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La respuesta a esta pregunta parecía tan remota, tan impro ble, que en realidad se le antojó el argumento perfecto para irse a casa y olvidarlo todo. No veía qué tenía que perder. Desde luego, no tenía nada que temer del FBI. Su método «científico» tenía una hipótesis: toda la historia estaba escrita y predicha en la biblia de sus archivos. Todo era una repetición. Siendo una novela, la historia de Vogel se volvía esencialmente inconcebible. Así que, si él, Tannis, se limitaba a marcharse ahora… Pero estos pensamientos, en realidad, sólo le pasaron por la mente. Había despertado de un sueño, pero éste lo había conducido demasiado lejos. Mientras reflexionaba se había ido deslizando por la estructura del bocarte, de modo que tenía la espalda apoyada contra el aparato y estaba en cuclillas. Entonces, con un rápido e inconsciente gesto, se balanceó hacia delante y se echó la mano atrás para palpar el Colt, y lo que pensó reveló su verdadera intención: no, no tenía sentido volver a la camioneta para coger el rifle. Porque…

Realmente no tenía que ser explícito sobre su conclusión, sabía que intentaría encontrar a Vogel y que no tenía sentido disparar sobre él y menos a la distancia de un rifle. Primero tenían que hablar para descubrir qué significaba todo aquello. Por tanto el Colt era todo lo que necesitaba. Sí, iba a encontrar a Vogel. Cogería uno de sus burros o su caballo y cabalgaría cañón arriba hacia las colinas para atraparlo. Lo cual significaba que iba a meterse en la base, porque allí era donde estaba Vogel. Era el único lugar donde podía estar; había bajado por esa montaña y había vuelto a subir por el mismo sitio, y no había nada más al otro lado. Pero tenía que moverse deprisa, una buena estrategia en general, pero sobre todo ahora, puesto que Tannis consultó su reloj y vio que ya eran las tres de la madrugada. Un retraso significaba esperar hasta la noche del día siguiente, ya que tenía que viajar en la oscuridad. Aparte de los obstáculos que planteaba el terreno mismo, aunque eran considerables, ponerse a salvo en aquella parte inexplorada de la cordillera sería sencillo, al menos sobre el terreno. No había vallas y los sensores electrónicos no distinguían entre un caballo y un ciervo, o entre un hombre y un coyote. Pero una vez que saliera el sol aparecerían las patrullas aéreas. Por eso Vogel había dado media vuelta inmediatamente, quería estar a cubierto antes del amanecer. Por ese mismo motivo, concluyó Tannis, tenía que marcharse enseguida, si es que decidía emprender la marcha.

Pero no cabía duda de que así sería. Conocía como pocas personas las dificultades de semejante viaje, pero en aquel momento, después de haber llegado tan lejos, nada le hubiera impedido llevarlo a cabo. Además, las condiciones podrían haber sido mucho peores. Era extraordinario que se sintiera casi descansado. Por otra parte, la cueva mágica de Vogel le proporcionó abundantes provisiones. Había agua junto al bocarte y halló cuatro cantimploras de latón y un depósito cauchutado Nauta para transportarla. Una caja de latón le ofreció una selección de comidas liofilizadas: judías Hardee, chile Big Bill, filete «que no necesitaba nevera», así como un hornillo de cámping Coleman, una manta, un sombrero, un hacha y un viejo par de prismáticos con una lente rota, que llevaría en lugar de volver a la camioneta en busca de los suyos. Lo que buscó, pero no encontró, fue un mapa. Tendría que confiar en su instinto. En cuanto al medio de transporte, tenía donde elegir: el establo de Vogel consistía en ocho burros, un caballo y un mulo. Cuatro de los burros estaban frescos, pero los ignoró por ser demasiado pequeños. El caballo, el que Vogel montaba a su llegada, estaba bien aposentado en su paja, ya que Vogel había montado un segundo animal fresco para su viaje de vuelta. Sólo le quedaba el mulo. De todos modos lo hubiera escogido. Sería más lento que a caballo, pero tenía los pies firmes de un burro, cualidad que le resultaría más valiosa que la velocidad para ir por las montañas. Había una silla colgada cerca y se la puso al mulo, después le colocó la brida y luego ató la carga. Finalmente montó. Ahora, quizás inevitablemente, se produjo un momento cómico. Con Tannis en la silla, el mulo no se movía. Tannis tiró de las riendas, lo aguijoneó, le dio patadas, pero sin resultado. Al final se bajó. Inmediatamente, sin más estímulo, moviéndose sin prisa pero sin pausa, el animal empezó a avanzar y le condujo hasta la entrada de la cueva. El mulo era un rey, o al menos un príncipe, y gobernaría con mano de hierro.

Y así fue más o menos como resultó. Fue un viaje que continuó como había empezado, de un modo un tanto extraño, basándose en la suerte y el instinto, hallando su dirección en el camino de menor resistencia. El mulo era crucial, sabía adónde se dirigía, presumiblemente porque había estado antes con Vogel. En cierto sentido no resultaba demasiado difícil guiarse a través de aquellas rocas, grietas y estrechos salientes. Sólo había un camino que pudiera seguirse; Tannis cedió la iniciativa al mulo y dejó que lo encontrara. Pero esto fue más fácil para los dos por una especie de buena suerte. Al alcanzar la entrada de la cueva y permitirle el mulo que se subiera a la silla, Tannis vio de inmediato que el tiempo había cambiado. No había viento y las estrellas brillaban en una noche dura y profunda del desierto. Mirando hacia arriba descubrió una docena de constelaciones, Draco el Dragón, Lyra el Cisne, Boötes el Labrador y Hércules el Hombre Arrodillado. Iluminaron su camino o, al menos, el del mulo y, puesto que no tenía brújula, le permitieron comprobar toscamente la dirección de su ruta. Casi tan providencial como esa luz fue que cesara el viento. De lo contrario, mientras subían regularmente cada vez más arriba, hubiera sentido demasiado frío, ya que no tenía chaqueta, sólo la manta que había encontrado en el fondo del cajón de comida de Vogel. Luego resultó que el esfuerzo de mantenerse sobre la silla era suficiente para calentarle. Además, la inmovilidad del aire ayudaba al mulo, puesto que se conservaba la estela de olor del caballo que iba delante. En cualquier caso, a intervalos regulares se detenía para disfrutar de un buen olfateo.

De todas formas, nunca había supuesto un problema seguir la pista a Vogel. Como Tannis bien sabía, no se podía cruzar al otro lado de las montañas, ya que tenían al menos mil doscientos metros de altura, tan altas que incluso el verde teñía sus cumbres. Si uno tenía la suerte de encontrar una ruta, la seguía. En el caso de Vogel debía ser más evidente, o así lo supuso Tannis, porque normalmente debía viajar con su recua de burros cargados. A medida que subían, Tannis empezó a comprender incluso cómo discurría la ruta; era un saliente que conducía hasta la pendiente de un barranco, que, a su vez, daba un rodeo para sobrepasar un risco. También había señales, tres piedras apiladas unas encima de las otras en cada recodo o lugar ambiguo a lo largo del camino, y en diversos puntos era evidente que una roca había sido empujada para llenar un hueco, o apartada del camino con una palanca. El mulo recorrió todo aquello con su paso melindroso y prudente. No tenía sentido incitarle a ir más deprisa; sólo había un paso, y Tannis dejó que el animal lo estableciera. Ante un tramo difícil, el mulo se detuvo en seco y Tannis tuvo que bajarse y gatear detrás del animal hasta que el camino se hizo más cómodo. En cierto punto, un saliente liso y amplio, el animal se detuvo y miró a su alrededor expectante. Tras unos instantes, Tannis comprendió. Alimentó al mulo (Príncipe, según lo llamaba en su mente) de su propia mano con una ración de judías liofilizadas Hardee y luego le dio agua con el sombrero.

Después de beber él mismo, miró su reloj. En aquella primera parada ya eran las cuatro y veinte. Probablemente no habían recorrido más de kilómetro y medio, pero habían subido cuatrocientos cincuenta metros. Esto les dejaba aún un largo camino por delante. Volvió a subir al mulo. El sendero siguió subiendo. De hecho, en aquel aire negro y puro, con el cielo brillante sobre su cabeza, su ascensión pareció casi ilimitada, como si estuviera subiendo por una escalera de la música pop hacia el estrellato: la distancia desde aquí hasta allí era infinita, pero el camino se presentaba absolutamente claro. Y quizá porque él mismo estaba tan alto, porque la oscuridad se extendía a ambos lados, por encima y por debajo de él, había algo mágico en todo aquello, una especie de levitación. Pero eso era poner a mal tiempo buena cara; en realidad, al cabo de media hora le dolía cada músculo y cada hueso por el traqueteo del prudente paso del mulo.