– No lo sé -dijo Þóra con toda sinceridad-. Pero estoy empezando a pensar que a lo mejor esto guarda alguna relación con el crimen.
– No, maldita sea -suspiró Svala-. Ya es suficiente con andar metida en dos casos con ese hombre. Por Dios, no añadamos un caso de asesinato.
Þóra sonrió.
– ¿Y la tal Halldóra Dögg? -preguntó-. ¿Es posible que conociera a Alda o que tuviera alguna relación con ella?
– Pues no lo sé -dijo Svala-. A mí me parece una idiota total, nada lista y tampoco guapa. Así que no hay forma de sacar nada de ella. Ah, y es una de esas que van por ahí con la barriga al aire aunque no resulte nada atractivo. Se niega en redondo a hablar conmigo. He intentado cazarla por teléfono, pero me cuelga siempre.
– También a mí me colgó -dijo Þóra-. En cuanto empecé a hablar del tatuaje, terminó la conversación sin más.
– ¿Qué es eso del tatuaje? -preguntó Svala-. Adolf no me ha hablado en ningún momento de un tatuaje.
– Alda tenía entre sus cosas la foto de un tatuaje en el que pone Love Sex. Encontramos el salón en el que lo hicieron, y resultó que quien se lo había hecho tatuar en la espalda era Halldóra Dögg -dijo Þóra-. En cuanto le pregunté por ese asunto reaccionó colgando el teléfono.
– ¿Sabes cuándo se lo hizo? -preguntó Svala-. No ha aparecido ese particular en las actuaciones del caso que he podido ver, y creo que las tengo todas.
Þóra cogió el papel en el que había anotado esos datos unas horas antes.
– «El 26 de febrero de 2007» -leyó en voz alta-. Espejo del Alma se llama el salón de tatuajes, por si te sirve de algo.
– ¿Cómo? -dijo Svala-. ¿Qué has dicho?
– Espejo del Alma -repitió Þóra, extrañada por el interés de Svala en el nombre del local.
– No -dijo Svala acelerada-, ¿cuándo se hizo ese tatuaje? -Þóra repitió la fecha-. ¿Y pone Love Sex? -preguntó luego Svala, todavía con voz de asombro.
– Sí -respondió Þóra-. No es precisamente una muestra de inteligencia.
– Quizá no -dijo Svala con voz alegre- pero es magnífico para Adolf.
Capítulo 34
Martes, 24 de julio de 2007
Sentado delante de Þóra estaba el hombre de la foto aparecida en la mesa de Alda, Adolf Daðason. Era mayor de lo que parecía en la foto, y aún más apuesto. Había en él algo fascinante, aunque Þóra sabía que era un mal bicho. Svala, abogada de Adolf y compañera de estudios de Þóra, no había hecho nada por esconder la forma de ser de su cliente, e incluso había puesto de relieve que su comportamiento era el típico de un hombre que daba total prioridad a sus propios deseos y sus propios intereses. Su encanto no derivaba de su personalidad, sino única y exclusivamente de su atractivo físico. Adolf era polvo de una sola noche, un hombre que ofrecía sexo sin sentimientos. Sin duda le habría ido maravillosamente antes de que surgiera la civilización. Þóra se sintió atraída por un lado, pero al mismo tiempo sentía lástima por él, porque le había tocado vivir en la época equivocada. Se apresuró a mirar a otro sitio en cuanto se posaron sobre ella los ojos de Adolf, bajo unas espesas cejas, como si hubiera adivinado lo que pasó fugazmente por la mente de Þóra. Pero antes de apartar la mirada vio cómo uno de los bordes de su boca se levantaba en una sonrisa burlona. Era como si estuviera invitándola a salir con él un momento, buscar un lugar adecuado y darse un revolcón antes de continuar. Þóra se sintió aliviada cuando Svala rompió el silencio.
– Te darás cuenta, Adolf, de que tienes una deuda de agradecimiento con Þóra, y es justo que a cambio le prestes tu ayuda -dijo Svala-. Si no me hubiera llamado, tu caso tendría un porvenir de lo más incierto, pero ahora parece que será posible exculparte -Svala vaciló un instante y añadió-: Casi del todo. No sabemos cómo se tomará el juez que le hicieras tomar a esa chica la píldora del día después.
Þóra observó que Adolf no mudaba el semblante pese a las palabras de su abogada. Svala había organizado aquella reunión a petición de Þóra, a resultas de su conversación telefónica de la noche anterior. Se había alegrado tanto con el dato de la fecha del tatuaje que habría hecho todo lo que Þóra le hubiera pedido.
– ¿Comprendes la importancia de ese tatuaje? -preguntó Svala a Adolf al ver que este no daba muestras de interés.
Adolf se encogió de hombros con gesto aburrido.
– Sí, claro. Perfectamente.
Svala puso las manos sobre la mesa. Estaban en el bufete de abogados en el que trabajaba. Los muebles eran nuevos y carísimos, y el ordenador de la mesa parecía pertenecer a una generación distinta que el trasto con un monitor enorme que utilizaba Þóra. El café espresso recién preparado completaba el cuadro, que no se veía dañado en absoluto por los bombones que lo acompañaban. Los visitantes que acudían al bufete de Þóra podían dar las gracias si Bella accedía a comprar leche para el café. Esas eran dos de las ventajas de trabajar en un bufete grande: un café decente y mejor mobiliario. En ese instante, Þóra no conseguía ver ninguna desventaja, pero alguna tendría que haber.
– A ninguna mujer se le ocurriría tatuarse la palabra Sex, y mucho menos Love Sex, menos de cuarenta y ocho horas después de que la violen. Esto apoya enormemente tu afirmación de que practicaste el sexo con Halldóra Dögg con pleno consentimiento suyo.
Adolf calló, aún sin mover un músculo, de modo que Þóra decidió intervenir en la conversación.
– Me sería de mucha ayuda preguntarte un par de cosas sobre el papel de Alda en este caso -dijo-. Como te ha dicho antes Svala, Alda andaba detrás de averiguar algo sobre ese tatuaje.
Adolf se removió en su silla.
– No sé nada de esa mujer -dijo, mirando de reojo la ventana, y la vista de la ciudad-. Al principio estaba en contra mía y de pronto se puso a mi favor.
Svala sonrió con desgana.
– En eso no tienes razón. Sé que se puso en contacto contigo porque me lo dijo. Incluso sé que ibais a veros.
– Sí -dijo Adolf, y, tras una breve pausa, añadió-: Alda me llamó, efectivamente. Pero yo me negué a verla.
– ¿Sabes por qué quería reunirse contigo -preguntó Þóra-. Si solamente quería proporcionar una información importante para el caso, habría podido acudir a la policía.
– No, no lo sé -respondió Adolf, que seguía mirando por la ventana.
– ¿No adelantó nada cuando te llamó o fue a verte? -preguntó Þóra, que desconocía cómo se puso Alda en contacto con Adolf. Al ver que este no contestaba, prosiguió-: Sabes que conocía a tus padres, ¿verdad?
Adolf volvió a removerse en la silla sin decir nada.
– ¿Qué tal si contestas? -preguntó Svala, molesta-. Las preguntas no son demasiado complicadas.
– No estoy seguro de que deba decir nada -dijo Adolf con calma, mirando a su abogada-. No es tan sencillo como tú crees -Svala estaba a punto de decir algo, pero se calló-. Como recordarás, tengo varios pleitos pendientes.
– ¿Te refieres al del hospital? -respondió Svala, extrañada-. ¿Hay alguna relación entre los dos casos?
– No -respondió Adolf secamente-. Pero tengo que hablar contigo en privado antes de seguir con esto.
Þóra no tenía nada que alegar. Adolf era cliente de Svala y estaba claro que sus intereses tenían prioridad sobre los de una conocida de la universidad. Se limitó a asentir con la cabeza cuando salieron del despacho para hablar, dejándola sola para que disfrutara de las vistas. Þóra se alegró de no haber tenido que salir del despacho. Le habría resultado muy incómodo tener que esperar fuera mientras ellos discutían sus asuntos. Así tenía además un momento para intentar comprender lo que significaba todo aquello y para intentar hacerse una idea de la relación de Alda con la muerte de la madre de Adolf en el hospital de Ísafjörður. Sabía que Alda se había hecho con el informe de la autopsia de aquella mujer, y quería comprobar si Adolf sabía qué habría podido empujar a Alda. A juzgar por la conversación de Adolf con Svala, parecía bastante claro que sí que lo sabía. ¿A lo mejor Alda había encontrado algo que pudiera ayudar a Adolf a conseguir una mejor compensación por el error que condujo a la muerte de su madre? ¿Quizá Alda había descubierto en el informe de la autopsia algo que se les había pasado por alto a Þóra y a otras personas? Desde luego, Þóra apenas consiguió entender aquella prosa farragosa, y no encontró nada fuera de lo normal.