Pero Tannis no descansó mucho tiempo. Con las primeras luces nebulosas del amanecer estaba de nuevo despierto, helado, rígido, agotado. La agitación de la noche volvió a él como una vaga sensación de inquietud que despertó sus recelos, aunque, al margen de como hubiera pasado la noche, se hubiera sentido igual. A partir de aquel momento, sabía que sus movimientos tendrían que ser muy cautelosos. O encontraba a Vogel ese mismo día o no lo haría nunca, así que estaba cerca del final, fuera cual fuese.
Pero al menos podía ser prudente. Por primera vez vio realmente dónde estaba y adónde se dirigía. Después de beber agua miró a su alrededor y descubrió que había acampado sobre un saliente rocoso que sobresalía desde la colina, pero que luego se curvaba hacia atrás siempre muy levemente. Estaba muy bien escondido. Directamente debajo del saliente, la colina descendía escarpada hasta unirse con una larga y rocosa pendiente (crestas, barrancos, una larga caída para un acantilado), que al final descendía hasta el gran valle que tenía a sus pies. A la derecha y mucho más suave, la ladera de la colina conducía a través de pinos y robles hasta un amplio y rocoso barranco. El barranco formaba el desfiladero por el que Vogel había atravesado la montaña. Cuando miró hacia abajo, Tannis pudo seguir su curso en descenso, que luego giraba sobre sí mismo, desaparecía un tramo por entre las rocas y emergía finalmente en el valle. El saliente donde se hallaba, de hecho, era el lugar perfecto desde donde se dominaba el panorama. Se dio cuenta de que, si hubiera tenido más tiempo, la mejor estrategia habría consistido en esperar el regreso de Vogel, suponiendo que regresara, y tenderle allí una emboscada. Pero no tenía tiempo, ni la comida o el agua necesarias, así que, de un modo u otro tendría que atravesar aquel valle, puesto que sin duda Vogel estaba al otro lado.
En teoría no había motivo alguno para que le resultara difícil. Con los prismáticos de Vogel sobrepasó el valle para escrutar la línea gris de colinas y riscos que había al otro lado. El prisma o la lente de uno los cristales estaba torcido, por lo que tenía una visión extrañamente escorada, pero estaba lo bastante clara como para calcular la distancia y evaluar el terreno. Supuso que eran unos doce kilómetros, incluso menos, y el terreno, aunque accidentado (rocas, firme, grava, pavimento) era ciertamente transitable. En realidad tardaría tan sólo unas pocas horas en llegar al otro extremo. Pero existían otras complicaciones. Vogel se había metido en la tierra; puesto que había encontrado una especie de mina, aquello era, con toda probabilidad, literalmente cierto. Así que tendría que seguir su rastro y luego descubrir dónde se escondía. Eso podría llevarle mucho tiempo. Y por supuesto, se combinaba con el segundo problema: la posibilidad de una patrulla que, allí abajo, pensó enfocando el valle con los prismáticos, lo divisaría sin dificultad.
¿Debía arriesgarse? La tentación era jugársela. Vogel tenía que estar cerca; en el desierto, aunque uno sea tortuoso, nunca se elige el camino más largo. Mirando hacia abajo desde el saliente, Tannis vio que el sendero alcanzaba el valle tan sólo ochocientos metros al norte de donde él se hallaba. Era casi seguro que Vogel había cruzado el valle directamente desde ese punto, o que se había desviado a derecha o izquierda tan sólo unos pocos grados. Por ejemplo diez, pensó Tannis, y con los prismáticos trazó una vista panorámica a lo largo del arco de terreno hasta llegar al otro lado. Lo que vio en su mayor parte fueron riscos, mesas, importantes bajadas, terreno demasiado escarpado para un caballo. Pero había varios barrancos. O bien atravesaban las colinas o bien a iban a desembocar en un cañón. En cualquier caso, Vogel debía de haber tomado uno de ellos, sólo era cuestión de encontrar sus huellas. Y si no tenía suerte, Tannis podría sencillamente entrar en cada uno de los barrancos por turno hasta dar con el rastro. Desde luego así se expondría a la vista, sobre todo desde el aire, pero una vez que hubiera atravesado la llanura del valle encontraría donde ponerse a cubierto. De todas formas, las patrullas de seguridad tendían a concentrarse a lo largo del perímetro.
Todos eran argumentos en favor de ponerse en camino de inmediato, pero Tannis bajó los prismáticos y no se movió. Porque, aunque resultaba tentador, sabía que no debía hacerlo. Porque no sólo habría patrullas regulares, sino también especiales. El asesinato de Buhler y la investigación eran la causa. Tras consultar con las instancias gubernamentales pertinentes y la NIS, se ha incrementado el número de patrullas de helicópteros en todo el perímetro. Sí, pensó, aumentarían las patrullas porque era el modo más sencillo de cubrirse, de demostrar que estaban haciendo algo. Así que volvió a adentrarse entre los árboles, le dio agua a Príncipe y lo ató bajo el mayor de los robles de los pantanos. Luego halló un hueco para sí mismo lejos del saliente.
Esperó.
Cuarenta y tres minutos más tarde oyó el helicóptero.
Estaba detrás de él, más atrás, sobre los cerros más altos. El sonido del rotor reverberaba pendiente abajo, desapareció cuando el helicóptero se metió en un barranco, luego latió más cerca. Pero en realidad no estaba demasiado cerca, ya que el sonido jugaba malas pasadas en las montañas. Cuando por fin vislumbró un destello del helicóptero, éste se hallaba a más de un kilómetro y medio, ladeándose en un giro que lo llevó hasta el valle. Al elevarse permitió a Tannis ver su blanca identificación; era un SH-2 Seasprite, el helicóptero estándar de la Marina. Se hundió después para cruzar un barranco, de vuelta a las montañas, y desapareció rápidamente. Pero Tannis se echó al suelo y se escondió debajo de una roca, porque sin duda llevaban cámaras a bordo y probablemente sensores infrarrojos. La caliente superficie de la roca enmascararía su presencia. Transcurrieron tres o cuatro minutos, pero ni siquiera entonces se acercó; pasó por detrás de él, colina arriba, y todo lo que oyó fue el zumbido de las turbinas y el pesado golpeteo de los rotores. Después, súbitamente, también el sonido desapareció; el helicóptero debía de haber descendido y algún alto lo ocultaba. Cautelosamente Tannis asomó la cabeza. Pero no había nada que ver, y aunque, tras unos instantes, el sonido de los motores volvió en su dirección cuando el helicóptero cruzó por entre las montañas y barrancos, poco a poco fue desvaneciéndose a medida que el trazado de su ruta lo alejaba del lugar. Tannis sabía exactamente lo que estaban haciendo: volar a lo largo del perímetro, consiguiendo así que fuera casi imposible cruzar los límites. No buscaban nada en particular, pensó, se limitaban a cumplir el trámite, a cubrir el expediente. Sobre todo, y puesto que se mantenían tan pegados al perímetro, no sospechaban que alguien estuviera ya dentro de la base.