– Que estuviera en el Cherbourg Club no le elimina como sospechoso. Pudo contratar a alguien para que provocara el incendio. Ya ha admitido que contrató a alguien para que siguiera a Gabriella. Tampoco se fue con rodeos para tomar aquellas fotos de Gabriella y Fleming de las que nos habló. Ahí tiene otro indicio.
– Ninguna de ambas cosas es ilegal. Cuestionables, tal vez. De mal gusto, seguro. Pero ilegales no.
Barbara bufó y volvió a su silla. Se dejó caer en ella.
– Perdone, inspector, pero ¿le dio nuestro pequeño Hugh la impresión de que no se rebajaría a algo de tan mal gusto como el asesinato? ¿Cuándo fue, antes de que hablara sobre el increíble talento de su mujer para la felación, o después de que saliera con esa tía y le diera un buen pellizco en el culo, por si éramos demasiado lerdos para adivinar lo que había entre ellos?
– No le estoy descartando.
– Bien, alabado sea Dios.
– Pero aceptar a Patten como asesino premeditado de Fleming presupone que sabía dónde estaba Fleming el miércoles por la noche. Lo ha negado.No estoy convencido de que podamos demostrar lo contrario.
Lynley devolvió las fotografías e informes a la carpeta. Se quitó las gafas y se frotó ambos lados de la nariz.
– Si Fleming telefoneó a Gabriella y dijo que le esperara -señaló Barbara-, ella pudo telefonear a Patten e informarle. No de una forma deliberada, por supuesto, ni con la intención de que Patten acudiera corriendo para hacer picadillo a Fleming. Una especie de «chúpate ésa, Hugh». Coincide con lo que nos contó sobre ella. Había otros tíos que la deseaban, y aquí está la prueba.
Lynley reflexionó sobre las palabras de su sargento.
– El teléfono -dijo en tono pensativo.
– ¿Qué pasa con él?
– La conversación que Fleming sostuvo con Molli-son. Tal vez le habló de sus planes.
– Si piensa que una llamada telefónica es la clave, su familia también debía saber adonde iba Fleming. Tuvo que cancelar el viaje a Grecia, ¿no? O al menos aplazarlo. Les diría algo. Tuvo que decirles algo, puesto que su hijo…, ¿cómo se llama?
Lynley repasó las notas de Barbara y volvió dos páginas más.
– Jimmy.
– Exacto. Jimmy no telefoneó a la señora White-law el miércoles, cuando su padre no apareció. Y si Jimmy sabía el motivo de la cancelación, debió decírselo a su madre. Eso sería lo lógico. Suponía que el chico se iba, y no fue así. Debió preguntar qué había pasado. Él se lo explicó. ¿Adonde nos lleva eso?
Lynley sacó una libreta del cajón superior del escritorio.
– Mollison -escribió-. Mujer de Fleming. Su hijo.
– Patten -añadió Barbara.
– Gabriella -terminó Lynley. Subrayó el nombre una vez, y después otra. Se lo pensó, y volvió a subrayarlo.
Bárbara le contempló un momento.
– En cuanto a Gabriella -dijo-, no sé, inspector. Es absurdo. ¿Qué hizo? ¿Cargarse a su amante y largarse a continuación en el coche del muerto? Demasiado fácil. Demasiado evidente. ¿Qué tiene en lugar de cerebro, si hizo algo semejante? ¿Algodón mojado?
– Según Patten.
– Volvemos a él. ¿Lo ve? Es la dirección natural.
– Tiene motivos suficientes. En cuanto a lo demás… -Lynley indicó la carpeta y las fotografías-, habrá que ver cómo se acumulan las pruebas. La policía científica de Maidstone habrá terminado con la casa a media mañana. Si hay algo que encontrar, es probable que lo descubran.
– Al menos, sabemos que no fue suicidio -dijo Barbara.
– No lo fue, pero puede que tampoco fuera asesinato.
– No me dirá que fue un accidente. Piense en el cigarrillo y las cerillas que Ardery descubrió en la butaca.
– No digo que fuera un accidente. -Lynley bostezó, apoyó la barbilla en la palma. Hizo una mueca cuando la barba incipiente de su cara debió darle una idea de la hora que era-. Necesitaremos la matrícula del coche de Fleming. Haremos circular la descripción. Verde, dijo la señora Whitelaw. Un Lotus. Un Lotus 7, posiblemente. Los documentos estarán en algún sitio. En la casa de Kensington, diría yo.
– Exacto. -Barbara cogió su libreta y garrapateó un recordatorio-. ¿Se fijó en la segunda puerta de su dormitorio, por casualidad, en casa de la Whitelaw?
– ¿El dormitorio de Fleming?
– Junto al ropero. ¿La vio? Un albornoz colgaba de un gancho.
Lynley contempló la puerta de la oficina intentando recordar.
– De velludillo pardo -dijo-, a rayas verdes. Sí. ¿Qué pasa con él?
– El albornoz no, la puerta. Conduce a la habitación de ella. De ahí saqué el cubrecama.
– ¿El dormitorio de la señora Whitelaw?
– Interesante, ¿verdad? Cuartos contiguos. ¿Qué le sugiere eso?
Lynley se levantó.
– Dormir -dijo-. Es lo que ambos deberíamos estar haciendo en este momento. -Cogió los informes y fotografías y se los puso bajo el brazo-. Vámonos, sargento. Habrá que madrugar.
Cuando Jeannie ya no pudo retrasarlo más, subió la escalera. Había lavado los platos de la cena que nadie había comido. Había doblado el paño de cocina sobre la barra que había a un lado de la nevera, justo debajo de una exposición de los trabajos escolares de Stan y un alegre boceto de uno de los pájaros de Sharon. Había limpiado los fogones y secado el viejo hule rojo que servía para cubrir la mesa de la cocina. Después, se había incorporado y, sin querer, le había recordado metiendo el dedo en un agujero del hule.
– No eres tú, nena -dijo-. Soy yo. Es ella. Es desear algo con ella y no saber qué es, sentirme mal por ti y los chicos, sentados aquí a la espera de mi decisión sobre todos vosotros. Estoy pasando una mala temporada, Jeannie, ¿no lo comprendes? Oh, maldita sea, Jeannie, no llores. Ven, por favor. Detesto verte llorar.
Recordó que, sin quererlo, los dedos de Kenny secaron sus mejillas, cerró la mano sobre su muñeca, rodeó su espalda con los brazos, apretó la boca contra la suya.
– Por favor, por favor -suplicó-. No nos lo pongas más difícil, Jean.
Pero no podía hacerlo.
Barrió el suelo para alejar la imagen de su mente. Restregó el fregadero. Limpió el interior del horno. Incluso bajó las cortinas de la ventana para darles una buena lavada, pero no podía hacerlo a una hora tan intempestiva, de manera que las dobló de cualquier manera, las dejó sobre una silla y comprendió que había llegado el momento de ver a sus hijos.
Subió la escalera poco a poco y combatió el cansancio que enviaba temblores a sus piernas. Se detuvo en el cuarto de baño y se mojó la cara con agua fría. Se quitó el delantal, se puso la bata verde, dejó resbalar los dedos sobre su estampado de rosas entrelazadas y se soltó el pelo. Lo había llevado recogido demasiado tiempo, echado hacia atrás para pasar la mañana en Crissys, y tampoco se lo había soltado cuando la policía llegó para trasladarla a Kent. Le dolió el cuero cabelludo cuando lo liberó de su horquilla amarilla. Dio un respingo y sintió que sus ojos se humedecían cuando lo dejó resbalar alrededor de su cara y orejas. Se sentó en el retrete, pero no para orinar, sino para ganar tiempo.
¿Qué más podía decirles?, se preguntó. Durante los últimos cuatro años había intentado devolver su padre a sus hijos. ¿Qué podía decirles ahora?
– Hemos estado separados más tiempo del suficiente, Jean -dijo él-. Podemos conseguir el divorcio sin culpar a ninguno de los dos.
– Yo te he sido fiel, Kenny -había contestado ella. Estaba al otro lado de la cocina, lo más lejos posible de él, y el borde del fregadero se hundía en su espalda. Era la primera vez que utilizaba la palabra tan temida por ella desde el día en que les dejó-. Nunca me he acostado con otro tío. Nunca. Ni una vez en mi vida.
– No esperaba que me fueras fiel. Nunca te lo pedí después de marcharme, ¿verdad?
– Hice unos votos, Kenny. Dije hasta la muerte. Dije que te daría de todo corazón lo que quisieras de mí. No puedes decir que he roto mi promesa.