– En efecto, eran fotógrafos, de Los Ángeles, supongo. Nunca llegué a saberlo. No, miento. Dijeron que eran de Glendale. Y se presentaron a sí mismos. Dios, ojalá pudiera recordar quién era. El tipo de mayor edad tenía cuarenta años y espesos cabellos rubios, y el chico, que era su hijo, rondaba la veintena. Pero te aseguro que era la chica a quien mirabas. Llamaba la atención.
La recordaba como si hubiera sido ayer. Un rubia alta y bronceada, vestida con una camisa de ante con flecos, pantalones grises y pesadas botas militares. No era mayor que el hijo, pero se notaba que estaba liada con el padre. Y Tannis se dio cuenta, o al menos lo comprendió en parte, aunque no supo entonces que era lo que sabía. Quizá ella percibió incluso la perturbación que provocaba en él. En todo caso, ella fue la única de los tres que le prestó un mínimo de atención, sonriéndole amistosamente al tiempo que le tendía la mano, una mano larga y fría con una palma sorprendentemente callosa.
– ¿Sabes?, creo que fue la primera mujer hermosa que vi. O al menos la primera mujer que me pareció hermosa. Ya sabes lo que quiero decir.
– ¿Qué ocurrió después?
– Bueno, qué ocurrió. No lo sé, no mucho más. Cargaron la cámara en el coche y nos llevaron de vuelta a nuestra camioneta. -Fue como un sueño. Él estaba en el asiento de atrás, incrustado entre su padre y el chico, la mujer justo delante de él, de modo que podía ver los finos cabellos dorados que se le rizaban alrededor de la nuca, y oler el sudor que subía de ella. Como un sueño. Fue como un sueño. La chica, el extraño coche negro, el trozo de sol amarillo e intenso sobre su rostro, los improbables y extraños aparatos apilados tras él. Y cuando llegaron a la camioneta, los acontecimientos se desarrollaron también como en un sueño-. Bueno, el tipo mayor estaba furioso, por supuesto, estaba perdiendo la luz, ¿pero qué podía hacer? Tenía que echarnos una mano. Recuerdo que la chica lo besó para calmarlo, para animarlo, y luego su hijo y mi padre se fueron en el coche en busca de un taller y nos dejaron solos a los tres. Solos a los tres, ¿comprendes? -En el último momento la mujer sacó del coche la cámara y el trípode, para hacer sitio, según dijo. Y luego los tres se quedaron allí de pie en el viento y el polvo del desierto: Jack, la chica de cabellos de oro, el hombre. El coche desapareció. Y justo entonces Tannis se dio cuenta de que sentía como si todo se acabara en su profundo interior. No estaba asustado, no tenía nada que ver con el hecho de que su padre se hubiera ido. Quizás en parte se debía a que el hombre y la mujer eran ricos y él era pobre, pero algo le hizo sentirse muy pequeño. Puso mala cara. Pobre chica. Señor, ahora ya eran dos, porque el hombre, aunque no pusiera mala cara, sin duda estaba contrariado. Ella trató de animarlo una vez más. Mira, le dijo, ya que estaban allí quizá podrían sacar algo; tenían que sacar una foto. Pero el hombre sacudió la cabeza. Le quedaba muy poca película, ¿y sabía ella lo que le costaba cada placa? Veintisiete centavos, le dijo, veintisiete centavos. Entonces ella le llamó aguafiestas y cuando él le echó una mirada de lascivia, ella le sacó la lengua y entonces (Tannis apenas podía creer lo que veían sus ojos) empezó a dar saltos, arriba y abajo, arriba y abajo, junto a la carretera, dando círculos y más círculos alrededor del hombre, pateando el polvo, con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones. El se limitó a cruzar los brazos sobre el pecho y a decir: «Querida mía, eres encantadora», luego rodeó la averiada camioneta en busca de un poco de sombra, pues el sol ya estaba alto en el cielo.
En ese momento ella dio media vuelta hacia Tannis. Le dedicó una bondadosa sonrisa y se inclinó hacia él. Era tan alta que sus dorados cabellos le cayeron sobre los ojos y ella sacudió la cabeza para echarlos hacia atrás. Después se inclinó aún más, de modo que él pudo oler su cálido y sabroso aliento rozando su mejilla.
Sin embargo, no le gustó aquella sonrisa; no le gustó que le sonriera de esa manera. Y ella quizá se diera cuenta, porque se puso seria.
¿Sabía él lo que era una cámara?, le preguntó.
Él asintió y era verdad. En una ocasión había leído un artículo acerca de cómo hacer una cámara con una caja de zapatos.
¿Y le habían hecho una foto alguna vez?
Nunca.
¿Le gustaría?
No.
¿Por qué no…?
Él deseaba con todas sus fuerzas decirle que sí para complacerla, pero no podía. Seguía pensando en su sonrisa, aquella sonrisa demasiado bondadosa. Y tal vez adivinaba lo que ella estaba pensando. Tannis, a los trece años, con una vieja chaqueta de mezclilla y pantalones holgados, como los de montar, con su gorra plana de lana, era perfecto para que ella le pidiera que se encaramara a la capota del coche, triunfante, o se sentara en la parte de atrás, con las piernas estiradas por delante, con su cara de chico pobre blanco mirando ansiosamente el objetivo. Pero él no iba a aceptarlo. Ella trató de captar su mirada con aquellos maravillosos ojos gris claro, pero él apartó la vista y su rostro, su mandíbula y su corazón se cerraron, tan apretados como un tornillo de banco; era la última resistencia de la virginidad. Sólo que al final espetó:
– ¿Quiere una fotografía, señorita?
– Sí. Quiero hacerte una fotografía.
Él volvió a negar con la cabeza, pero luego dijo:
– Puedo mostrarle una bonita fotografía.
– ¿Dónde?
– Por allí.
Señaló en dirección a un cañón distante, la única maldita cosa que había para señalar.
– ¿Dónde es por allí?
– Tiene que verlo.
– Dímelo.
Pero no iba a hacerlo, por supuesto, ya que no tenía ni idea de que hubiera algo por allí. Tannis no estuvo nunca seguro, ni siquiera con la distancia que da el tiempo, de qué había intentado hacer: escapar, salir del apuro, rechazar a la mujer…, pero también aferrarse a ella un último segundo más.
Y ella vio que se debilitaba su voluntad.
– Dímelo -volvió a pedir.
Entonces él se volvió tan obstinado como sólo pueden serlo los adolescentes. Al tiempo que negaba con la cabeza observó que algo cambiaba en el interior de la mujer; de repente se había aburrido de aquel pequeño juego, súbitamente consciente del calor, del tedio que los esperaba. En un arranque se irguió y hundiendo las manos en los bolsillos traseros del pantalón, se puso a mirar la vacía carretera.
Tampoco ella, sin embargo, podía dejarlo ir del todo. Se dio media vuelta girando sobre los pies fijos en el suelo.
– ¿Por allí?
– Puedo enseñárselo.
– Pero no podías -oyó decir a Harper-. ¿No es cierto? ¿Habías estado antes allí?
– Ya te lo he dicho, era la primera vez que veía esta parte del país. Lo que importa es que ella me creyó. Eso fue lo primero. Nunca lo comprendí en realidad. ¿Pretendía gastarle una broma a aquel hombre, fastidiarle, o qué? Cualquier cosa. Nunca lo supe. Ocurrió muy deprisa. Ella dio media vuelta y cogió la cámara, y yo cogí el trípode. -Dios, pensó, le pesaba tanto sobre los hombros, se le clavaba como la hoja de un cuchillo, pero por supuesto no podía demostrarlo. Así que echaron a andar por el desierto, con la chica por delante. Tannis escuchaba los latidos de su corazón como los de un pájaro. Se dirigía a ninguna parte. No tenía ni idea de adónde podía ir. Diez pasos y ya estaba desesperado. Se dijo que si no encontraba algo para que ella hiciera una fotografía se moriría allí mismo, y luego se dio cuenta de que no se iba a morir de verdad (era un chico juicioso), pero sí que sufriría algo peor: una herida, un golpe que se curaría al final, pero que le dejaría deforme para siempre. Así que estaba realmente desesperado, motivo sin duda por el que fue capaz de transportar aquel trípode como lo hizo. En diez minutos estaba sudando, tropezaba. Diez minutos más tarde, cuando echó una rápida mirada hacia atrás, apenas se veía ya la camioneta. En cuanto a la chica, caminaba con dificultad por delante, cada paso de sus botas militares dejaba una nítida huella sobre la arena que él iba siguiendo, y sólo se volvió para mirar una vez. Su mano se movió entonces hacia la mejilla para echarse el pelo por detrás del hombro y sus labios esbozaron una sonrisa para animarlo a continuar. Finalmente llegaron a un barranco que se extendía en un amplio estuario de arena que se fundía con el desierto. Ambos estaban exhaustos y se desplomaron sobre unas rocas al unísono, como si les hubieran dado una señal. La chica inclinó el torso, con la cabeza a la altura de las rodillas y los brazos colgando a los costados. Entonces, furtivamente, Tannis la contempló. El modo en que pequeñas guedejas de oro salían en rizos desde la raya del pelo. El modo en que su bronceada piel se arrugaba alrededor de los diminutos huesos de sus largas muñecas dobladas. El modo en que brillaba el sudor en sus sienes. Nunca había visto el cuerpo de una mujer de aquella manera. Durante unos instantes, como una gota de lluvia temblando sobre el cristal de una ventana antes de resbalar, la sintió y luego la amó. Y cuando ella alzó la vista y le miró a los ojos, él no los apartó.