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– ¿Recibió usted un soplo anterior sobre Harper?

– Sí.

– ¿En qué consistió?

– Está en los archivos. Una vez a la semana Harper iba al desierto, a una carretera en particular. Supuestamente, dejaba algo allí. Una hora más tarde, un coche se acercaba y lo recogía.

– ¿Una entrega de material secreto?

– Sí.

– ¿Pero usted no estaba seguro?

– Sonaba demasiado bien para ser verdad.

– ¿Y qué opina esta vez con Buhler?

– No estoy seguro de que no pensara lo mismo. Excepto…

– ¿Excepto qué?

– Quizás esta vez era yo el tipo al que le tendían la trampa.

De hecho, eso fue lo que pensó, ésa fue la primera cosa que se le ocurrió. Pero mientras contemplaba el cadáver de Buhler no estaba seguro de creerlo. Resultaba difícil imaginar que aquel viejo, con un cómico sombrero de paja, pudiera ser un agente comunista. Sin embargo, sabía que era eso lo que debía suponer, porque todo el mundo lo supondría. Pero ¿quién demonios era en realidad? ¿Y qué tenía que ver Buhler con él? Yaciendo allí de aquel modo, con hormigas en columnas marchando ya hacia la sangre, el cuerpo parecía curvado en un signo de interrogación que resumía la situación perfectamente. El viento suspiró y Tannis dejó vagar su mente con entera libertad, escuchando su sonido al escarbar en la creosota y la arena. Quería marcharse, sólo marcharse. ¿Y quién iba a enterarse? ¿Acaso oiría alguien una campana en el desierto? Pero sabía que no podía… no podía marcharse como si tal cosa. Supo enseguida que tenía que contárselo a ellos, e imaginó rápidamente lo que iba a suceder. Los coches patrulla del sheriff en la carretera con sus luces intermitentes… la zona acordonada alrededor del lugar donde yacía Buhler… los ayudantes trabajando codo con codo en la «búsqueda de huellas» alrededor del cadáver… El FBI, los agentes de seguridad de China Lake. Todos estarían allí… Lo imaginó claramente, con la vista baja, fija en el oscuro y confuso montón que era el cadáver. Luego levantó la cabeza y miró a lo lejos, en la noche. No distinguió nada. La oscuridad era tan profunda como una sima, y los arbustos parecían ir a la deriva por entre las sombras, y la arena alzarse y caer en oleadas. Pero sabía también que nadie lo descubriría a él en aquella oscuridad. Estaba solo, totalmente solo en la noche, y sintió una precisa resolución peculiar en él, como si los elementos en una lente alcanzaran una convergencia perfecta; dejó escapar lentamente el aire, luego llenó fácilmente sus pulmones. Estaba al borde de una deducción, de una revelación. Pero todavía no del todo. Aún le faltaba recorrer cierta distancia, la distancia, exactamente, entre él mismo y el alemán muerto. Justo entonces, casi sin darse cuenta, volvió a mirar el cuerpo de Buhler. Bien, bien, ¿qué tenemos aquí? Se acercó a él. Se paseó a su alrededor. Se quedó de pie junto al cadáver, mirando hacia abajo. Era como escudriñar un profundo y negro agujero. Le acometió una gran repugnancia, pues las hormigas, formando una delgada línea negra, trepaban en ese momento por la mejilla del muerto, bajaban por sus labios, dudaban, y luego se introducían en su boca. Aquel alemán muerto… «Esos hijos de puta alemanes»… La frase, escupida por tantos rostros terrosos, le pasó por la cabeza, como el recuerdo de un aroma familiar, pero exótico. Falaise. Ardennes. Remagen. ¿No serían acaso los nombres de perfumes en alguna lengua medio olvidada? No obstante, la recordaba. La guerra. El principio. Ahora volvía. Todos aquellos pobres mamones alemanes muertos. Tan sólo hombres que matar… y recordó entonces al alemán muerto, junto al jeep, al que las hormigas se habían comido hacía siglos. Así. Los soldados de grandes y antiguos ejércitos. Las contemplaba ahora. Picoteaban la oreja del pobre Buhler. Trazaban la línea de su floja mandíbula. Se metían en su boca, se afanaban entre sus dientes… Este alemán, aquel primer alemán muerto. «¿Por qué lo he hecho?» ¿Por qué había hecho todo aquello…? Pero era otra pregunta que por fin hallaba respuesta. La distancia se acortó, su mente hizo algo nuevo, la pequeña deducción llegaba ahora, después de haberse evadido antes. Las aletas de su nariz se estremecieron. Sí. Él era, después de todo, el único testigo. Era el único hombre que había conocido la experiencia de aquella noche, que se había ocultado en aquella oscuridad y sentido el auge y el declinar del viento del desierto. Y por lo tanto, sería quizás el único hombre en formular la pregunta. «¿Cómo había llegado el asesino y se había marchado luego?» Sí, él sería el único en preguntarlo porque la respuesta parecería evidente, había usado un coche o camioneta que Tannis sencillamente no había visto. Pero no había habido ningún vehículo; sobre ciertos asuntos Tannis sabía que era infalible. Así pues, ¿cómo lo había hecho el asesino? La pregunta era tan curiosa que encendió un Lucky y reflexionó sobre ella, se quedó allí de pie, con una pierna a cada lado del cadáver de Buhler, y la resolvió. Luego, moviéndose con rapidez, volvió a la camioneta. Encontró una linterna en la guantera. Miró hacia atrás en dirección al cuerpo, para recordar su posición, luego cruzó el pequeño círculo de asfalto en la dirección opuesta. Después de dar tres pasos echó a correr, con la pistola en la mano derecha oscilando junto a su costado y la linterna en la mano izquierda, aunque apagada, de modo que corría en la oscuridad. Corrió más rápido. Luego más rápido aún. Corría como un espíritu escapado de Ballarat, el pueblo fantasma que se hallaba carretera adelante, o un poseso, o un loco, o un indio, como un paiute loco, pues es una locura correr por el desierto en la oscuridad; ése es justo el momento en que tu pie tropezará con una serpiente. Pero siguió corriendo de todas formas a zancadas regulares y respirando con extraña facilidad, como si el viento soplara a través de él; finalmente dio la vuelta, trazando un enorme círculo de regreso hacia Buhler, para que así nadie descubriera nunca sus huellas o supiera lo que había hecho. Y entonces estuvo a punto de caer en lo que sabía que debía encontrar.

Una quebrada.

Una barranca seca.

O lo que pasaba por tal en aquel espantoso lugar. Las lluvias de siglos (cayendo apenas a gotas de año en año) habían excavado un canal en la llanura del desierto. Deslizándose por la pendiente alcanzó el fondo. Era sorprendentemente profundo, ya que las paredes le llegaban hasta los hombros. Encendió la linterna. Siguió con la vista el haz de luz, como si descendiera por un túnel o el pozo de una mina (¿se habría sentido Buhler en su elemento allí?) y su luz procediera de la lamparita de un casco de minero. Parecía estar descendiendo. Sentía una corriente de aire cálido y seco. El viento soplaba más arriba. Al doblar una esquina, una ráfaga arrojó arena como humo sobre su cara. Bizqueó y agachó la cabeza. Un ave pasó volando junto a él con un suave y lento batir de alas de lechuza. Un fragmento de creosota pasó rodando frente a él. Hizo oscilar la luz hacia atrás y hacia delante. En el terraplén y desde pequeñas madrigueras unos ojos blancos lo observaban fijamente y después de un instante fugaz, atrapada bajo el haz, una serpiente rey escarlata siguió su camino reptante. Durante veinte minutos estuvo avanzando con rapidez, luego más lentamente y por fin las descubrió, grabadas como con sólido hormigón sobre el caliche gris… tan fáciles de seguir como la blanca línea central de una carretera. Las huellas de un caballo. Era así de simple. Frescas como un escupitajo, pensó, y sonrió, conteniendo el aliento. Pero luego empezó a correr de nuevo con un trote regular, mientras la luz señalaba la zigzagueante marcha de las huellas. Tras recorrer cuatrocientos metros llegó a un lugar donde las huellas se confundían consigo mismas. Supo que el caballo había sido atado allí y vio las marcas en el terraplén que había dejado el jinete al encaramarse hasta arriba. Él mismo trepó, enfocó con la linterna y vio, incluso desde allí, el lugar donde yacía el cadáver de Buhler.