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– ¿Qué cojones mirabais, cabronazos?

– Admirábamos tu peinado -dije.

Alargó el brazo hacia mi pecho, como para darme un empujón. Reculé involuntariamente y perdió el equilibrio. Al intentar recuperarlo, cayó hacia un lado y quedó repantigado en una butaca que tenía detrás y que, por lo visto, le resultó tan confortable que pareció no tener intención de levantarse.

– Siento lo de tu hermano, Vernon -dije, y seguí mi camino.

Todavía no habían limpiado nuestra mesa. Al acercarme, vi que debajo había algo, pero no la mochila de James, sino lo que durante un terrible instante me pareció el cadáver mutilado de un pájaro sobre la moqueta naranja. Resultó ser mi cartera. Las tarjetas de crédito y varias de las tarjetas de visita que Sara me había regalado por mi último cumpleaños estaban esparcidas por el suelo alrededor de la mesa. Las recogí y las guardé en la gruesa cartera negra de cabritilla que los padres de Emily me hablan traído de un viaje por Italia, la cual era muy amplia, para que cupieran en ella los billetes europeos. Me la metí en el bolsillo de la chaqueta, sin preocuparme por comprobar si estaba todo el dinero, como si hubiese dejado mi elegante cartera florentina tirada allí a propósito, seguro de que se hallaba completamente a salvo. En cualquier caso, no sabía a ciencia cierta cuánto dinero llevaba encima. Me dirigí a la puerta lleno de una egoísta satisfacción y felicitándome, como siempre hacía en aquellas ocasiones, porque mi destino no fuera convertirme en un fracasado alcoholizado. Di unas palmaditas al reconfortante bulto que formaba la cartera en mi pecho.

– Mira -le dije a Vernon al pasar junto a la butaca, de la que no se había movido-. Sólo tienes que espabilarte para tener la misma suerte que yo.

Después salí del Hat. Mi coche y el de Hannah estaban uno junto al otro con el motor encendido en el centro del casi vacío aparcamiento, despidiendo humo por el tubo de escape y con las ventanillas empañadas. En los asientos delanteros de mi coche había dos siluetas, la más menuda, la del asiento del pasajero, ligeramente inclinada hacia la derecha. No sé por qué, pero el hecho es que me molestó que Crabtree se hubiese sentado tras el volante del Galaxie de Happy Blackmore. Me acerqué al coche de Hannah y golpeé con los nudillos en la ventanilla. La bajó y su radiante rostro y las trágicas notas de un acordeón llenaron el aire. Hannah Green era una entusiasta del tango.

– Ni rastro de la mochila -le dije-. Se la debe de haber dejado en el auditorio.

– ¿Seguro? -preguntó-. Quizá se la ha llevado alguien.

– No. Nadie se la ha llevado.

– ¿Cómo lo sabes?

Me encogí de hombros y me incliné para echarle un vistazo a James. Estaba apoyado contra Hannah y su cabeza descansaba con envidiable comodidad sobre el hombro de la joven.

– ¿Está bien? -pregunté.

– Creo que sí. -Hannah le arregló con un gesto automático el cabello que le caía sobre la oreja-. Lo llevaré a casa y lo pondré a dormir en el sofá. -Agachó la cabeza y me lanzó una mirada suplicante-. El de tu estudio, ¿de acuerdo?

– ¿El de mi estudio?

– Sí, ya sabes que es el más cómodo para echar una siesta, Grady.

Durante el último invierno, mientras yo leía los ejercicios de mis alumnos o ponía al día mi correspondencia, Hannah se había quedado dormida muchas veces en mi viejo sofá mientras estudiaba, con las botas sobre uno de los brazos y la cara semioculta bajo algún libro abierto de sociología.

– En su estado, no creo que note la diferencia, Hannah -dije-. Podríamos acomodarlo en el garaje, junto a las palas para quitar la nieve, y ni se enteraría.

– ¡Grady!

– De acuerdo. En mi estudio.

Colgué un par de dedos del borde del cristal de la ventanilla. Ella acercó su mano y me los acarició.

– Te veré en casa -dije.

Fui hasta el morro del Galaxie y esperé a que Crabtree bajase del coche. Se abrió la portezuela. Crabtree me miró, con el rostro absolutamente inexpresivo.

– No deberías conducir -dijo.

– ¿Y tú sí? -pregunté-. Vamos, métete detrás.

Siguió obsequiándome con su gélida mirada durante un rato y, finalmente, se encogió de hombros, bajó del coche y se metió detrás. Me deslicé junto a Q. y arranqué. Mientras seguía a Hannah por el accidentado callejón, vislumbré una vacilante sombra por el rabillo del ojo. Un instante después los faros del coche iluminaron una silueta que nos hacía señas con los brazos. Frené. Los brazos proyectaban entre la lluvia unas sombras de casi diez metros.

– ¡Dios mío! -exclamó Q. con un susurro ahogado-. ¡Es él!

– ¿Qué quiere? -preguntó Crabtree. Se trataba del gilipollas de Vernon Hardapple, pero Q. parecía ver a un ser completamente diferente.

– Nada -dije-. He tenido un pequeño altercado con ese tipo cuando he vuelto al Hat.

– Esquívalo, Grady.

– De acuerdo -dije.

– ¡Oh, Dios mío! -volvió a exclamar Q., y se apretó la cabeza con las manos, como para evitar desmayarse.

– ¡Grady, esquívalo!

– ¡De acuerdo! -Traté de pasar junto a él, pero el callejón era demasiado estrecho. Le bastó dar un solo paso para plantarse de nuevo delante del coche-. ¡Mierda, tío, no tengo espacio suficiente!

– ¡Mirad esa cicatriz que tiene en la mejilla! -dijo Q., que se había rehecho-. ¡Parece una segunda boca!

– ¡Pues entonces recula, idiota! -gritó Crabtree.

– ¡De acuerdo! -dije, y di marcha atrás.

Metí el coche de nuevo en el aparcamiento del Hit-Hat, giré y, sin hacer caso de la señal de dirección prohibida, traté de salir por el otro lado. Pero Vernon apareció de nuevo, con una extraña sonrisa, como de felicidad. Volví a pisar el freno.

– ¡Mierda! -exclamé.

Empezó a balancearse sobre los talones al tiempo que movía los brazos rítmicamente hacia adelante y hacia atrás. Musitó algo, como si dijera «A la una, a las dos», y se lanzó sobre el capó del coche. Aterrizó de culo, con un ruido sorprendentemente suave, y se deslizó con rapidez hasta la rejilla del radiador con las piernas abiertas, como un niño que bajara por la barandilla de una escalera. Consiguió caer de pie, se volvió, se inclinó de tal forma que casi no logró reincorporarse y mostró otra enigmática sonrisa a través del parabrisas, dirigida directamente a mí. Y acto seguido desapareció.

– ¿Quién era ese tipo? -preguntó Q. con una extraña mueca, mezcla de terror y placer, que no era la primera vez que veía en su rostro-. ¿Qué ha sucedido?

– Alguien acaba de subirse al capó del coche -le expliqué, como si se tratase de un servicio con el que el Hat obsequiaba a sus mejores clientes.

– ¿Le ha pasado algo al coche?

Me alcé un poco inclinándome sobre el volante y traté de echarle un vistazo al capó. Pero el callejón estaba muy mal iluminado y no pude ver gran cosa.

– Creo que no -dije-. Están hechos a prueba de bomba.

– Salgamos de aquí antes de que regrese con sus amigos -sugirió Crabtree.

Enfilé el callejón, salí a la desierta avenida y tomé el bulevar Baum. De nuevo se me ocurrió la idea de que una vez más había escapado del peligro por los pelos porque así estaba escrito que sucediese.

– Crabtree, después de dejar a Q. tendremos que pasar un momento por el auditorio.

– Vale -dijo. Ahora que había pasado el peligro, volvía a su mutismo.

– Creo que James se ha dejado allí su mochila.

– Estupendo.

– ¿Recuerdas haberla visto cuando… uh…, cuando lo has acompañado al salir del auditorio?

Lo miré por el retrovisor y no me gustó lo que vi. Estaba cómodamente sentado, con las manos detrás de la cabeza, contemplando los escaparates a oscuras y las gasolineras desiertas que desfilaban ante la ventanilla con expresión de silencioso regocijo, como si fuese el hombre más feliz del mundo y todo lo que veía a su alrededor no hiciese sino incrementar el nivel y riqueza de matices de su felicidad. Realmente, estaba al borde de ponerse a chillar de alegría.