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Cuando Jeannie abrió del todo la puerta, Sharon no la miró. Su cara estaba tensa a causa de la concentración, pero como no se había puesto las gafas, estaba obteniendo un completo desastre.

Las gafas estaban sobre la mesita de noche, junto a los prismáticos con los que Sharon observaba a los pájaros. Jeannie las cogió, pasó las yemas de los dedos sobre las patillas y pensó en la edad que debería tener su hija para que le permitieran llevar lentillas. Había pensado en preguntárselo a Kenny cuando se enteró de que tres gamberros del colegio se burlaban de Sharon y la llamaban Ojos de Sapo. La consulta, de hecho, era innecesaria, porque Jeannie sabía la respuesta que habría obtenido. Kenny se habría precipitado a comprar las lentillas de inmediato, habría enseñado a Sharon a utilizarlas, y se habría reído de los estúpidos muchachos que solo se sentían hombres cuando se burlaban de una niña de catorce años.

– Bordar, bordar, bordar -susurró Sharon-. Tejer, bordar, bordar, bordar.

Jeannie le extendió las gafas.

– ¿Las necesitas, Shar? ¿Quieres que encienda la luz? A oscuras no puedes ver bien lo que haces, ¿verdad?

Sharon sacudió la cabeza con furia.

– Tejer -dijo-. Bordar, bordar, bordar.

Las agujas sonaban como pájaros al picotear.

Jeannie se sentó en el borde de la cama de su hija. Acarició la bufanda. Estaba apelmazada en el centro y deformada en los bordes. Aún era peor el trabajo que las agujas estaban ejecutando aquella noche.

– A papá le habría gustado, cariño -dijo Jeannie-. Se habría sentido orgulloso. -Alzó la mano para tocar el pelo de su hija, pero terminó el gesto alisando las mantas-. Tendrías que intentar dormir. ¿Quieres venir conmigo?

Sharon meneó la cabeza.

– Tejer -murmuró-. Bordar, bordar, tejer.

– ¿Quieres que me quede aquí? Si te apartas, rae sentaré contigo un rato. -Quería decir: «La primera noche es la peor, cuando el dolor te da ganas de golpearte la cabeza contra la ventana». En cambio, dijo-: Quizá iremos al río mañana. ¿Qué te parece? Intentaremos ver uno de esos pájaros que andas buscando. ¿Cómo se llaman, Shar?

– Tejer -susurró Sharon-. Tejer, tejer, bordar.

– Era un nombre raro.

Sharon desenrolló más hilo de la madeja. Lo retorció alrededor de su mano. No lo miró, ni tampoco a su labor. Tenía la espalda encorvada sobre la labor, pero sus ojos estaban fijos en la pared, donde había clavado docenas de bosquejos de pájaros.

– ¿Quieres ir al río, cariño, a ver más pájaros? ¿Te llevarás el cuaderno de dibujo? ¿Quieres que nos llevemos la comida?

Sharon no contestó. Se acomodó de lado, de espaldas a su madre, y continuó tejiendo. Jeannie la contempló un momento. Trazó con la mano la curva de su hombro, sin tocarla.

– Sí -dijo-. Bien. Es una buena idea. Intenta dormir, cariño.

Fue a la habitación de sus hijos, al otro lado del pasillo.

Olía a humo de cigarrillo, cuerpos sin lavar y ropa sucia. Stan dormía en una cama, protegido por todas partes por una hilera de animales disecados que montaban guardia, entre los cuales se había acurrucado, con las mantas alrededor de los tobillos y la mano hundida dentro del pijama.

– Stan se la pela cada noche. No necesita un buen amigo. Ya tiene a su picha.

Las palabras de Jimmy llegaron desde el lugar más oscuro de la habitación, donde el olor era más intenso y un fugaz resplandor rojizo iluminaba un fragmento de labio y el nudillo de un dedo. Jeannie dejó la mano de Stan donde estaba y le cubrió con las mantas.

– ¿Cuántas veces hemos hablado de lo de fumar en la cama, Jim? -preguntó en voz baja.

– No me acuerdo.

– ¿No te quedarás satisfecho hasta que quemes la casa?

El chico resopló a modo de respuesta.

Jeannie descorrió las cortinas de la ventana y subió un poco la hoja batiente para que entrara algo de aire fresco. La luz de la luna cayó sobre los cuadrados de alfombra pardos, y dibujó un sendero que conducía al naufragio de un clíper caído de costado, con los tres mástiles arrancados y una cavidad del tamaño de un pie que hundía su popa.

– ¿Qué ha pasado aquí? -preguntó Jeannie.

Se agachó sobre el modelo. Era una ruina de madera de balsa cortada y pintada a mano, la copia adorada por Jimmy del Cutty Sark. Tras meses dedicados a su construcción, había sido el orgullo de padre e hijo, que habían pasado horas y días a la mesa de la cocina, diseñando, cortando, pintando, pegando.

– ¡Oh, no! -exclamó en voz baja-Jim, lo siento. ¿Stan ha…?

Jimmy lanzó una risita despectiva. Jeannie levantó la vista. El tabaco quemado alumbró y se apagó. Oyó el silbido del humo al salir de su nariz.

– Stan no lo ha hecho -contestó Jimmy-. Stan está demasiado ocupado pelándosela para pensar en limpiar la casa. Son cosas de crios, en cualquier caso. ¿Quién las necesita?

Jeannie desvió la vista hacia la librería que corría bajo la ventana. En el suelo yacían las ruinas del Golden Hind. Al lado, el Gipsy Moth IV. Más allá, los restos del Victory, mezclados con las piezas de una nave vikinga y una galera romana.

– Pero tú y papá -empezó inútilmente Jeannie-. Jimmy, tú y papá…

– ¿Sí, mamá? ¿Papá y yo qué?

Qué extraño, pensó, que aquellos fragmentos de madera, trozos de hilo y cuadrados de tela le dieran ganas de llorar. La muerte de Kenny no lo había conseguido. Ver su cadáver desnudo no lo había conseguido. Las luces de los flashes y las preguntas de los periodistas no lo habían conseguido. Había comunicado sin la menor emoción a Sharon y Stan que su padre había muerto, pero ahora, cuando su vista tomó nota de los barcos destrozados, se sintió tan rota como las ruinas diseminadas sobre la alfombra.

– Eso era lo que te quedaba de él -dijo-. Estos barcos. Son tuyos y de papá. Estos barcos.

– El cabrón ha muerto, ¿no? Es inútil guardar recuerdos en casa. Tendrías que haber tirado esta mierda tú misma, mamá. Fotos, ropas, libros. Bates viejos. Su bici. Tirarlo todo. ¿Quién lo necesita?

– No hables así.

– No pensarás que guardaba recuerdos de nosotros, ¿verdad? -Jimmy se inclinó hacia la luz de la luna. Enlazó las manos sobre sus rodillas huesudas y tiró la ceniza sobre el cubrecama-. No quería recuerdos dé la mujer y los niños en un momento crucial, ¿verdad? Podían interponerse en su camino. Fotos de nuestras jetas sobre la mesita de noche. Eso perjudicaría a su vida amorosa. Un mechón de nuestro pelo en un broche prendido a su uniforme de criquet. Estorbaría sus movimientos durante el jodido partido. Uno de los dibujos de pájaros de Sharon. Uno de los ositos de Stan. -La punta encendida del cigarrillo tembló como una luciérnaga-. O una de tus baratijas holandesas que tanta gracia le hacían. O esa estúpida jarra en forma de vaca que vierte leche como si estuviera enferma. Podría utilizarla por las mañanas con sus cereales, ¿no? Solo que cuando sirviera la leche y pensara en ti, levantaría la vista y vería a otra persona. No. -Se apoyó sobre el codo y aplastó el cigarrillo en un costado de la calavera de broma que brillaba en la oscuridad-. No quería fragmentos de su vida anterior mezclados con la nueva. No. Nunca. Nuestro papá, no. En absoluto.

Jeannie le olía desde el otro extremo de la habitación. Se preguntó cuándo se habría duchado por última vez. Hasta olía su aliento, fétido por culpa del humo de sus cigarrillos.

– Tenía fotos de vosotros -dijo-. ¿Te acuerdas que vino a recogerlas? Las enmarcó, pero equivocó la medida de los marcos. Demasiado grandes o demasiado pequeños. Sobre todo, demasiado grandes, porque Shar cortó papel para llenar los huecos. Tú le ayudaste. Elegiste las tuyas que él quería.

– ¿Sí? Bueno, entonces era un crío, ¿no? Un mocoso impertinente. Esperaba que papá volvería si le lamía bien los zapatos. Menuda broma. Qué mamonada. Me alegro…