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Tenía el trasero entumecido y las piernas de plomo. Empezó a sentir punzadas de dolor en la cabeza. Sin embargo, al final lo consiguió, a las cinco y media, Tannis y Príncipe el Mulo habían alcanzado la cumbre.

Cumbre no era probablemente la palabra adecuada. Tannis no estaba muy seguro de dónde se hallaba, pero suponía que había atravesado un paso y no por encima de las colinas directamente. Por fin habían trepado por una suave cresta. Desde la cima vio que el terreno se inclinaba abruptamente por debajo. Refrenando al mulo se dio media vuelta en la silla. Estaban a una gran altura, la suficiente para encontrar maleza y pinos piñoneros, como pesadas y oscilantes sombras en la oscuridad. Aquello no era el desierto, sino la sierra, tierra alta. Una brisa formando remolinos, un complejo movimiento del aire, acarició su rostro, sensación que no se tenía nunca más abajo. Se olía incluso a agua, o a algo que no era el seco aire inoloro, y el dulzón olor a sudor del mulo. Uno no olía nunca a sudor en el desierto. Pero verdaderamente estaba muy por encima del desierto. Mil quinientos metros, lo sabía; quizá mil ochocientos. Aquel paso era un punto bajo, una V entre las colinas, que se levantaban a izquierda y derecha altas y empinadas, y tras ellas, otras se levantaban aún más altas, como sombras contra el cielo. No estaba seguro, pero era posible que la vertiente que se perfilaba inmediatamente al norte de donde él estaba fuera Maturango Peak, el pico más alto de Argus Range, casi dos mil setecientos metros sobre el nivel del mar, lo cual significaba que la montaña a su izquierda era Parkinson Peak, sólo trescientos metros más baja. Pero no estaba seguro. Había cuatro picos principales en aquella zona, como los nudillos de un puño, y podía haber estado en un paso demasiado alto o demasiado bajo. Aunque eso no suponía diferencia alguna en cuanto a la decisión con que se enfrentaba, porque todas las montañas descendían hacia un yermo rocoso y abierto de llanuras, barrancos y cañones llamado el Valle de Etcheron, el tipo de terreno en el que un hombre a caballo, visto desde un helicóptero, resaltaría tanto como una baliza luminosa. Admitió por un momento que Vogel lo había vencido. Por supuesto era posible que estuviera tan sólo unos cientos de metros por delante, escondido. Pero si se había dirigido hacia el otro lado del valle, ya debía de estar a medio camino, avanzando a galope tendido. No había modo de alcanzarlo, al menos antes de que amaneciera. Detrás de él ya empezaba a iluminarse el cielo y Tannis podía percibir su propia figura formándose entre las sombras. Pronto llegaría el alba. En los viejos tiempos de la Estación de Pruebas, cuando todos los aviones llevaban hélices, habían seguido las horas tropicales, haciendo sus salidas aéreas antes de que el calor del desierto aumentara, cuando aún había aire bastante para que las hélices cogieran impulso y, siguiendo esta tradición, China Lake aún gustaba de enviar a volar temprano a sus aviones. Tannis sabía por tanto que debía buscar un escondite. Tiró de las riendas a fin de obligar al mulo a girar para avanzar a lo largo de la cresta, que se elevaba suavemente y luego más empinada al unirse con el rellano de la colina, donde formaba un punto escarpado: rocas apiñadas formando un enorme saliente al que se aferraba un viejo roble negro. Mirando desde ese promontorio a la derecha y a través de una cortina de pinos ponderosos, distinguió de nuevo el sendero, una profunda garganta de sombra serpenteando más abajo en el desfiladero. Miró también la extensión que se tendía a sus pies, pero no había nada en absoluto, tan sólo la completa y lúgubre negrura del vacío. Aquel punto sobresalía tanto de la colina que supuso que una vez que saliera el sol, desde allí dominaría todo el valle. No hallaría otro punto de observación mejor. Esperaría allí y vería lo que ocurría al despuntar el día, luego decidiría si debía arriesgarse a seguir adelante; mientras tanto, mantenía también vigilado el camino por si acaso Vogel daba media vuelta.

Desmontó. Al sufrir aquel cambio en la rutina, el mulo pareció algo confuso, pero encontró unas briznas de hierba y empezó a alejarse por entre los árboles. Tannis lo dejó marchar. Ahora que había desmontado se sentía exhausto, tembloroso. Bebió agua, luego se obligó a sí mismo a continuar con sus tareas: encender un fuego, apilar rocas alrededor para ocultarlo, alimentarlo con hierba y piñas. Sus llamas abrieron un pequeño agujero en la noche. Se calentó y luego mezcló un poco de chile Big Bill en una taza esmaltada, añadiendo obedientemente un paquete de especias a medida que se calentaba. Unos minutos más tarde estaba comestible, o al menos él se lo comió con la punta de su cuchillo Buck. Finalmente, se envolvió en la manta, se apoyó contra una roca y se fumó un Lucky. Lentamente notó la fatiga extendiéndose por su miembros, su cuerpo por fin no pedía otra cosa. La suave noche se movió en torno suyo, las sombras y el viento. Cerró los ojos.

Pero no durmió. Cayó por el contrario en un agitado duermevela provocado por la fatiga, en la que su mente no dejaba de funcionar. Su cerebro se llenó de imágenes: Vogel y los burros iluminados por la lámpara; la cueva y sus máquinas de hierro; la niña de Marianne jugando entre el polvo con sus muñecas, sentada y con las piernas abiertas; y oro en barras y pepitas, oro lavado de la arena, oro vertido de férreas calderas de colada. Pero estas imágenes no acabaron de configurar un sueño. Luego una idea empezó a rondarle la cabeza de forma insistente, la idea de que no estaba siguiendo a Vogel, sino que estaba siendo «guiado» por Vogel. Era como un perro que intentara morderse la cola. Vogel sólo era importante porque había mencionado el nombre de Harper, pero la única prueba de que Harper tenía algo que ver era que Vogel lo había dicho. ¿Podía estar seguro siquiera de eso? ¿Estaba absolutamente seguro de que Vogel era el misterioso personaje que le había llamado por teléfono? Le dio vueltas y más vueltas en un círculo interminable y, sin que tuviera el menor sentido, recordó lo que siempre se decía de China Lake, que estaba «fuera del círculo». Allá donde mirara, allá donde dirigiera la vista, veía siempre lo mismo, y por lejos que caminara, acababa siempre en el punto de partida. ¿Qué estaba haciendo él allí? No era por Vogel. Vogel no significaba nada para él. En lo que a él concernía, Vogel era un anciano que había vivido en un tiempo cerca de la base, se había ido y después había vuelto, y quizá había tenido un golpe de fortuna. Pero eso no tenía nada que ver con él. El viernes por la noche anterior habría colgado el teléfono si Vogel no hubiera mencionado el nombre de Harper. Por lo tanto, Harper era la clave. Harper, cuyo rostro seguía sin poder recordar. Todo lo demás había sido consecuencia de esa mención. Pero Harper, teniendo en cuenta lo que había descubierto en los últimos días, tampoco tenía nada que ver con todo aquello. Harper nunca había sido un espía, no tenía relación con Alemania Oriental ni con Buhler, ni tampoco con una caverna en el desierto. Entonces, ¿por qué lo había mencionado Vogel? ¿Cómo se había enterado Vogel siquiera de que Harper existía? Sólo tenía sentido de un modo, o así empezó a pensar, y quizás, en su mente, sentía de nuevo la extraña atracción que lo había llevado hasta la imagen de la llegada de Vogel. Pues concluyó que la única explicación lógica era que Vogel era él mismo, o que Vogel era un parte de sí mismo, escindida. El viernes por la noche se había llamado a sí mismo. Había fingido ser Vogel. O había soñado aquella llamada. Lo cual era absurdo, pero por algún extraño motivo, esa solución lo satisfizo durante un rato, y quizá llegó a dormir realmente, y a soñar, pues, de repente, se despertó sobresaltado. Abrió los ojos. Miró a lo lejos, muy lejos, la negrura más allá de la montaña, donde el viento de la noche cambiaba. Entonces un único pensamiento se apoderó de éclass="underline" irse. Debía levantarse y marcharse, olvidarlo todo, irse. En su imaginación vio un ladrillo en particular de su patio bajo el cual había enterrado largo tiempo atrás la pesada caja de caudales de hierro llena (y repuesta periódicamente) de billetes de avión de primera clase para Río, Hong Kong, Singapur, Bombay; pasajes para París, Frankfurt, Roma; pasajes de una docena de distintas líneas aéreas, Pan Am, Qantas, JAL, Air France, Lufthansa. Eran tan buenos como dinero en efectivo y podían llevarle adonde quisiera. Podía salir volando. Cuando sus ojos regresaron del vacío y miró hacia el valle, donde el resto de la negra y reluciente noche pendía del cielo como una gran sábana hacia el oeste, quiso asomarse, descansar sobre el cielo del desierto y alejarse deslizándose. Sin embargo sabía que no lo haría, que no podría. Algo sin nombre lo retenía, y todo lo que podía hacer era alzar los ojos hacia las estrellas que aún brillaban, que oscilaban en lo alto por encima de Wild Horse Mesa, Louisiana Butte, Darwin Wash. Aún las contemplaba cuando finalmente cayó hacia atrás y se durmió.