– Lo siento, no sé… Dios santo… no sé.
Tannis sonrió. Era una mujer. Y al contrario que los niños, las mujeres no constituían un aspecto de la vida que Tannis hubiera ignorado. Respondió:
– Recupere el aliento, tómese su tiempo. A cualquiera le asustarían. Normalmente no se ven en pleno día.
– También yo pensaba eso -replicó ella, tras respirar hondo e intentar una sonrisa.
– Probablemente algo la ha asustado, un halcón o una serpiente rey. Lo crea o no, cazan serpientes de cascabel.
Volvió a sonreír. Sin pretenderlo, se había acercado más a ella. De repente estaba allí, junto a la mujer. Lo bastante cerca como para notar que llevaba perfume, un ligero aroma floral, un toque fuera de lugar, pero en realidad estaba cuidadosamente arreglada e incluso vestida «haciendo conjunto» de una manera sencilla: una fresca camisa blanca con los puños arremangados y unos tejanos desteñidos metidos por dentro de unas botas Frye de color marrón. Retrocedió un poco alejándose de él, pasándose los dedos por los cabellos y echando la cabeza hacia atrás para revelar un destello de plata en su cuello, alguna especie de adorno navajo. Por un instante a Tannis se le ocurrió que podía ser india; su piel era lo bastante oscura. En cualquier caso resultaba evidente que no era de por allí; sin embargo, resultaba difícil decir de dónde procedía. ¿México? No era imposible, su oscura piel tenía algo de mexicana, y Vogel había hablado mexicano, suponiendo que él fuera el hombre que lo había llamado y, sí, eso era lo que suponía. Por otro lado… Su mente rondó la pregunta. Luego resistió. ¿Qué significaba aquella mujer para él? Nada. Pero ése era el problema. Después de todo, él era el único que había encontrado significado en el caos y ahora todo cobraba sentido. Todo, precisamente, tenía sentido. Incluyendo aquella extraña pareja. La mujer tenía la mitad de su edad. Cuando Harper había estado en aquel desierto, ella debía de ser una niña, una niña de la edad de su propia hija, o incluso más pequeña. Siguió con el pensamiento la cadena de aquella descendencia, los vínculos por separado, una fornicación conduciendo a otra. Para entonces ella había recuperado el aliento, se había repuesto y sonreía.
– Lo siento. No he oído su nombre.
– Jack -contestó él. Y también sonrió-. Jack Tannis.
– Marianne Vogel -anunció ella, tras una inclinación de cabeza.
– He venido para ver a su padre.
– Usted es el que ha llamado, ¿verdad?, esta mañana.
Él volvió a sonreír y asintió, todo amabilidad.
– Estaba en Ridgecrest y he pensado que podía acercarme. Hace mucho tiempo que no he hablado con su padre, pero tiene una propiedad en el condado de Kern que intento comprar.
– No tiene ninguna propiedad en el condado de Kern.
– ¿No? -inquirió Tannis, irguiendo la cabeza-. Bien, a duras penas, supongo que podría decirse. El condado está a punto de adueñarse de ella. -Sacó entonces una fotocopia del registro de la propiedad de su bolsillo y se la pasó. Ella la miró con el ceño fruncido y él siguió hablando rápidamente, tratando de no darle tiempo para dudar o preguntar-. Mire, con respecto a esa serpiente, probablemente tiene razón, en cuanto refresque se irá. Pero quizá no. Ése es el problema. No se puede decir con seguridad. Y una mordedura de una serpiente como ésa… si mordiera a su hija, sería probablemente…
Mientras pronunciaba estas palabras ambos miraron a la niña. Se había alejado al azar y estaba en cuclillas sobre el polvo, jugando con dos pequeñas figuras de plástico no más grandes que las chucherías que se daban como obsequio en las fiestas. Les hablaba con una voz suave, confidencial. Debbie, una de las figuras, al parecer se marchaba de viaje a Búfalo. Tenía que escribir sin falta. Cuando volviera, William iría a buscarla al autocar. Mientras continuaba con su diálogo, Tannis se enteró de que la pequeña se llamaba Anna y de que no estaba en absoluto asustada. A Tannis le pareció que de algún modo aquello formaba parte de la situación, el hecho de que la mujer hubiera absorbido todo el miedo.
– Déjeme echar un vistazo -dijo-. Usted quédese aquí con ella, o quizá quiera jugar en la trasera de la camioneta.
Marianne asintió, lo miró… y entonces, cuando se dio media vuelta, hubo un momento, no del todo reconocido, en que la fotocopia pasó permanentemente a las manos de ella, como el pequeño regalo que él le hacía, el secreto de su papá… Al poco, él llevaba el arma y caminaba hacia la casa.
No la engañó. Rodeó dos veces el remolque. Pero si la serpiente estaba allí, había vuelto a reptar hacia el espacio que había debajo. Se asomó con cuidado y vio un revoltijo de tablones, herramientas rotas, trozos de alambrada, viejo cable eléctrico; pero ninguna señal de la serpiente. Volvió a dar la vuelta hasta la parte de atrás. Allí había más chatarra, esparcida de manera tan aleatoria que desafiaba todo esquema: viejos ladrillos y bloques de cemento, tablillas para tejados, rollos de cable, un viejo bidón de aceite lleno de basura, e incluso una vieja hormigonera, fosilizada por su último proyecto. Pero también había cinco neumáticos viejos y un generador Yamaha de dos kilovatios con un cable que salía de allí y se metía por la ventana de la cocina. Junto a él había además un tanque de gasolina medio lleno. Hizo rodar un par de neumáticos hasta el borde de la base del remolque, los situó a cierta distancia uno de otro y les prendió fuego con gasolina del tanque del generador. Al principio no pareció causar efecto alguno, tan sólo una andanada de calor y una ondulación en el aire demostraron que se estaban quemando, pero el fuego arreció y empezaron a arder sin llama. El viento era perfecto, no demasiado fuerte, pero constante. En un momento había volutas de un denso humo negro rodando por debajo de la casa.
Tannis dio la vuelta hasta la parte delantera.
Sabía que Marianne y la niña estaban mirando desde la camioneta, pero él mantuvo los ojos fijos en las sombras bajo la casa. Olía la goma quemada. Tras unos instantes apareció una espiral de humo gris y arenoso, seguido, unos cinco minutos más tarde, por la serpiente. Emergió, de hecho, justo por debajo de la puerta delantera, serpenteando por el segundo peldaño, como una extraña grieta en el cemento. Era de un color amarillo arenoso, tal como la mujer la había descrito, con un dibujo de manchas más oscuras en forma de diamante a lo largo del lomo. Tenía unos ciento veinte centímetros de largo, calculó Tannis; era una serpiente de cascabel del Mojave muy larga. Se movió lentamente escalones abajo, luego hacia el otro lado, luego se dio la vuelta, dudó, su negra lengua estaba probando, y se deslizó a lo largo de los escalones.
Tannis la contempló.
Sentía a la mujer observándola.
Tuvo la tentación de volverse, de contemplarla a ella contemplando, pero había pasado demasiado tiempo en el desierto para quitarle los ojos de encima a una serpiente, así que se movió con mucho cuidado, rodeándola, para que una bala rebotada no pudiera llegar hasta la mujer y la niña. La serpiente se deslizó alrededor de una roca, serpenteó por el polvo, siguiendo su sinuoso trazado, moviéndose un poco más rápido. Inclinándose hacia delante, Tannis la observó, con el tórrido sol cayendo sobre su nuca, la frente perlada de sudor. La siguió. Pero no quería que se fuera, que estuviera allí fuera, campando por sus respetos, y cuando sobrepasó el Peugeot (Tannis temió que se metiera debajo del coche), dio cuatro rápidas zancadas tratando de detenerla, acercándose así bastante. Con una sorprendente velocidad, la serpiente se dio la vuelta y se enroscó. Tannis se detuvo. Estaba a unos cuarenta centímetros. Levantó el rifle y echó hacia atrás la palanca. Luego, con toda delicadeza, casi discretamente, la cabeza de la serpiente se irguió para examinar y se mantuvo rígida, momento en el que a Tannis le vino a la memoria un recuerdo de Harper y su mujer en un determinado día, al anochecer, en que había paseado con ellos (una de las pocas veces que habían salido los tres juntos) y habían visto una serpiente, un crótalo cornudo americano, que avanzaba hacia ellos con su típico movimiento lateral por la ondulada arena en sombras. Diana había retrocedido aterrorizada, refugiándose en los brazos de Harper (como una heroína de películas de serie B, había bromeado ella misma más tarde, y había sido la única ocasión en que les había visto abrazarse siquiera tan ligeramente), y Harper había explicado, sí, todavía recordaba su voz, pero seguía sin poder imaginar aquel rostro joven y sin rasgos, que aquél era el primer detector de infrarrojos del mundo (pensando, naturalmente, en el misil): la serpiente, de sangre fría, como si no estuviera totalmente viva, mientras que nosotros éramos como carbones, como pequeños soles perpetuos, de modo que nuestro calor llegaba hasta las fosas debajo de sus ojos y, al compararlo con su propia frialdad, sabía dónde estábamos. Un tercio de un grado bastaba. Si uno excedía la temperatura ambiente tan sólo ese tercio de grado, la serpiente lo localizaba. Ahora, en el Panamint, aquella serpiente sin duda tenía a Tannis, y él lo sabía. Lo miraba fijamente con sus ojos sin párpados, con la cola erguida, aunque aún no sonaba, y su gran cabeza triangular encajaba perfectamente con el paisaje que la rodeaba. Una vez más, ¿qué significaba? Porque todo aquello también significaba algo. Entonces apretó el gatillo y la cabeza de la serpiente explotó en una nube rosa. Acabó así de rápido. Se bajó el rifle del hombro cuando escuchó el eco del disparo. Se volvió hacia la mujer, que había palidecido y tenía un puño apretado contra la boca. Mientras, la niña sencillamente observaba el resto de la serpiente retorcerse y agitarse y morir. Finalmente se quedó quieta. Tannis se acercó. Sus botas levantaban polvo. Notó la mirada de la mujer fija en él. Ella había tenido miedo de la serpiente. Él había matado a la serpiente. Ahora le temía a él. Tannis sabía exactamente qué pasaba por su mente. Podía sentirlo en la nuca, podía sentir el modo en que lo encajaba a él en el modelo de su miedo. Pero no se volvió a observarla de nuevo. Cogió a la serpiente por la cola, la llevó detrás del remolque, el bicho era pesado y grueso y se balanceaba en su mano, y lo tiró dentro de un bidón de aceite que estaba lleno de basura. Echó luego más desperdicios por encima para que los pájaros no la alcanzaran, luego apartó los neumáticos ardientes de la casa y les echó arena por encima hasta que se apagaron. Todo esto le llevó sus buenos diez minutos y cuando volvió a rodear el remolque para salir a la parte de delante, la mujer y la niña se habían ido.