– ¡No pensaréis ignorar lo que conseguí descubrir sobre los hombres del sótano! -dijo Þóra con frialdad.
– No nos parece que eso cambié mucho el caso -dijo Stefán-. Ya nos había informado Guðni de algunos de esos particulares, entre otros del charco de sangre. Pero que el padre de Markús hubiera andado por allí no excluye en absoluto que él participara también.
– No comprendo la argumentación -dijo Þóra, que empezaba a ponerse de mal humor-. No hay nada que apunte a que Markús no está diciendo la verdad sobre la cabeza de la caja, y lo poco que se ha averiguado hasta ahora señala a otras personas, no a él.
– Ese hombre está implicado en el caso, te guste o no -repuso Stefán.
– ¿Sabéis quiénes eran esos hombres? Aunque a lo mejor a ti no te importa, mi representado desea que se aclare el caso.
– Sí -dijo Stefán sin parecer afectado por las palabras de Þóra-. Se trata de la tripulación de un barco desaparecido en la costa de Islandia en enero de 1973. Enviamos a Inglaterra fotografías de las dentaduras y ya los han identificado a todos.
– ¿Cómo? -exclamó Þóra. Recordó lo que había leído sobre dos naufragios en Nuestro Siglo: en uno se trataba de islandeses y nacidos en las islas Feroe, y en otro de cuatro ingleses, aunque solo habían encontrado a uno de los miembros de la tripulación. Había descartado aquellos accidentes porque no parecían encajar-. ¿De qué barco se trataba y cuándo se hundió? -preguntó.
– No creo que haga ningún daño contártelo -dijo Stefán, y se le oyó trastear con papeles-. Era un yate llamado Cuckoo que fue visto por última vez el 18 de enero cerca de la costa sur.
Þóra recordó el nombre.
– Leí una noticia antigua sobre él -dijo-. Decía que solo había llegado a tierra el cadáver de uno de los cuatro miembros de la tripulación, junto con parte del pecio. Si los cadáveres del sótano eran los miembros de la tripulación, surge la pregunta de a quién pertenece el cuarto cadáver, ¿no? -¿sería posible que, a fin de cuentas, no existiera relación alguna entre los tres cadáveres y la cabeza de la caja?
– No, no hay ninguna duda de quién es el cuarto hombre del sótano -dijo Stefán-. A tierra llegaron unos restos humanos -añadió-. Se trataba solamente del tronco. Faltaba la cabeza, y se supuso que se habría separado del cuerpo por la acción del mar. El cuerpo estaba realmente en muy mal estado y faltaban más cosas, un brazo y lo otro que apareció con la cabeza -carraspeó-. Es decir, metido en la boca.
Þóra comprendió a qué parte del cuerpo se refería. Intentó desesperadamente hacerse una idea clara de lo que podrían significar para Markús esas informaciones nuevas. La tripulación había desaparecido antes de la erupción, y entonces él estaba en la isla. En cambio, no podía imaginar que Stefán y sus colegas consiguieran demostrar la existencia de una relación entre Markús y aquellos hombres. Aquel tenía que ser el yate que estuvo una sola noche amarrado en Heimaey, justo cuando Markús estaba en el baile del colegio o en su casa prácticamente en coma etílico.
– ¿Esos hombres tenían alguna relación con el alcohol o el contrabando? -preguntó.
Stefán vaciló por un instante antes de responder.
– Bueno…, en realidad puede decirse que el contrabando sí que es parte de la historia. ¿Qué te han contado sobre eso? -Þóra le contó lo que sabía del caso del alcohol y que sospechaba que podía estar relacionado con los crímenes. Señaló asimismo que había hablado sobre el asunto con Guðni en la isla. Pero a Stefán no le pareció muy significativo-. No, el caso del contrabando de alcohol no tiene nada que ver, en absoluto -dijo entonces-. Esos individuos se dedicaban a robar pájaros y a buscar lugares de anidamiento para la primavera.
– ¿Contrabando de aves? -dijo Þóra-. ¿Halcones, quizá?
– Pues sí, halcones y águilas y quizá otras aves que desconozco -respondió Stefán-. En el extranjero se pueden obtener por ellas cantidades astronómicas. Cuando esos hombres llegaron aquí, seguramente alguien comentó que iban por el país preguntando por lugares de anidamiento. Probablemente pensaban regresar en verano a recoger huevos y pollos. Si no se hubieran ido, está claro que al menos les habrían citado para interrogarles. Se piensa que las cicatrices que tenían en los brazos habían sido causadas por las garras de aves de presa. Debían de llevar muchos años dedicados a eso.
– ¿Sabes si llevaban un halcón o alguna otra ave? -preguntó Þóra, que le contó a Stefán las palabras de Magnús y sus reiteradas referencias a un halcón.
– No, que yo sepa, no -respondió Stefán-. Pero ya sabes que no se puede hacer mucho caso de lo que dicen los enfermos de Alzheimer.
– Claro, pero eso indica a las claras que Magnús está involucrado en el caso -dijo Þóra, enfadada con su objeción-. También mencionó un cuco, y cuco en inglés es precisamente cuckoo. Probablemente hablaba del yate.
– Yo no estaría tan seguro -dijo Stefán-. Naturalmente, hemos tenido en cuenta todas las posibilidades, pero tu hombre no quedará libre por mucho que su padre haya soltado un par de cosas que, en una interpretación muy libre, pudieran tener relación con el caso.
– ¿De modo que no tenéis intención de comprobar qué hay del padre de Markús, o de Daði? Que uno sea anciano y el otro esté muerto no tiene que ser un obstáculo para que la investigación tome un nuevo rumbo.
– Naturalmente estamos considerando todas las posibilidades, como te he dicho -respondió Stefán-. Entre otras cosas, estamos investigando el cuchillo y el mazo de salmones que encontraste en el sótano. Es demasiado pronto para adelantar los resultados del estudio. Por eso no es preciso andarse con alegatos sobre nuestros métodos de trabajo. Por el contrario, no ha aparecido nada que demuestre sin lugar a dudas que tu representado no es cómplice del asunto. Ni hablar. Es el único que se puede demostrar que se ha manchado en el asunto directamente. Por ejemplo, nunca ha negado haber tenido la cabeza en sus manos.
– Es perfectamente conocida la explicación que ha aportado -dijo Þóra enfadada-. Una explicación de la que no se ha apartado en ningún momento, pese a los interrogatorios y el encarcelamiento.
– Quizá porque sabe que no hay nadie que pueda dar otra versión -dijo Stefán-. Y a lo mejor él mismo se encargó de que no lo hubiera.
Þóra consideró conveniente no responder a aquellas insinuaciones sobre la participación de Markús en el asesinato de Alda. Markús tenía coartada, además de que las declaraciones de Dís hubieran apartado los focos de él. Por eso daba igual lo seguro que pudiera estar Stefán de su participación, ningún juez pensaría que Markús la había matado.
– Como es natural, me opondré enérgicamente a vuestra solicitud de prórroga de prisión provisional -dijo, molesta-. Por vuestro bien, espero que mañana tengáis algo que presentar, además de simples opiniones -lo dejó así, para que Stefán no tuviera tiempo de prepararse para sus preguntas.
– Sí, claro, claro -dijo Stefán-. Hazlo, hazlo. Nos veremos entonces, y tan amigos.
Þóra no hizo caso de aquel estúpido comentario y se limitó a despedirse. Se permitió poner voz de enfado y eso hizo que se sintiera mejor. Todo indicaba que esa tarde sería muy distinta a la deliciosa velada televisiva junto a su hija con la que había soñado. Al parecer, no conseguiría quedar libre de aquel caso antes de la llegada de Matthew. Þóra se levantó y empezó a recopilar las actuaciones que tenía que repasar para prepararse. Con suerte podría hacerlo en casa sin que Sóley sufriera una decepción demasiado grande. Dejó de pensar en Sóley y recordó que tenía que llamar a Hjalti, el hijo de Markús. El muchacho respiró aceleradamente después de exclamar «¡No!» cuando Þóra le informó de la decisión de la policía.
– Te recuerdo que aunque la policía dé ese paso, no quiere decir que la decisión vaya a ser a su favor -dijo Þóra.