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Tannis reemprendió la marcha. El sol había subido en el cielo. Él y el mulo proyectaban una sombra negra sobre el liso terreno gris, tal era el efecto que causaban. A medida que se acercaban a los riscos, Tannis se convertía más claramente en una figura en el paisaje, empequeñecida por su tamaño, pero moviéndose con mayor claridad en comparación con su quietud e inmovilidad. Era una jugarreta de su imaginación, pero los pasos de Príncipe le parecieron sonar más alto y los músculos de sus hombros le parecieron más definidos, notando sus intrincadas conexiones bajo la reluciente chaqueta. Sin embargo el cielo era del mismo azul claro y las tres nubes no se habían movido. Tampoco parecía que hubiera avanzado ni un centímetro en relación con ellas. Pero paulatinamente iba acercándose a las colinas que tenía delante. Las huellas de Vogel oscilaban ligeramente hacia un lado y luego giraban más bruscamente, eliminando casi con toda certeza el más oriental de los tres barrancos, dejando sólo dos, que formaban una vaguada. A unos cuatrocientos metros quizás antes de llegar a ellos, el terreno cambiaba y se elevaba en una pendiente de roca y grava. Era el montículo de limo dejado por los ríos que en otro tiempo habían discurrido por sus canales. Allí se perdían las huellas de Vogel; el terreno era pedregoso y cubierto de rocas, pero Tannis se limitó a aflojar las riendas y dejar que el mulo hallara el camino por sí solo. Se dirigió hacia la izquierda, rechazando de nuevo y definitivamente la abertura hacia el este. El declive se hizo más empinado, lo suficiente para que el mulo tuviera que buscar y escarbar un apoyo seguro para las patas delanteras. Casi de forma imperceptible, la boca del barranco empezó a engullirlos, aunque al principio no resultó demasiado impresionante, ya que formaba una abertura amplia e indistinta con paredes de suave inclinación a ambos lados que no sobrepasaban los nueve metros de altura. Parecía no conducir a ninguna parte, como si no hubiera ningún sitio al que llegar. Daba la impresión de que más adelante los dos lados se elevaban mucho más alto, pero doblándose sobre sí mismos, acabando en un cañón en forma de U. Sin embargo, cuando alcanzó ese punto, Tannis comprobó que el barranco daba un brusco giro y se constreñía a un estrecho desfiladero, más allá del cual volvía a abrirse. Vaciló, luego prosiguió la marcha. Y tan pronto como empezó a cruzar el desfiladero, vio que el barranco se prolongaba, mucho más estrecho, con paredes más altas y escarpadas a ambos lados, paredes de dieciocho a veinticinco metros de altura, tan altas y empinadas que los rayos del sol bañaban tan sólo la parte superior y el suelo del barranco yacía en una profunda y fría sombra. Recorrió aquel camino durante cuarenta y cinco metros y entonces se dio cuenta de que estaba atrapado.

Detuvo al mulo. No se movió. Miró a su alrededor y no le cupo la menor duda de que estaba en un trampa. Una trampa, comprendió, que tenía al menos dos mil años de antigüedad. Cogió los prismáticos de Vogel para examinar los riscos a ambos lados por encima de él y por todas partes vio los petroglifos, centenares de ellos, miles, grabados en la superficie de cada roca: estilizadas figuras de hombres, ovejas y perros; y abstracciones, escudos blasonados de armas y figuras humanas apenas esbozadas, como hombres de pesadilla, con un pie de tres dedos, fálicos, con cuernos y con múltiples ojos. Alzando los prismáticos hacia el borde rocoso vio tres cazadores simulados, piedras enormes balanceándose unas encima de otras para formar la figura de un hombre, como si fueran muñecos de nieve o espantapájaros. Sabía exactamente lo que representaban, puesto que él en persona había descubierto muchos de aquellos emplazamientos. Había varios centenares esparcidos a lo largo de las colinas y cañones de la base. Habían sido realizados por una raza desconocida de indios, que había desaparecido mucho antes de que los indios históricos llegaran a aquella parte del desierto. Eran los «antiguos». Habían cazado con lanzas llamadas atlatls, antes de que se inventara el arco y las flechas, y su presa había sido el carnero de grandes cuernos cuyas imágenes eran caraterística principal de los petroglifos, en los cuales aparecían dibujados con grandes cuernos curvados y patas saltadoras. Los indios modernos habían supuesto que aquellas representaciones eran religiosas, pinturas de dioses o espíritus, pero los científicos del NOTS, tomándose el rompecabezas de su significado como un pasatiempo, las habían tomado por lo que eran: ecuaciones, cálculos, descripciones. Habían sido dibujadas para atraer a los carneros hacia los cañones y desfiladeros donde los cazadores emboscados, ocultos en escondrijos de piedra a lo largo de las paredes del cañón, los habían matado. Como ciencia había sido suprema, perfectamente predictiva y capaz de réplica en generaciones sucesivas, hasta el punto de haberse extinguido los carneros y haber desaparecido los cazadores. Aquellas extrañas señales eran la única huella que había sobrevivido, aunque a partir de las mismas Tannis sacó sus propias conclusiones. La más importante: no estaba en un barranco, un paso a través de las montañas, sino en un cañón, un camino sin otra salida que el lugar por donde había entrado. Por lo tanto Vogel estaba sin duda por delante de él. Tannis adivinó incluso que debía de estar en una cueva, uno de los antiguos lugares ocupados por los indios y muy bien pudiera ser que en ese mismo momento lo estuviera observando. No percibía esta sensación en absoluto. No tenía la sensación de que alguien estuviera vigilándolo. Pero seguía sin gustarle.

Sobre todo le incomodaba su expuesta situación sobre el mulo, de modo que se deslizó rápidamente de la silla y dio unos pasos atrás, manteniendo a Príncipe entre él y lo que hubiera delante. Con una vara lo azuzaba para que siguiera avanzando. Tras recorrer veinte metros, el terreno rocoso terminó bruscamente en un suelo arenoso, un «tanque de arena» lo llamaban. Los borricos y caballos que todavía vagaban por aquella zona del desierto irían allí y escarbarían con las patas el blando suelo, ya que en aquel lugar habría agua durante la mayor parte del año. Tannis recorrió toda su extensión y descubrió las huellas del caballo de Vogel, al paso, aparentemente sin ninguna prisa. Miró hacia arriba y en torno suyo. En aquel punto las paredes del cañón era muy altas y sólo el reborde más occidental recibía la luz del sol. Más allá todo se veía a contraluz y Tannis sabía que si alguien se ocultaba allí, él no podría verlo. ¿Pero cómo hubiera podido Vogel subir hasta allí? En cualquier caso, tenía que seguir o bien dar media vuelta. Sencillamente no le quedaba otra alternativa. Así pues, le dio otro golpe al mulo con la vara. Más adelante el cañón se volvía más estrecho. Podía imaginar a los carneros amontonándose allí por el pánico, y a ambos lados, derecha e izquierda, vio los antiguos escondrijos de caza. Los habían construido en lo alto de las pendientes, de modo que los cazadores arrojaran sus lanzas hacia abajo, desde ruedos de rocas apiladas unas encima de otras, como nidos fosilizados o infantiles fortificaciones de nieve. Tenían muy poca altura, lo suficiente para ocultar a un hombre agachado. Se quedó allí parado durante unos instantes, inspeccionando cada uno de ellos por turno, motivo por el cual descubrió que había uno diferente: se había desmoronado. Podía no haber tenido importancia, sobre todo porque era imposible que nadie se ocultara allí, pero únicamente porque destacaba de los demás y llamaba su atención, se acercó a Príncipe, cogió las riendas y súbitamente lo azuzó vivamente cuesta arriba en aquella dirección.