– No. ¿Pero qué estaba haciendo allí? ¿Y por qué lo mataron? Aún tienen que responder a eso.
– Esto es como una vieja película de Audie Murphy -intervino Rawson-. Ya sabe, fueron aquellos soldados americanos en 1945. Buhler se metió en una partida de póquer y le ganó un mapa a uno de ellos. Se suponía que señalaba el emplazamiento de una mina de oro. Así que, en cuanto llegó, salió a buscarla, pero alguien le ganó por la mano.
– Quizá no esté tan lejos de la verdad como cree -observó Tannis.
– Lo estamos comprobando -dijo Nickel-. Es decir, seriamente, tratamos de encontrar una explicación personal para sus movimientos.
– Pero si fue así como ocurrió -adujo Benson-, no es asunto de nuestra competencia. Lo que, como debe suponer, nos lleva de vuelta a Harper. Por eso Harper es tan importante.
Tannis asintió. Ahora lo comprendía. Claro está que sólo se lo tragó a medias. No descartarían a Buhler tan radicalmente como pretendían. Había sido asesinado, era un germano oriental y todo había ocurrido demasiado cerca de la base. Pero no era un agente, no cabía la menor duda. El único nexo era Harper y ese nexo lo había establecido él. Lo que significaba que él, Tannis, era el piano que tendrían que mover si querían barrer todo aquello bajo la alfombra. Por lo tanto, le había llegado el turno de echarse atrás. De hacer el trabajo pesado. No negó ni se contradijo a sí mismo (no se desvió de la verdad ni una sola vez), pero, en una especie de autoinvestigación, planteó dudas, sopesó posibilidades y exploró alternativas. Intentó darle cierto crédito a la «teoría del primer delator», puesto que ya había conseguido cierta aprobación. «Yo no insistiría. Es sólo una idea. Pero debo admitir que, cuando pienso en ello, creo que realmente tenían el mismo aire…» Les vio relajarse mientras hablaba, volverse comprensivos. Hicieron otra pausa para café. El tono mejoró. Mantuvo una tranquila conversación confidencial con Nickel. No se retractaría (lo dejó bien claro), pero tampoco causaría problemas. Siguieron trabajando hasta la hora de comer. A medida que iban sintiéndose más cómodos juntos alrededor de aquella mesa, la deformación del tiempo en aquella habitación volvió a desempeñar su papel, pero de un modo totalmente distinto. La polaridad se invirtió. Tannis retrocedió mucho, mucho tiempo. Tannis conocía épocas de las que ellos sólo tenían vagas referencias, pero lo único que eso quería decir, bien mirado, era que Tannis resultaba un perro viejo interesante. Era realmente viejo. Su época había pasado. Nadie quería tomárselo demasiado en serio. Dios sabía lo que habría oído en realidad aquel viernes por la noche. Tannis vio aquellos pensamientos en sus ojos, en su mirada cristalina e indulgente. Y, mientras seguía hablando, hubiera jurado que se estaban aburriendo como ostras. Pero a ellos se les había escapado. Eso era lo que él estaba descubriendo mientras volvía una y otra vez sobre lo mismo, dándoles una oportunidad tras otra de descubrir lo que estaba debajo de sus narices. Y cuando Matheson dio por finalizada la reunión, «Jack, creo que los demás estarán de acuerdo conmigo en que nos has sido de gran ayuda», por fin se convenció de que literalmente se les había pasado por alto. Claro está que, con el tiempo, acabarían por descubrirlo. Cuando todo estaba dicho y hecho, aquellos hombres eran policías profesionales, pero en ocasiones se veían atrapados por esa misma circunstancia. Habían realizado cada paso de la rutina (adónde había ido Buhler, con quién había hablado, dónde se había gastado el dinero) antes de empezar a hacer deducciones, antes de permitirse a sí mismos pensar. Pero acabarían pensando. Así que, de un modo u otro, probablemente les sacaba ventaja, pero no por mucho tiempo. De modo que, cuando lo invitaron a comer con ellos, declinó su ofrecimiento: «Caballeros, a mi edad, si se toma una copa al mediodía, pierde uno todo el día», porque eso era precisamente lo que no quería hacer. Un viejo con el corazón enfermo que no sabía hablar inglés. ¿Por qué, entonces, había ido a China Lake? Tannis no conocía la respuesta, o al menos no toda. Pero sabía una cosa: si era cierto que Buhler no sabía inglés, sólo podía significar que el hombre a quien había ido a ver desde tan lejos, el hombre que probablemente lo había matado, debía dominar el alemán con fluidez. Y allí, en toda aquella extensión de arena y rocas, ¿cuántas personas podían dominar el alemán?
4
Tannis no se engañaba a sí mismo. Había tenido suerte. Los del FBI y los de la Marina habían pasado por alto lo más obvio de Buhler porque no querían verlo, pero acabarían por verse obligados a mirar. Por consiguiente, su ventaja era sólo temporal; podía durar una hora, o un día, pero contar con que durara mucho tiempo era una estupidez. Tenía que moverse con rapidez. Pero también sabía que aquélla sería tal vez su única oportunidad, de modo que debía tener éxito, lo cual implicaba que debía tomarse tiempo para pensar. Además, estaba en libertad de hacerlo. Por ejemplo, ahora estaba seguro de que la llamada del viernes no había sido intervenida, lo que sin duda le confería otra ventaja. Así que, aquella tarde, sentado en su despacho, a la tenue luz de su lámpara flexo, con las fotos de la pared, se relajó y pensó. Pensó en todo aquello mientras se tomaba una copa de tequila y contemplaba la puesta de sol. Reflexionó mientras las estrellas comenzaban a puntear el cielo.