría y, con un cuchillo afilado, hizo una hendidura en el extremo de cada rama de lila antes de colocarlas en ellos.
Cuando se volvió para llevarlos a la mesa, alcanzó a ver que McGill y Wingate cruzaban una mirada de preocupación y, al unísono, dirigían la vista a los vasos que llevaba en las manos.
Como un buscador de tesoros cuya pala acaba de tocar algo metálico, Greene supo que había acertado.
¿Cómo he podido pasarlo por alto?, pensó mientras volvía a ocupar su asiento, despacio, con los dos vasos delante de él.
– Se equivoca en eso de que no se me escapa nada -dijo a Sarah McGill. Ella lo miró con fuego en los ojos-. Por fin lo veo. Su hijo, Kevin júnior, el que le arrebataron cuando era pequeño, ha estado viviendo aquí con su madre, ¿no? Estaba con la abuela y tenía al padre al fondo del pasillo para echar una mano. Es alto, como su padre; por eso, los vasos del Maple Leafs están en el estante de arriba. Y por eso hay más vasos de ésos en el apartamento 12A. -Greene se volvió a Edna Wingate y añadió-: Éste fue el otro motivo por el que usted no me dejó entrar en su apartamento aquella mañana. Así, su nieto también pudo marcharse. -Nadie dijo nada y Greene miró a McGill-. Es usted muy previsora. Su madre no podrá con esas escaleras eternamente y por eso le dijo a su hija que adecentara el sótano para que Kevin júnior tuviera un lugar para vivir. Apuesto a que júnior está allí en este momento. ¿Y la madrugada que murió Katherine? ¿Dónde estaba?
– Él nos necesita -respondió Sarah.
– ¿Dónde estaba, la madrugada del 17 de diciembre?
– Y sus vasos de los Maple Leafs.
– ¿En este apartamento? ¿O estaba con usted y Kevin en el de enfrente?
– No dejaría que nadie más los lave.
– ¿Estaba con usted en el 12A?
– Necesita sus cosas.
– ¿Estaba enfadado?
– Si se lo llevan, se morirá.
– ¿La apuñaló él?
Esto último dio la impresión de sacar a McGill de su mantra.
– No -dijo-. Mi hijo no apuñaló a Katherine Torn. Mi hijo se echa a llorar cuando se le cae una simple hoja a una de sus tomateras.
Greene se volvió hacia Edna Wingate.
– ¿Dónde estaba su nieto esa noche?
La abuela lo miró y entrecerró los ojos. Detrás de aquellos ojillos vivarachos se apreciaba una dureza de acero. La dureza de una mujer huérfana a los diecinueve años, tres veces viuda y con su único nieto varón gravemente enfermo, pero todavía activa.
– El chico no estaba en el 12A. Puede hacer todas las pruebas de huellas y de ADN que quiera. Jamás ha cruzado esa puerta. Y nunca se ha alejado ni siquiera hasta el ascensor. Las pocas veces que sale, usamos la escalera de atrás.
«Jamás», o «siempre», eran palabras muy peligrosas en boca de un testigo o de un investigador. En la Academia de Policía, Greene siempre enseñaba a los jóvenes reclutas que, cuando un testigo respondía a una pregunta con términos rotundos y absolutos, uno debía pensar dos cosas. Cuando alguien le decía a uno que no había hecho algo «nunca en la vida», o bien era verdad, o bien era una mentira desesperada y descarada. Entonces, si uno conseguía hacerlo caer en contradicciones, ya lo tenía. Pero si el testigo mantenía la historia, era él quien tenía atrapado al acusador.
– La creo -dijo y se volvió a McGill-. Realmente, no nos deja más alternativa. -Buscó en el bolsillo, sacó la citación y tocó las manos de Sarah con el sobre-. Lo siento, señora McGill. Desearía con todo mi corazón que hubiera otro modo.
– Usted no entiende lo de Kevin y su hijo -murmuró ella.
– Estoy seguro de que él lo quiere mucho -asintió Greene.
McGill soltó una de sus sonoras y hondas risas, al tiempo que sacudía la cabeza.
– Kevin amaba a Katherine. Yo tuve que aceptarlo y, al final, lo hice. Que ella no pudiera aceptar que mi marido también me quisiera a mí, todavía, era problema suyo. Pero ninguna de las dos teníamos nada que hacer frente a Kevin júnior. Kevin odiaba a su padre; en cambio, su hijo lo es todo para él. ¿Veinticinco años de cárcel? Los aceptará sin pestañear si con ello le ahorra un minuto de miedo, un segundo más de dolor.
Greene volvió a mirar a Wingate. La anciana asentía con los ojos cerrados.
– Se acabó, detective -dijo McGill, sosteniendo la citación en las manos-. Conozco a mi marido. Ya habrá pensado en todo esto. -Miró a Kennicott y añadió-: Amanda estaba en el tribunal cuantío usted testificó el otro día, agente. Incluso ella lo vio encajar las cosas cuando observó el croquis del apartamento. A mi marido no debió de escapársele.
Greene miró a Kennicott. En toda investigación, llega un momento en que, sencillamente, no quedan más preguntas que hacer. En que todas las respuestas se alinean de pronto. Por la expresión de Kennicott, dedujo que los dos habían visto lo mismo: que habían llegado al final.
– Se equivoca en una cosa. -Quien hablaba era Edna Wingate.
Había abierto los ojos-. No es cierto que nos traslademos porque no puedo subir las escaleras -dijo.
Greene se descubrió sonriendo.
– ¡Oh, mamá! -exclamó McGill. Ella también sonreía.
– Quien no puede con las escaleras es Kevin júnior. Ése es el único motivo. Mi instructor de yoga dice que tengo los cuádriceps más fuertes que ha visto nunca en una mujer de ochenta y tres años.
Greene asintió y estuvo a punto de decirle que sí, que ya se lo había contado. Sin embargo, se contuvo. Se recostó en la silla y captó la mirada de Sarah McGill. Ella también se había dado cuenta de la repetición. El detective pensó en el apartamento, donde todo estaba rotulado y clasificado, y vio la apariencia perfecta que presentaba la madre para ocultar sus primeros signos de decadencia.
«Sarah McGill, es a usted a quien no se le escapa un detalle», pensó. Cogió una de las lilas que tenía ante sí y se la ofreció a Edna.
– Me encantaría hacer una clase de yoga con usted cuando todo esto termine -le dijo.
– Yoga con calor -respondió ella, acercando la ramita púrpura a la nariz y aspirando hondo.
– Sí, yoga con calor -repitió él. Y, como sucede tantas veces en momentos de extrema tensión, todo el mundo se rió.
LVII
Bien, las cosas no podían ir mejor, pensó Awotwe Amankwah mientras, tumbado en la cama de su pequeño dormitorio, veía reflejarse en el techo las luces de los coches que pasaban y oía a los hinchas exaltados que hacían sonar el claxon de los coches, soplaban largas trompetas de plástico y lanzaban vítores y cánticos.
El triunfo de los Maple Leafs no podía importarle menos. Lo que lo hacía tan feliz en aquel momento eran sus hijos, que dormían apaciblemente en sus hombros. El cuento de acostarse que les había contado hacía horas -sobre cierto pueblo de un gran valle que, una mañana, despertaba bajo la erupción de un volcán y dos niños que iban de puerta en puerta despertando a los paisanos y poniendo a salvo a los abuelos- era larguísimo, y había visto cómo los niños pugnaban por seguir despiertos mientras la lava fundida corría ladera abajo y los jóvenes héroes se apresuraban a llegar hasta la última choza del pueblo por un sendero serpenteante y desierto.
Y ahora, de madrugada, seguía disfrutando del momento, de la maravilla de estar, por fin, a solas con sus hijos. ¿Quién habría pensado, dos años antes, que vivir en un pisito pestilente de una sola habitación en Gerrard Street -con el chirrido de los tranvías que pasaban junto a las endebles ventanas toda la noche, su piano de casa reemplazado por uno eléctrico de segunda mano y el olor a ajo y almidón de maíz procedente del restaurante chino de abajo- le parecería el paraíso?
Le llegó de la calle un alboroto especialmente sonoro de un grupo de parranderos que se puso a cantar: «Somos el número uno, somos el número uno». Los seguidores de hockey de Toronto no ganarían nunca un concurso de originalidad, pensó Amankwah moviendo la cabeza, al tiempo que acunaba a sus hijitos dormidos.