– Y volviste al remolque para coger el caballo.
– O sea que descubriste lo del caballo. Siempre fuiste muy inteligente, Jack.
– Sin embargo, lo mataste.
– Pero eso podría haber ocurrido de todas maneras. ¿Comprendes? Y debo admitirlo. Me asustaste. Estabas allí, de repente estabas allí. Y yo no había oído tu coche. Ya me entiendes, yo quería hablar contigo un momento antes, explicártelo, para que así supieras qué debías decir. Hubiera sido muy fácil, ¿comprendes?, hubiéramos podido hablar justo delante de sus narices, porque él no sabía inglés.
– Pero hubiera sido mucho más fácil, Rudy, si hubieras entrado en el Hideaway. No. Confiésalo. Tú lo planeaste. Ibas a jugármela. («Lo digo casi a la ligera, Rudy, es casi como una broma, pero ni siquiera puedes sonreír, ya has perdido incluso eso. Eso es. Mírame a los ojos.») Ibas a tenderme una trampa.
– Si lo prefieres. O podrías decir mejor que iba a involucrarte en ello tanto si te gustaba como si no. ¿Comprendes? Tendrías que protegerte a ti mismo, y eso significaría protegerme a mí también. -Vaciló. Estaba nervioso ahora, pero de un modo diferente-. Eso es lo que necesito saber, Jack. Si lo has hecho bien. Qué está pasando, qué me espera ahí fuera.
– En Escocia estuviste a punto de hacerlo explotar.
– Me doy cuenta. Pero no sabía… lo de la mujer… que la mujer ya no era una amenaza. Pero me salvaste. ¿O nos salvaste? -No a Harper, que estaba sentado junto a ellos. Ni siquiera lo miraron; en realidad Tannis no movía los ojos ni un centímetro, apenas pestañeaba. Con calma, succionó los ojos de Stern y los sintió debilitarse. «Ahora te tengo. Siempre te he tenido. Yo conocía tus secretos y tú estabas satisfecho de que los conociera, oh, sí, lo estabas.»
– ¿Y Vogel, Rudy? -murmuró.
– Eso está arreglado, te lo aseguro.
– Buhler llegó buscando a Vogel, pero te encontró a ti en su lugar. Ése fue el problema, ¿verdad?
– Sí, sí. Pero está todo arreglado. Vogel sabía lo que tu sabías, Jack. Desde el principio. Había una mujer que salió de Auschwitz, una judía, y al final la metieron en el campo en el que estaba Vogel. Ella… se lo contó. ¿Comprendes?
– Ajá.
– Sólo quería dinero. Creo que se casó con ella. En todo caso me encontró…
– Rudy, deberías habérmelo contado.
– Sólo tenía que darle dinero. Pero hubo problemas, ¿comprendes?, Buhler tenía un hermano en ese campo y hubo problemas entre él y Vogel, no estoy seguro de qué ocurrió, pero Buhler le siguió la pista. Casi estaba loco. En serio, Jack, estaba obsesionado. Me contó cómo lo había hecho. Tenía cartas, fotografías, todo… pero me he ocupado de eso. Ya no representa ningún problema.
– Pero Vogel halló este lugar y fue a pedirte ayuda. Y tú viste tu oportunidad. Lo mataste…
– Bueno…
– Pero quedaron cabos sueltos, Rudy.
– No sabía que tenía una hija. Pero eso no representa un problema, te lo aseguro…
– Pero, Rudy, todavía hay cabos sueltos. Su casa. ¿Por qué no pensaste en eso? Aún está a su nombre. Lo descubrirán. Son lentos, pero al final atarán cabos.
– Quizá sí, Jack, pero ése es el tipo de cosas que tú sabes cómo arreglar. ¿No es cierto? Tú podrías hacerlo, Jack. Creo que tú podrías.
– Si quisiera.
– Jack…
– Se ha terminado. Todo. Todo ha concluido. -Sí, qué venía ahora, ésa era la cuestión.
– No. Tengo mucho dinero, de aquí. Más del que podrías soñar.
Dinero. Si eso era lo que quería…
– Has tenido mucho tiempo para disfrutarlo.
– Jack, escucha… -Eso era, hacerle suplicar. Ahora lo había perdido todo. Apenas podía sostener la pistola en la mano. «Te necesita y lo sabe. Bueno, estos tipos siempre te necesitan. Alguien con quien compartir sus secretos. No tienen la fortaleza suficiente.» Podía acercarse sencillamente y arrebatarle la pistola. ¿Pero qué venía después? Esa era la cuestión. Y Stern prosiguió-. Podríamos hacerlo. Todo saldría bien. No habría ningún problema, excepto… -No, Stern no era ningún problema. Stern ya era hombre muerto. Podía matarlo y no quedaría nada por hacer excepto… Harper. ¿Qué otra cosa podía haber querido decir Stern? Excepto Harper. Aunque Harper nunca había sido un problema. Difícilmente podía serlo, excepto… Fue justo entonces cuando Harper hizo su movimiento. Incluso Tannis lo vio. Bueno, ambos lo vieron: un cambio de postura, un movimiento que levantó su pierna; estaba sentado, reclinado a medias, así que, si lo que quería era subirse los calcetines, no tenía más que extender las manos. Los ojos de Stern parpadearon incluso. Por primera vez apartó los ojos de Tannis, pero sólo para echar un vistazo al rifle que relucía en la oscuridad a cuatro metros y medio de distancia. Sin embargo su pistola no se movió. Seguía apuntando a Tannis. Quien, por su parte, sólo comprendió lo que ocurría en el mismo instante en que sucedía. Pero entonces ya era demasiado tarde. Nunca hubiera pensado que David llevara otra arma, que supiera nada de armas. Aunque era posible. Al fin y al cabo era de esperar que un hombre que había hecho películas sobre serpientes, sobre animales agresivos en zonas salvajes del mundo supiera distinguir el cañón de un arma de la culata, e incluso saber cómo llevar un arma pequeña con desenvoltura, si tenía que estar metido en un escondrijo o subido a un árbol. En cualquier caso, Tannis sólo vio en el último segundo lo que Harper llevaba atado a la pierna: el barato y pequeño revólver Charter Arms que Marianne le había dado. Tannis llegó a moverse, para detenerlo, pero estaba demasiado lejos y aunque hubiera estado mucho más cerca no habría supuesto diferencia alguna. Porque Stern había movido los ojos; lo había perdido durante ese instante crucial en que Harper había alzado el revólver y el dedo de Stern había apretado el gatillo. Los disparos cayeron uno detrás de otro, el de Stern y el de Harper. Sonaron con estrépito y Tannis lanzó un grito de agonía, oyendo su propio grito en la distancia, mientras notaba que le volaba la rodilla y contemplaba a Stern doblarse por el estómago. Cayó y rodó. Stern se había agachado en la penumbra que había bajo el andamio. Tumbado, temblando, con una conmoción («eso es, deja que pase»), Tannis jadeó buscando aire y un momento después vio a Stern dirigiéndose hacia el túnel. Y luego debió de perder el conocimiento («eso es, recupéralo, aguántalo, sigue»), porque entonces vio a Harper, agachado, cauteloso, caminando en pos de Stern. «Hijo, quizá no sea una buena idea.» Luego sonó un disparo, y otro. Después un último y horripilante grito, qué sonido, pero ahí estaba. ¿No era absolutamente auténtico? Un grito, palabras no, ni risas, ni ninguna de las diversas posibilidades que distinguen realmente a los hombres de los animales. No era un grito de agonía, sino de la certeza de saber que uno va a morir. Sí, a eso se reducía todo. Aquel gran cerebro lleno de ecuaciones, hechos, puntos de fusión y números atómicos, coeficientes de expansión, espectros, longitudes de onda, problemas, métodos, definiciones, en realidad era lo mismo que sangre roja y sangre amarilla coagulada, juntas en tus manos, nada más, todo junto, exactamente la misma mierda. «¡Sí! ¡Grita cuanto quieras! Todo es jodidamente igual…» ¿O era Tannis, mordiéndose el brazo, tratando de no gritar por su propia agonía? Porque estaba sudándola. Se ocultaba en sus ojos. Yació allí, escuchando, oyendo el terrible silencio, pero pensando aún. «Puedes ganar, aunque no ha acabado.» Oh, sí. Eso estaba claro. Pero entonces la tierra tembló y hubo un tremendo estallido, una conmoción tan potente que hizo rodar a Tannis. Al parecer Stern no se estaba echando un farol.