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Aquel lugar tenía trampas explosivas. Tannis se cubrió la cabeza cuando llovieron las piedras a su alrededor y luego se ahogó en medio de la terrible polvareda. A través de la cual, un momento después, apareció el rostro de Harper, desencajado, fantasmal, pero finalmente visible, cercano, junto al suyo. Y una cosa más. Sus manos estaban vacías. El horror del túnel había sido demasiado para él. No llevaba arma.

19

El polvo era terrible.

Tannis lo vio arremolinarse, impelido por la explosión, en una gran oleada que se extendió por toda la caverna y se levantó luego en un encumbrado penacho irritante.

En un momento, tumbado de espaldas, mirando hacia arriba, apenas pudo ver. La arenilla lo cegó y lo ahogó; una bocanada y ya jadeaba buscando aire. Giró la cabeza hacia el costado, pero allí el polvo se hizo más denso. Parecía surgir de todas partes. Además, se habían apagado todas las luces, de modo que el polvo era una especie de humo, como si la caverna se hubiera convertido en una caldera o en una chimenea.

Sin embargo, en medio de todo aquello, Tannis supo que lo había conseguido; ahora estaba libre. Y el hecho de que Harper lo hubiera hecho por él era el perfecto punto final. Pobre Harper. Era el paso final. Y entonces todo habría concluido, todo. El polvo se arremolinó en torno a él. Cerró los ojos para protegerlos. Sus dedos apretaron la pistola; sí, a pesar del dolor la había encontrado en la oscuridad. Reflexionó. Era el tipo de cosas de las que uno debía estar seguro. No quería quedar como un idiota. Había disparado al farol del fondo de la cueva. Uno. Luego había disparado al aire, sin motivo. Eso hacía dos. Luego había alentado a Harper con tres, cuatro, cinco. ¿O había habido otro? Pongamos seis. De todos modos resultaba perfecto. Casi

poético; sólo una bala, la única que necesitaba, el séptimo tiro, limpio y cómodo, de su pistola automática calibre 45 de reglamento.

Todo concluido…

Ése era el problema. Claro está que ya lo sabía. ¿Acaso no lo había sabido desde el principio? Era su misma finalidad, el círculo cerrándose de manera perfecta, lo que le hacía pensar a uno: «¿Y qué viene después?»

¿Por qué no?

¿Por qué no ahora, después de todo?

Pero la respuesta se le escapó, llevándose la pregunta con ella, por el momento. («¿Olvidas algo en realidad?, ¿no está tan sólo esperando el momento de reaparecer?»)

Pero no ahora. Ni en ese momento. Cuidadosamente, con cautela, se volvió de lado. El dolor de la pierna no era muy intenso, pero estaba ahí. Bueno, aún podía sentirla. Según decían, si puedes sentirlo aún no está muerto. Y además había una luz. Tumbado de espaldas había estado mirando hacia la nada que había sobre su cabeza, así que no era de extrañar que no pudiera ver. Pero ahora había una luz más allá. Harper había ido a buscarla, recordó, era un farol que colgaba de los restos del andamio a cierta distancia por el otro lado. Brillaba oscuramente en las tinieblas. Sin embargo proporcionaba claridad y a su luz el polvo no era negro en realidad. Las motas de color plata, claro, o de gris claro, danzaban locamente, al azar. Gruñó. Bueno, probablemente era el arsénico. Cerró los ojos. La pierna era puro dolor. Pero no era tan malo Lo peor era el sabor que tenía en la boca. Empezó a escupir tratando de librarse de él. Jesús. Apenas podía respirar. Observó a Harper. Lo veía como a una sombra. La luz estaba bastante alta en el andamio y trataba de bajarla. Luego volvería junto a él. Tannis oprimió la pistola. Un tiro, eso era todo lo que necesitaba. Luego se habría acabado todo. Todo habría concluido. Sí, bueno, lo sabía, pero su mente volvió a desviarse. Recordaba… el recuerdo era muy borroso, aunque sabía exactamente de qué se trataba; la peculiar oscuridad, su malestar, la pistola, todo se combinaba para excitar su memoria: 2 de diciembre de 1943. ¿O era el tres? Nadie lo sabía con exactitud. Ninguno de ellos se había parado a tomar notas sobre sí mismos. Pero fue la noche anterior a la primera prueba en China Lake y siempre que la recordaba se preguntaba por qué había fingido estar dormido. En realidad no era nada, pero siempre se lo preguntaba. Había estado tumbado allí, despierto toda la noche, enroscado en su saco de dormir y les había oído llamándole y él había cerrado los ojos fingiendo. Fingiendo estar dormido. Hacía mucho tiempo. Sin embargo lo recordaba muy bien. Había viajado con los otros en las carretas de CalTech y en unas cuantas camionetas para reunirse con el equipo principal, Emory Ellis, Burnham Davis, Calvin Mathieu. Aquéllos eran los jefes. Los recordaba a todos. Ellis le caía bien. Era un hombre de rostro anguloso con gafas. Un químico. Estaba especializado en bacterias. Bueno, ahí estaba. Era del Medio Oeste, de Illinois, y había trabajado para empresas de alimentación o algo parecido, pero sabía cómo funcionaban las cosas. Por ejemplo, era un excelente conductor en el desierto. Exacto. Sabía cómo se tenían que hacer las cosas, cosas prácticas, que lo convertían en alguien perfecto para China Lake. De hecho, fue él quien salvó el día, porque había llevado pistola. Ese había sido el problema. Al llegar a la base, con cohetes de 3,5 pulgadas, habían descubierto que no había seguridad, ni siquiera un cobertizo con un candado para guardarlos. No había un solo edificio en la base que estuviera terminado. Aunque en realidad, nunca llegó a terminarse nada, al menos durante años; siempre estaban construyendo, la arena y el polvo del cemento eran tan malos como el que ahora padecía. Y aquella noche hacía un frío helador. Se congelaba uno los sesos en el jodido desierto. Habían desplegado sus sacos de dormir en una cabaña prefabricada sin puertas ni ventanas. Alguien colocó un panel de una caja de embalar sobre el hueco de la puerta para intentar evitar que entrase el viento. Y nadie pudo dormir. Tannis no pudo dormir. Tenía demasiado frío. Estaba nervioso. Pero la idea era que se habían turnado para hacer guardia con la pistola de Ellis, la única arma en una base militar que iba a derrotar a los japoneses nada menos, y ahí estaba el quid de la cuestión: cuando llegó su turno, cuando alguien susurró: «Hey, Cracker Jack», fingió estar dormido. Eso fue lo que recordó en ese momento, tumbado en medio del polvo, que se había quedado tendido allí, acurrucado en su saco de dormir (tapada la cabeza, con las manos entre las piernas) intentando calentarse y fingiendo estar dormido. ¿Por qué? ¿Por qué había sido tan importante? No estaba dormido, no había dormido un solo minuto, había estado tumbado escuchando la sosegada charla de los otros, una radio. Recordaba aún el zumbido de aquella radio, un boletín de noticias, entonces estaban luchando en Italia, en el frente invernal («Jesús, no puede hacer más frío que aquí»), pero tan pronto como había oído su nombre había cerrado los ojos, fingiendo. Simulando que dormía. ¿Por qué era eso tan importante? Fingir que dormía. Sabía que estaba despierto, pero ellos no, ¿era eso?

– ¿Tannis?

Era Harper. De repente había aparecido justo delante de él con el farol.

– ¿Estás bien?

La luz osciló en la penumbra por delante de él. Vio el rostro de Harper y luego ya no, porque la luz se balanceaba de un lado a otro. ¿Lo comprendía Harper? ¿Tenía idea de lo que estaba ocurriendo? ¿De lo que iba a ocurrir?

Tannis se oyó a sí mismo decir:

– Tiene que haber algo… un trozo de madera o algo. Quiero levantarme.

– No te muevas. Necesitas un médico.

Sí, presumiblemente y con independencia de lo que ocurriera después, eso también formaría parte del todo.

– Me sentiré mejor de pie. Búscame algo.

Apretó la pistola de nuevo. Sí, la había encontrado en la oscuridad, había sentido el peso en su mano. Harper se alejó. Unos segundos más tarde volvía con una paleta de mango corto. Perfecto. Se apoyó en ella para levantarse. Ahora la pierna le daba punzadas de dolor, pero de otra manera. Hasta la rodilla le dolía horriblemente. Por debajo las cosas eran un poco vagas. Harper le ayudó. Tantearon en la penumbra y encontraron uno de los montones de escombros. Sentado a medias, Tannis se apoyó contra él. Recuperó el aliento.