Summers reparó de pronto en su presencia y lo fulminó con la mirada. Parish se volvió a observarlo y lo mismo hizo Fernández.
– ¡Agente Kennicott!-gritó Summers-. ¿Qué hace usted aquí?
– No estoy aquí como agente de policía -respondió él, ajustándose mecánicamente la corbata-, sino como abogado. Como tal, deseo dirigirme al tribunal por un asunto urgente.
Summers parecía estupefacto. Bien, pensó Kennicott. Necesitaba unos instantes para hablar con Fernández y conseguir que pidiera un aplazamiento antes de que Parish interviniera.
– Pero usted no es parte en esta vista.
– Señoría -replicó Kennicott-, podría argumentar que soy, técnicamente, parte del equipo de la acusación. Sin embargo, más importante todavía es que soy miembro en activo del Colegio de Abogados de Canadá y que, como tal, estoy obligado a actuar en toda ocasión como agente judicial. Dirijo a Su Señoría, pues, una petición extraordinaria para declarar en su tribunal con el fin de evitar que se cometa lo que considero que podría ser un grave error judicial.
– No había visto nada igual en mis treinta años en el estrado -farfulló Summers.
Kennicott se acercó a Fernández y le susurró:
– Tiene que pedir un aplazamiento. Diez minutos.
– Señoría -intervino Parish alzando la voz-. La petición no sólo es extraordinaria, sino impropia. Necesito dirigirme al tribunal inmediatamente.
Kennicott continuó cuchicheando a Fernández:
– Greene acaba de interrogar a Allison Torn, la madre de Katherine. Tiene usted que escuchar esto.
Fernández miró al agente con sus ojos castaños abiertos como platos. Su mirada era extraña, difícil de interpretar.
– ¿Qué dice usted, señor Fernández? -preguntó Summers desde su estrado, casi a gritos.
– Permítame un momento, Señoría… -respondió el fiscal con notable calma.
Kennicott continuó hablándole en voz baja:
– Greene acaba de hablar con los padres de la víctima. Katherine estuvo a punto de estrangular a su madre hace dos años. Allison Torn, como Brace, ha perdido el habla.
– ¡Señor Fernández! -exclamó Summers, esta vez a voz en grito.
Kennicott intentó observar la reacción del fiscal, pero Fernández mantuvo la mirada absolutamente inexpresiva.
– Greene me ha dicho que le diga -continuó susurrando Kennicott- que por eso la señora Torn no pronunció una sola palabra en su primer encuentro con usted. Y por eso lleva siempre un pañuelo en torno al cuello. Éste es el motivo por el que el doctor Torn lo mantenía a usted lejos de ella.
Kennicott habría querido que el fiscal asintiera o mostrara alguna reacción, pero Fernández no se movió un ápice. Parecía más calmado que nunca.
– ¡Señor Fernández!-repitió Summers desde el estrado, cada vez más encendido de ira-. ¡Señor Kennicott, acérquese!
– Señoría, por favor -intervino Parish.
– Mire, Fernández -susurró Kennicott al fiscal-. Acaba de oír que la abogada Parish expresa su renuncia a seguir representando al señor Brace y que éste desea dirigirse al tribunal. Va a declararse culpable de algo que no hizo, para proteger a su primera esposa, Sarah McGill. Ésta se hallaba en el lugar del crimen, escondida detrás de la puerta. Y también su hijo, el autista, quien vive en el otro apartamento de la misma planta. Debe usted detener esto inmediatamente.
– Ordenaré a un alguacil que expulse de la sala al señor Kennicott -gritó Summers desde su asiento-. Y lo multaré por desacato. Señor Fernández, ¿qué dice usted?
El fiscal apartó la vista de Kennicott, se volvió, miró hacia donde estaban sentados Cutter, Gild y Charlton y les dirigió un leve gesto de asentimiento con la cabeza.
Kennicott lo presenció con un escalofrío. Oh, no, se dijo, y el corazón le dio un vuelco. ¿Qué había hecho? Acababa de enseñarle a Fernández la manera de ganar su primer caso de homicidio. Basta- ha con que dejara que Brace se declarara culpable y sería un héroe. Después, podría ir contra Sarah McGill.
Se acabó, pensó esperando que el fiscal volviera a dirigir la mirada al estrado del juez. Sin embargo, Fernández miró al obrero industrial que estaba sentado en la tribuna del público. Kennicott echó una segunda mirada al hombre de la piel oscura y posó de nuevo los ojos en Fernández. El parecido entre los dos hombres era manifiesto.
En el rostro pétreo de Fernández se dibujó una ligerísima sonrisa. Buscó en el bolsillo de la chaqueta, sacó una estilográfica y pareció que apuntaba con ella hacia el hombre, que no podía ser más que su padre, antes de volver la mirada al estrado del juez Summers.
– Señoría -dijo, al tiempo que dejaba la pluma sobre la mesa cuidadosamente-, la Fiscalía tiene muchos reparos a la continuación de esta acusación. Por desgracia, ciertos miembros de la Fiscalía han llevado a cabo acciones que comprometen no sólo la integridad de este caso, sino también la de sus obligaciones superiores para con este tribunal. Además, el señor Kennicott acaba de confirmar (y se lo agradezco) una información que proporcionaría al señor Brace una defensa completa. Ya no puede decirse que exista una perspectiva razonable de alcanzar una sentencia condenatoria en este asunto. Ni que sea de interés para la administración de justicia continuar el proceso. Deseo recordar a este tribunal y a todos los presentes en la sala que el objetivo del fiscal no es ganar o perder un caso, sino asegurar que se mantiene la integridad del sistema. Por lo tanto, Señoría, la Fiscalía retira la acusación de asesinato en primer grado contra el señor Kevin Brace.
Durante unos segundos, reinó un silencio absoluto en la sala. Como la pausa entre el destello del relámpago y el estampido del trueno cuando la tormenta está encima.
Summers se quedó boquiabierto. Parish se volvió a Fernández y exhaló un sonoro suspiro.
Kennicott escuchó el restregar de pies de los periodistas.
De pronto, una potente voz se alzó de la tribuna del público. Era Phil Cutter, puesto en pie.
– ¡Espere un momento, Señoría! -exclamó. Sus palabras resonaron en el silencio.
– Esto va contra la política de la Fiscalía -le secundó Barb Gild, levantándose también.
El secretario se incorporó, tiró de la toga, ajustándosela, y proclamó:
– ¡Silencio en la sala!
– Gracias -dijo el juez Summers, recuperando la calma.
Kennicott miró a Fernández. El fiscal se limitó a sentarse, enderezó con calma las esquinas de sus papeles y guardó la gruesa pluma en el bolsillo. Kennicott se volvió en redondo y observó el banquillo de los acusados.
Brace estaba de pie, con una expresión de perplejidad en la mirada. Levantó la cabeza y Kennicott vio que se esforzaba en decir algo.
– No… Yo…, yo… -barboteaba, tratando de articular una frase.
– ¡Silencio! -ordenó Summers. Dirigiéndose a un joven funcionario judicial apostado junto a la cabina acristalada del banquillo, le preguntó-: Agente, ¿pesa alguna orden de busca y captura más sobre el señor Brace?
El funcionario buscó en el bolsillo de la chaqueta, sacó un papel y lo leyó durante unos segundos.
– No, Señoría.
– ¿Alguna acusación pendiente?
– No, Señoría.
– ¿Alguna otra orden de detención pendiente de juicio?
– No, Señoría.
– Agente, ¿conoce usted alguna otra causa por la que se deba prolongar la detención de este hombre?
El funcionario repasó su papel por última vez.
– No, Señoría.
– Dejen libre al preso. Señor Brace, puede usted marcharse. El tribunal levanta la sesión. Dios salve a la reina.
Brace parecía absolutamente confundido. El agente abrió la puerta de la cabina, pero daba la impresión de que el recluso no sabía qué hacer. En lugar de salir, dio la espalda al agente y llevó las manos atrás, esperando que le pusiera las esposas.
Por el rabillo del ojo, Kennicott vio a los reporteros empujándose por alcanzar la salida. Se volvió a Fernández, que estaba guardando calmosamente los papeles en su maletín. Por un instante, el fiscal levantó la vista hacia él y asintió. Kennicott observó a Nancy Parish, sentada en su mesa con la cabeza entre las manos y los hombros hundidos, y miró de nuevo hacia el estrado del juez. Summers le dirigió una ligera sonrisa antes de levantarse de su asiento.