Se habían ido: la mujer, de vuelta al remolque; Vogel, a las colinas.
Pero Tannis permaneció inmóvil, impotente ante la escena que acababa de presenciar. Se habían ido y se había liberado una cierta presión, pero ésta se transformó casi inmediatamente en una tensión diferente, una irresistible curiosidad. ¿Qué había ocurrido? ¿Qué estaba ocurriendo? Tenía que averiguarlo. Tenía que verlo. Caminó hacia delante tentando con las manos extendidas en la oscuridad y, finalmente, sin aliento, conteniendo la respiración, se encontró delante de la cueva de Vogel.
Había sido «guiado» en tan gran medida que no estaba seguro de dónde se hallaba. La oscuridad era aún más profunda. Pero ya no notaba el viento en la cara y percibió una corriente baja de la atmósfera más fría. Supuso que estaba en el interior del pórtico abovedado, el montón de rocas que guardaban la entrada de la cueva. Sacó el Zippo del bolsillo, lo sostuvo a un lado de su cuerpo, lejos de la línea directa de visión, y lo encendió. Por fin podría ver algo. Su corazón latía con fuerza cuando se elevó la pequeña llama. Pero se produjo un instante de frustración salpicada de imprecaciones: estaba justo en el exterior de la entrada, una arcada de roca con un pronunciado ángulo que tenía dos veces su altura, y más allá todo estaba completamente oscuro, demasiado oscuro; la llama del encendedor no reveló nada excepto a sí misma. Pero, según recordó, la mujer había movido la lámpara de gas antes de apagarla. Avanzó con cautela de lado siguiendo la curva del arco a medida que éste descendía. En el punto en que se unía con la pared, encendió de nuevo el Zippo y relució un metal. Era la lámpara, depositada a un lado para la siguiente ocasión. Con un gruñido la recogió, giró la válvula y un segundo más tarde, el manguito lanzaba una blanca aureola de luz a su alrededor.
Agachándose por debajo del arco, finalmente entró.
Pero luego, indeciso, se detuvo. Delante de él tenía una vertiginosa sensación de espacio sin aire; la cueva era enorme. Pero cuando sus ojos se acostumbraron, se dio cuenta de que no se enfrentaba con un declive sino con una pendiente más suave, una rampa de una roca totalmente lisa, tan amplia como una autopista, que discurría hacia el fondo. Cautelosamente empezó a caminar por esta rampa sosteniendo la lámpara en alto. Siguió unos diez metros y volvió a detenerse. Muy por encima de su cabeza se curvaba el techo rocoso y por todas partes las sombras se desplegaban como estandartes. Podía haberse encontrado en el patio de un castillo, o de una torre, o, cuando volvió a emprender la marcha, la gran bóveda de roca podría haber sido la nave de una gran catedral, pues la lámpara osciló ante él como un incensario y su reflejo iluminaba velas diminutas en la oscuridad. Avanzó aún más; las rocas rezumaban humedad y oyó un pequeño salto de agua. Estaba pisando grava. Ahora tenía una sensación de constricción, como si el espacio que había a su alrededor se estuviera estrechando; como si estuviera atravesando un pasaje, o una línea divisoria. Resultaba difícil de determinar, pero pensó que el color de la roca estaba cambiando, que se volvía más claro, como de arenisca. Pero en realidad no lo sabía. La oscuridad se tragaba la luz y todo lo que veía era sombra. Instintivamente, cada pocos pasos, vacilaba. Seguía temiendo, en su ignorancia, caer en algún vasto y oscuro agujero. Pero siguió su andadura y enseguida tuvo la sensación de que el espacio crecía de nuevo. El terreno se niveló y pareció emerger a un gran valle, a un gran cañón de roca enterrado bajo la montaña.
Se detuvo una vez más y giró sobre sí mismo con la lámpara por encima de la cabeza, extendida tan lejos como le permitía el brazo. A su derecha se elevaban grandes escalones de piedra, como peldaños, o como asientos en un anfiteatro, mientras que a su izquierda el suelo era llano, casi como un escenario. Nerviosamente, reacio a abandonar el camino, se movió hacia la izquierda, como alguien que entrara en una sala con las luces apagadas para presenciar un ensayo. Realmente tenía ese aspecto abandonado pero expectante, como si en cualquier momento fuera a aparecer alguien y fuera a escuchar una voz resonante leyendo unos versos vagamente familiares. Pero, presumiblemente, tal actor habría sido un gigante, ya que el escenario era inmenso. Su tamaño creaba una desproporción peculiar, puesto que, a medida que sus ojos penetraban un poco más la penumbra, vio que el decorado de aquel llano teatral era doméstico, pacífico, incluso bucólico.
De hecho, pensando de nuevo en la catedral, tenía algo de belén. En el fondo de la cueva vio unos borricos moviéndose plácidamente alrededor de un largo pesebre de madera y un abrevadero metálico, colocados en una zona cubierta de paja iluminada por un tenue charco de luz. Calmosamente, los animales alzaron los ojos hacia él y luego, con leves gruñidos, siguieron comiendo. Esperó, contemplándolos. Su aparición había revivido la impresión de antigüedad que la llegada de Vogel, a la luz de la lámpara sostenida en alto, había creado en su imaginación. Realmente le parecía haber viajado en el tiempo hasta el pasado. Sin embargo, la realidad palpable de lo que contemplaba le confería una calidad de parodia. Cuando se acercó a los animales sosteniendo él mismo la lámpara, podría haber sido cualquier caballero explorador Victoriano cuyos ojos de hombre blanco fueran los primeros en diez mil años en contemplar una tumba perdida largo tiempo atrás, precisamente la prueba de la existencia de un importante y antiguo mito, un dios que había utilizado a una mujer virgen para cobijar la semilla que había de engendrarlo a sí mismo.
Pero cuando estuvo más cerca de los animales se detuvo y apartó la lámpara a un lado para atenuar el resplandor. Porque más allá de los animales y hacia la derecha había otro cuadro, aún más sorprendente que el primero. Era menos doméstico, pero también antiguo en sus asociaciones: un grupo de tres máquinas de hierro, evidentemente muy antiguas y de una configuración tan extraña que podrían haber sido instrumentos de tortura en una mazmorra medieval. Artefactos. Parecían poseer la connotaciones más antiguas de esa palabra.
Se acercó lentamente. Desde algún lugar más arriba llegaba una luz que le permitió verlos. Los tres estaban cubiertos en parte por una fina capa de polvo blanco, pero también estaban ennegrecidos en ciertas partes y oxidados en otras. Uno tenía una pesada rueda de hierro, como una inmensa rueca o quizá una especie de torno de grúa, aunque Tannis sabía que no era eso, puesto que tenía una enorme mordaza, como la de un tornillo de banco, sujeta con pernos. El segundo era en apariencia una cabria, semejante a una bomba para un pozo profundo, quizá un pozo de petróleo. En la parte superior, quizás a unos seis metros por encima del suelo de la cueva, había una rueda rodeada por una correa, presumiblemente para levantar pesos. Finalmente, el tercero y más sencillo de aquellos aparatos era sin duda una especie de crisol o retorta, renegrido y picado, del que salían varios tubos.
Tannis contempló todo aquello durante unos instantes. Los animales y aquellas máquinas formaban un conjunto estrafalario. Los animales, moviéndose tan plácidamente alrededor del pesebre, eran tan sentimentales como una barata estampa religiosa coloreada, mientras que las máquinas parecían ilustraciones de finos grabados en una vieja enciclopedia, con sus diversas partes señaladas por letras de la a a la f.