– Entonces -dijo Racine, que se frotaba las sienes como si se esforzara por comprender-, ¿por qué estrangularla si le había puesto cianuro en la boca y se la había cerrado con cinta aislante? ¿Soy yo la única a la que le parece ilógico?
– La cápsula era simple exhibicionismo -respondió fríamente Cunningham sin mirar a la detective. Se sacudió las manos manchadas de tiza para hacer una pausa y tomó su sándwich de jamón con pan de centeno. Dio un mordisco sin mirar el sándwich y se concentró en los diagramas y los informes policiales esparcidos sobre la mesa.
Racine, que había vuelto a sentarse, se removió, impaciente.
– Supongo que habrá oído hablar del tiroteo que hubo la semana pasada en Massachusetts -Cunningham, que seguía sin mirarla, continuó pasando las páginas de los informes-. Cinco jóvenes ingirieron esas mismas cápsulas de cianuro y a continuación abrieron fuego contra agentes de la ATF y el FBI. Por alguna razón, alguien quiere que sepamos que existe una relación entre ese suceso y la muerte de la hija del senador Brier.
Racine paseó la mirada en torno a la mesa. Acababa de darse cuenta de que todos lo sabían, menos ella.
– Joder, ¿estabais todos al corriente?
– La información acerca del cianuro está clasificada y de momento hemos conseguido que no llegue a oídos de la prensa -el tono de Cunningham hizo recular a Racine-. Las cosas deben continuar así, detective Racine. ¿Entendido?
– Claro. Pero, si voy a formar parte de este grupo de operaciones, espero que no se me oculte información.
– Me parece justo.
– Entonces, ¿se trata de una especie de venganza? -preguntó Racine al instante. Maggie no pudo evitar sentirse impresionada, y se volvió hacia la ventana al ver que la detective la miraba-. ¿O es demasiado obvio? -añadió-. ¿La vida de la hija de un senador a cambio de la de esos cinco chicos?
– No podemos descartar la venganza, desde luego -respondió Cunningham entre bocado y bocado.
– Tal vez ahora pueda decirme cómo es que lo sabía antes de que descubriéramos que era la hija de un senador.
– ¿Cómo dice?
Maggie miró a Cunningham. Racine se había atrevido a formular la pregunta que todos ellos tenían en mente. Había que reconocer que tenía más agallas que cerebro.
– ¿Por qué se avisó a la Unidad de Ciencias del Comportamiento? -preguntó la detective, a la que al parecer no impresionaban ni la autoridad de Cunningham, ni su mala cara. Maggie pensó que, si aspiraba a entrar en el FBI, se estaba cerrando una puerta importante.
– Un homicidio cometido en territorio federal entra dentro de la jurisdicción federal -contestó Cunningham en su mejor tono frío y autoritario-. Así pues, el FBI está a cargo de la investigación.
Racine no se inmutó.
– Sí, eso ya lo sé. Pero ¿por qué la UCC?
Maggie miró a Cunningham para ver si éste vacilaba. Para entonces, todos tenían la mirada fija en el director adjunto.
Cunningham se subió el puente de las gafas y paseó la mirada en torno.
– Hubo una llamada anónima ayer por la mañana -confesó al fin y, metiéndose las manos en los bolsillos, se apoyó contra el atril que había junto a la pizarra-. Fue localizada. Procedía de un teléfono público, en el monumento. La persona que llamó dijo simplemente que encontraríamos algo interesante en el monumento a Roosevelt. La llamada entró por mi línea directa.
Nadie dijo nada.
– Ignoro por qué la persona que llamó decidió decírmelo a mí -añadió Cunningham al ver que nadie, ni siquiera Racine, se atrevía a preguntar-. Puede que supiera que estuve en esa cabaña de Massachusetts el día del tiroteo. Puede que supiera que nos pidieron un perfil criminal sobre ese caso -miró a Maggie-. El nombre de O'Dell aparecía mencionado en el Times. Cualquiera podría haber deducido que estábamos en el caso.
Maggie sintió un repentino sonrojo, y lamentó haber cometido una indiscreción. La mañana anterior, un periodista la había pillado desprevenida cuando bajaba la escalinata del edificio J. Edgar Hoover. Le había preguntado por el agente Delaney. Ella no había podido ocultar su ira y le había dicho que atraparían al culpable. Se había limitado a decir eso, pero su nombre había aparecido en la edición vespertina del Washington Times. El periodista la identificaba como especialista en perfiles criminales e insinuaba que la UCC estaba involucrada en la investigación.
– No importa -Cunningham intentó aliviar su azoramiento con un ademán-. Lo que importa es encontrar a ese cabrón. Agente Tully, ¿qué tal le fue a Emma con la agente LaPlatz?
– Creo que bien.
Maggie notó que Tully parecía ser de nuevo el de siempre. Su compañero sacó de una carpeta una copia del retrato robot y la añadió al montón de papeles que había en medio de la mesa.
– Emma está segura de que vio a ese tal Brandon con Ginny Brier esa noche, aunque no sabemos si está implicado. La agente LaPlatz va a enviar por fax el retrato robot a todas las comisarías en un radio de doscientos kilómetros con el aviso de que lo buscamos para interrogarlo.
– Para interrogarlo y quizá para que nos proporcione voluntariamente una muestra de ADN. Tenemos que dar con él. Detective Racine -dijo Cunningham al tiempo que recogía el boceto de LaPlatz-, tal vez pueda ordenar a un par de agentes que se lleven una copia de esto y pregunten por los alrededores del monumento si alguien vio a ese tal Brandon por allí el domingo por la mañana. Puede que fuera él quien llamó -Racine asintió con la cabeza-.Y tenemos que averiguar a qué grupo pertenecían los chicos de esa cabaña. De momento, no hemos sacado nada en claro -miró a Gwen-. Hay un superviviente, pero se niega a hablar. Puede que disponga de información valiosa. ¿Quiere intentarlo, doctora Patterson?
– Claro -respondió Gwen sin vacilar.
En ese momento, Tully sacó el panfleto que Maggie le había visto plegar esa mañana. Todavía estaba arrugado como un acordeón. Tully intentó alisarlo por el lado de la foto.
– Lo había olvidado. Encontré esto en el monumento el domingo por la mañana. Es del grupo que se reunió allí el sábado por la noche. Emma cree que Brandon podría formar parte de ese grupo. Y, de hecho, si Wenhoff no se ha equivocado en la hora de la muerte, Ginny Brier fue asesinada cuando todavía se estaba celebrando el mitin.
Cunningham se inclinó sobre la mesa para echarle un vistazo al panfleto. Maggie se apartó de la ventana.
– Ésa es -dijo Maggie al leer en el encabezamiento Iglesia de la Libertad Espiritual-. Es la organización sin ánimo de lucro propietaria de la cabaña.
– ¿Estás segura?
Ella asintió y miró a Ganza como si buscara confirmación mientras los demás se levantaban y se inclinaban sobre Tully para echar un vistazo. Maggie miró la foto: un cuarentón guapo y de pelo negro, con el aspecto untuoso de un galán de cine. Luego leyó el pie de foto y sintió un vuelco en el estómago. Reverendo Joseph Everett. ¡Cielo santo! El hombre que tal vez se hallara tras aquellas muertes era el salvador de su madre.
Capítulo 36
Justin no podía creer lo que veían sus ojos. Comparada con el resto del complejo, la casita del Padre parecía un jodido palacio. Había una chimenea y lujosos sillones de piel. Y estanterías llenas de libros, cosa que no se les permitía a los miembros, que sólo tenían derecho a un ejemplar de la Biblia. Las paredes estaban cubiertas de cuadros enmarcados, y en las ventanas había vaporosas cortinas. Sobre una mesa baja labrada a mano había un cuenco con fruta fresca -otro bien escaso- y, a su lado, una lata de Pepsi. ¡Mierda! Alice le había hecho creer que la comida basura era como el Anticristo o algo por el estilo.