– Por supuesto -dijo Tannis-, el problema es que no me contó nada. Y Buhler no estaba sólo alojado en un motel; acabó en el desierto con una bala en el cuerpo.
– Así pues -adujo Rawson-, no cree usted en su propia teoría… No, no, comprendo. No la presentó como teoría. Lo que me pregunto es una cosa; volviendo a su teoría, y es su teoría, sobre los israelíes, me refiero, suponiendo que tuviera razón. Prácticamente convierte el soplo original en parte de una conspiración.
– Tal vez. O quizá tan sólo de una metedura de pata.
– Pero nadie le creyó en su momento. De hecho, algunas personas dijeron que estaba usted tan convencido de que su amigo Harper era inocente que…
– No era mi amigo, comandante. En general no me caen bien los británicos. Y él no era más que un mocoso británico arrogante y estirado…
– … que estuvo a punto de suprimir aquel soplo, de no emprender ninguna acción y que había habido otros.
– Tiene suerte, comandante -contestó Tannis, sonriendo-. Nunca golpeo a las personas que llevan gafas.
– ¿Gafas?
– Exacto. «Algunas personas dijeron», ésas son sus gafas. Por supuesto, si desea quitárselas, cuéntenos lo que usted opina…
Tannis inició el movimiento de levantarse de la mesa, gesto que era casi con toda seguridad teatral, aunque Rawson pareció rápidamente aturdido por el pánico, y Benson, apartando su silla hacia atrás, no lo parecía mucho menos. Nickel sonrió. Delante de él tenía un antiguo archivo del caso Harper. Alguien había escrito en el margen: «Tannis (lo habían subrayado con tanta fuerza que el bolígrafo había atravesado la página), qué hijo de puta, es del tipo que te metería una serpiente de cascabel en el bolsillo y luego te pediría una cerilla.»
Al final Benson hizo el papel de diplomático, se calmaron los ánimos y Tannis se apaciguó, aunque a cierto precio. Hicieron una pausa para tomar café, pero inmediatamente después Tannis tomó la iniciativa por completo.
– Bien, aclárenme un punto -preguntó-. ¿A qué se debe que todos estén tan seguros de que Buhler no era un espía?
Al decir estas palabras, Tannis no tenía ni idea de lo que esperaba como respuesta. Se limitó tan sólo a exponer el problema fundamental. Y a pesar de las tensiones existentes entre el grupo de Nickel y el de Benson, era un problema al que ambos grupos se enfrentaban. Por eso se mantenían oscilando entre la lucha cuerpo a cuerpo y la connivencia. Se hallaban en tierra de nadie. Se enfrentaban con algo que sin duda iba más allá de su experiencia habituaclass="underline" métodos policiales, técnicas de seguridad perimétricas, reglas para mantener a raya a los diplomáticos. Pero Tannis no estaba en absoluto nervioso. Encendió un Lucky. Después de todo había matado a un hombre a sangre fría (¿lo habría hecho alguno de aquellos hombres?), conocía esa definición de la guerra fría. Había estado en el meollo desde el principio, sabía todo lo que había que saber acerca de China Lake. Eso era lo que sentía, una continuidad entre su propia vida, el aire en aquella habitación y lo que había estado escuchando, un sentido de que había estado allí mucho tiempo atrás, una continuidad que Nickel no experimentaba. Ni tampoco Benson. Tannis lo contempló mientras empezaba a hablar. Tannis recordaba un tiempo en que los oficiales de la Marina habían sido hijos de oficiales de Marina, o hijos de alguien: el hijo del propietario del Primer Banco Nacional de alguna pequeña y decente población, o el hijo del hombre que era dueño de los grandes almacenes locales, o el hijo del tipo que vendía acciones y bonos. Estaban en la Marina porque eso era lo que ellos eran y actuaban en consecuencia. Tannis lo comprendía. Pero Benson no era hijo de nadie. Benson tenía la carrera naval. Tenía estudios. Asistía a cursos. Podía comunicar y dirigir. No fumaba y sólo tomaba una copa por compromiso social. Si tenía estrés, tomaba un Valium. Buhler, fuera quien fuese, procedía de un mundo diferente, y también Tannis, así como la habitación. Todos formaban parte de una historia de la que Benson se había visto separado, y en realidad debía concedérsele el mérito de ser lo bastante consciente de ello como para sentirse incómodo.
– Bien… es demasiado tajante, capitán, decir que Buhler no era un espía, y yo no diría que estamos seguros. Pero es cierto que no hay pruebas de que Buhler constituyera una amenaza para la seguridad en absoluto. Por ese motivo la relación con Harper es tan desconcertante, por eso nos hemos mostrado tan interesados en esclarecer ese punto.
Miró un expediente que tenía delante. Junto a él, Rawson hacía girar su asiento con un brazo por encima del respaldo. Nickel se arrellanó, como indicando que su tarea había concluido. Entonces empezó Benson.
– Sabemos muchas cosas de Buhler, demasiadas, pensaría uno, si realmente era un espía. Para empezar, los documentos que usted le halló encima eran todos auténticos. Era exactamente quien decía ser. Nació en Leipzig. Tenía un hermano mayor y una hermana menor. Toda la familia trabajaba en los ferrocarriles alemanes y, esto nos inquietó por un tiempo, eran todos comunistas. Quiero decir con eso que todos eran miembros del Partido Comunista de Alemania, el KPD. La policía alemana tiene una lista completa de sus miembros, de modo que podemos estar seguros.
– El problema es -dijo Tannis- que hay un montón de nombres en esa lista.
– En efecto. Si todos los antiguos comunistas alemanes fueran espías… Y Buhler era muy joven en todo caso, de modo que probablemente no llegó a estar demasiado involucrado. Pero tanto su padre como su hermano mayor tenían cargos importantes en sindicatos y cuando los nazis llegaron al poder los metieron a todos en un campo de concentración. Buchenwald.
– Allí fue adonde enviaron a la mayoría de KPD -corroboró Tannis.
– Eso me han dicho. En cualquier caso, el padre murió allí. Pero a los dos hermanos los trasladaron a un campo satélite cerca de una ciudad llamada Nordhausen. En una confluencia de vías
férreas no muy lejos de Erfurt. Por supuesto, también esto me lo han contado. Por lo visto se trataba de un campo de trabajo, no de un campo de la muerte, aún estamos tratando de descubrir más cosas sobre él, pero también estaba dominado por los comunistas y había una especie de Resistencia interna. Al hermano de Buhler lo mataron por pertenecer a ella. Sin embargo Buhler sobrevivió. Estaba muy delicado, en la enfermería, pero vivo, cuando el campo fue liberado. Eso fue en abril de 1945. Tercera División Blindada, Primer Ejército Americano…
– Entonces debió de tener contactos con americanos, ¿no?
– Sí, y estamos tratando de descubrir algo, pero hasta ahora nuestros esfuerzos han sido en vano. Probablemente nada conseguiremos, puesto que no se entretuvo allí demasiado tiempo. A finales del verano estaba de vuelta en Leipzig. Aseguró estar buscando a su hermana y cuando la encontró se fueron a vivir juntos. Consiguieron salir adelante. En realidad, todo lo que ocurrió después de la guerra resulta muy normal. Ninguno de los dos se casó. Leipzig acabó en la zona oriental, pero eso no les preocupó puesto que ambos eran rojos. Buhler volvió a trabajar para los ferrocarriles, era maquinista, y así continuó hasta el retiro laboral. Todo eso puede demostrarse documentalmente, por cierto, porque los ferrocarriles estatales publican una revista interna y cada tantos años se hacía merecedor de un premio o elogio, hay incluso un par de fotografías. En cualquier caso pasó el tiempo. Y entonces, el año pasado cumplió los sesenta y cinco y se retiró. -Balanceándose hacia atrás en la silla, Benson dio unos golpes con el lápiz sobre un expediente-. Ése es un punto importante -prosiguió-. Al parecer, bajo ciertas condiciones, cuando un germano oriental llega a los sesenta y cinco, es libre de abandonar el país. A menos que se haya tenido un trabajo comprometido, uno se puede marchar tranquilamente. No te pagan la pensión y sólo puedes llevarte lo que puedas transportar en una sola maleta, pero puedes marcharte. Es un modo muy limpio de trasladar sus problemas geriátricos a Occidente. Eso fue lo que hizo Buhler. Sencillamente, atravesó caminando el Control Charlie el pasado enero. El doce de enero. Miles de alemanes orientales hacen lo mismo cada año, y en Alemania Occidental tienen programas que se ocupan de ellos. Siguiendo el procedimiento rutinario, Buhler fue enviado a un centro de recepción de Giessen. Allí lo sometieron a un control de seguridad, que es de donde ha salido la mayor parte de esta información; de ahí procede también la cinta que hemos escuchado. Era un control rutinario, pero lógicamente los alemanes occidentales estaban interesados. Era comunista. Probablemente podría haberse escapado en 1945, pero no lo intentó. ¿Por qué se iba ahora? La dificultad estribaba en que tenía respuestas perfectamente válidas para todas sus preguntas. Afirmó que tenía mal el corazón y que quería estar cerca de los medicamentos y los hospitales occidentales. Los alemanes lo comprobaron y era cierto. Nuestros médicos lo corroboran; les pedimos que hicieran otra autopsia en Los Ángeles. Además, según los alemanes, probablemente estaba preparando las cosas para la llegada de su hermana. Ella era más joven, pero sólo faltaban unos pocos años para que se retirara. Todo fue comprobado; para los alemanes occidentales Buhler parecía totalmente inofensivo. Lo establecieron en Berlín. Solicitó pasaporte, el BND se tomó su tiempo, pero lo aprobó. Dos días más tarde cogió un avión con dirección a Nueva York. Se quedó allí a pasar la noche y luego tomó otro avión para venir a Los Ángeles. Era evidente que estaba haciendo algo. Se fue del Este a la primera oportunidad. Solicitó un pasaporte alemán federal con la mayor prontitud. Pero todo lo hizo abiertamente; siempre utilizó su propio nombre, no intentó en absoluto ocultar sus pasos. Por lo que sabemos, no vino a esta base ni se puso en contacto con nadie que trabajara aquí. De hecho, no estamos absolutamente seguros de que estuviera alguna vez en Ridgecrest. Además, al parecer no sabía apenas inglés. Consiguió que alguien en Alemania (creemos que fue alguien que conoció en Giessen) le escribiera las respuestas en inglés al tipo de preguntas que se han de contestar en el impreso para alquilar un coche, y en Los Ángeles se limitó a entregarle el impreso a la mujer de Hertz. Y el encargado del lugar en el que se alojó en Lone Pine dice que apenas sabía decir hola. -Benson se giró un poco en la silla y se encogió de hombros-. Así que ya sabe lo que tenemos. Un hombre mayor con una enfermedad del corazón que no sabía hablar inglés. No era el tipo de persona que se escoge como agente, en especial el KGB.