– Un acto reflejo. Es probable que, de un momento a otro, me ponga a levantar la alfombra.
Dedicó un último escrutinio a la sala y reparó en los marcos de oro gruesos y una chimenea tan grande como la del comedor. La examinó. El regulador de tiro estaba cerrado.
– El del comedor también -dijo Isabelle Ardery.
– ¿Qué?
– El regulador de tiro. El de la chimenea del comedor estaba cerrado. Es lo que está comprobando, ¿verdad?
– Refuerza la tesis del asesinato.
– ¿Ya ha descartado el suicidio?
– No hay el menor indicio de ello, y Fleming no fumaba. -Salió de la sala de estar y evitó las vigas de roble bajas que hacían las veces de dinteles de las puertas. La inspectora Ardery le siguió hasta la terraza-. ¿De qué la informaron los agentes?
– No hizo ni una sola pregunta pertinente.
– ¿La señora Fleming?
– Insistió en que la llamaran Cooper, no Fleming, por cierto. Vio el cuerpo y quiso saber por qué estaba tan sonrosado. Cuando oyó que era monóxido de carbono, no preguntó nada más. Cuando la mayoría de la gente oye las palabras «envenenamiento por monóxido de carbono», imaginan gases de escape, ¿no? Suicidio cometido en un garaje con el motor del coche en marcha. Pero aunque lo imaginen, hacen preguntas. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Dejó una nota? No preguntó nada. Se limitó a mirar el cadáver, confirmó que era Fleming y pidió a la sargento detective que le comprara un paquete de Embassy, por favor. Eso fue todo.
Lynley desvió la vista hacia el jardín trasero. Al otro lado se extendía otra dehesa, y al otro lado de la dehesa, el campo de colza elevaba su color negro hacia el sol como un espejo.
– Tengo entendido que estaban separados desde hacía años. Puede que ella estuviera harta. Puede que ya no abrigara el menor interés por él. En tal caso, ¿para qué molestarse en hacer preguntas?
– Las mujeres no suelen ser tan indiferentes a sus ex maridos, sobre todo si hay hijos de por medio.
Lynley la miró. Un leve rubor había aparecido en sus mejillas.
– Aceptado -dijo-, pero quizá su silencio se debió a la conmoción.
– Aceptado -replicó la inspectora-,.pero la agente Coffman no pensó lo mismo. Ha acompañado a otras mujeres para que identificaran a sus maridos. Coffman pensó que algo no encajaba.
– Las generalizaciones carecen de utilidad -señaló Lynley-. Aún peor, son peligrosas.
– Gracias. Soy muy consciente de ello, pero cuando a la generalización se suman los hechos y las pruebas que hay a mano, la generalización ha de ser examinada.
Lynley observó su postura: aún tenía los brazos cruzados. También tomó nota del tono apacible de su voz y la forma en que le miraba directamente a los ojos. Comprendió que cuestionaba sus teorías por la misma razón que él se sentía impulsado a escudriñar la casa centímetro a centímetro, con el fin de comprobar que no hubieran pasado nada por alto. No le gustaba aquel instinto que le llevaba a desconfiar de ella. Era machista. Si Helen sabía que tenía dificultades con el hecho de que este oficial de igual rango era una mujer, le soltaría el latigazo verbal que merecía.
– Ha descubierto algo -dijo.
«Me alegro de que hayas conseguido deducirlo», comunicó la expresión de la mujer.
– Sígame -dijo Ardery.
La siguió hacia el final del jardín, mortificado. El jardín estaba dividido en dos secciones, separadas por una valla. Dos tercios estaban dedicados a césped, macizos de flores, un mirador con barandillas de castaño, una pajarera, una alberquilla y un pequeño estanque de lirios. El otro tercio consistía en una franja de césped atravesada por perales y cubierta en parte por una pila de abono. La inspectora Ardery caminó hasta esta última zona y le condujo a la esquina nordeste, donde un seto de boj servía como demarcación entre el jardín y la dehesa. La dehesa estaba delimitada mediante una serie de postes de madera unidos con alambre grueso.
La inspectora Ardery utilizó un lápiz, que sacó del bolsillo, para señalar el primer poste que había al otro lado del seto de boj.
– Había siete fibras aquí, en el extremo del poste. Otra enredada en el alambre. Eran azules. Dril, posiblemente. Y aquí, aún se puede ver, encontramos una pisada, justo debajo del seto.
– ¿Tipo de zapato?
– No lo sabemos de momento. Punta redonda, tacón definido, suela gruesa. Dibujo dentado. Era el pie izquierdo. Huella profunda, como si alguien hubiera saltado de la valla al jardín, aterrizando a la izquierda. Hemos tomado un molde.
– ¿No había más huellas?
– En esta zona no. Hay dos agentes buscando otras que coincidan, pero no será fácil, considerando el tiempo transcurrido desde la muerte. Ni siquiera estamos seguros de que esta huella esté relacionada con el miércoles por la noche.
– Algo es algo.
– Sí, eso pienso yo.
Señaló al sudoeste y explicó que había una fuente a unos noventa metros de la casa. El agua iba a parar a un riachuelo junto al cual corría un sendero peatonal público. El sendero era popular entre los lugareños, pues desembocaba en Lesser Springburn, un paseo de unos diez minutos. Si bien el sendero estaba cubierto de las últimas hojas otoñales y la hierba recién brotada de la primavera, daba paso de vez en cuando, sobre todo cerca de los portillos con escalones, a secciones de tierra desnuda. Habría huellas de pisadas en esos puntos, pero como había transcurrido todo un día desde la muerte y el descubrimiento del cadáver, si la huella cercana al seto de boj se repetía en otro sitio, no cabía duda de que otras se habrían superpuesto desde entonces.
– ¿Piensa que alguien vino a pie desde Lesser Springburn?
Era una posibilidad, dijo la inspectora.
– ¿Alguien de las cercanías?
No necesariamente, explicó ella. Sólo alguien que sabía dónde encontrar el sendero y adonde conducía. En Lesser Springburn no estaba muy bien definido. Empezaba detrás de una urbanización y pronto se adentraba en un huerto de manzanos. Por lo tanto, para tomar aquella ruta, alguien debía saber lo que buscaba. Admitió no poder confirmar que el asesino hubiera escogido aquella ruta, pero había destacado otro agente al pueblo, para investigar si alguien había vislumbrado movimiento o linternas en el sendero el miércoles por la noche, y si alguien había visto un vehículo desconocido aparcado en los alrededores.
– También encontramos colillas esparcidas por aquí. -Indicó la parte inferior del seto-. Había seis, separadas unos diez centímetros entre sí. No estaban aplastadas, sino que las habían dejado consumirse. También había cerillas. Dieciocho. No eran cerillas de cocina, sino de carterita.
– ¿Una noche ventosa? -especuló Lynley.
– ¿Un fumador nervioso de manos temblorosas? -replicó ella. Señaló hacia la parte delantera de la casa, en la dirección de Water Street-. Nos inclinamos a pensar que quien saltó la valla y el seto empezó saltando el muro y se acercó desde la calle a lo largo de la dehesa. Está cubierta de hierba y tréboles, de modo que no había pisadas, pero es una teoría más lógica que suponer que alguien subió por el camino particular de la casa, pasó el portal, atravesó el jardín y se escondió para vigilar un rato. El número de cigarrillos sugiere que alguien estuvo espiando, ¿no cree?
– Pero no necesariamente un asesino, ¿verdad?
– Es muy posible que fuera el asesino. Haciendo acopio de valor.
– O la asesina.
– O la asesina. Sí. Naturalmente. Pudo ser una mujer. -Miró hacia la casa cuando Havers y la señora Whitelaw salieron por la puerta de la cocina-. El laboratorio se ha quedado con todo el lote: fibras, cerillas, colillas, el molde de la huella. Esta tarde empezaremos a obtener resultados.
El cabeceo que dedicó a Lynley indicó que su oferta de información profesional había terminado. Dio la vuelta para dirigirse hacia la casa.