Holter, Nudleman, Suits, Wolfe y Zissis, Fundamentos de la tecnología de la radiación infrarroja
7
David Harper miró al otro lado de la habitación donde Anne Brahe estaba tejiendo un suéter para Derek, su hijo de diez años. Trabajaba con rapidez, la cabeza agachada, sin darse cuenta de que él la estaba mirando.
Se hallaban en la casa de campo de ella, situada en las afueras de Kirkcudbright, al sudoeste de Escocia, y se sentaban a ambos lados de una pequeña chimenea de piedra. Entre ellos había una larga mesa de caoba. En el lado de David la mesa había sido despejada para que él pudiera reparar una cámara de cine Aaton de 16 mm., mientras que en el de Anne había una cesta de mimbre que contenía dos ovillos de lana de color azul marino. Junto a ella había una revista de patrones que una taza de café vacía mantenía abierta por la página que estaba utilizando.
Habían estado trabajando afanosamente durante una hora más o menos, charlando en ocasiones, pero sobre cosas banales.
Ambos tenían una lámpara junto a ellos y se sentaban bajo su luz, pero el resto de la pequeña habitación de techo bajo estaba a oscuras, en sombras que atravesaban las paredes toscamente enyesadas y que, encima de la repisa de la chimenea, se hallaban iluminadas por el reflejo de una hilera de fotografías enmarcadas. Las imágenes se perdían en la oscuridad, pero ambos sabían qué retrataban: un oso polar, un colibrí, un leopardo saltando. Era después de la medianoche. El ambiente era afable y pacífico.
Las agujas de Anne golpeaban una contra la otra. De vez en cuando se oía el chirriar de los muelles cuando se movían de posición. Anne estaba sentada en un antiguo sofá y David en una enorme y mullida butaca. En ocasiones una ráfaga de viento, llegada desde Solway Firth, golpeaba el cristal de la ventana.
David la contempló durante unos instantes más y luego cogió la última pieza de la cámara que colocó en su sitio y atornilló. Cuando hubo terminado, sopesó la cámara en su mano y la volvió a dejar sobre la mesa. Luego volvió a colocar el destornillador en su sitio; había estado usando uno de esos destornilladores de cinco en uno, en los que cada uno se deslizaba dentro del mango del siguiente de mayor tamaño. Tras enroscar la tapa sobre el último, lo dejó sobre la mesa con un sonido que llamó la atención de Anne.
– ¿Has terminado?
– Es todo lo que yo puedo hacer.
– ¿Tú crees que funcionará?
– Probablemente. Pero de todas formas tengo otra cámara.
Ella había continuado tejiendo mientras hablaba, pero ahora sus manos se quedaron quietas sobre el regazo y miró a David, viéndolo rápidamente en toda su familiaridad, notando tan sólo, como siempre ocurría, su fuerte boca, hermosa pero muy masculina, que en ese momento esculpía el contraste entre la brillante luz y las sombras.
– ¿No arreglaba cámaras tu padre? -preguntó.
David asintió, pero se sintió extraño hablando. De repente se dio cuenta de esa extrañeza.
– Cierto -contestó-. En la RAF. Eran cámaras de reconocimiento, muy grandes. Si él se hubiera encargado de ésta habría acabado hace media hora.
– Así que la fotografía es algo natural en ti, cuando piensas en ella.
– En cierto sentido. Pero nunca me interesó de chico. Sólo me interesaban los aviones. Quería ser piloto, y luego mecánico de avión. Supongo que podría haberlo sido de no haber ido a la universidad.
– Pero fuiste.
– En efecto. Así que ahora soy un mecánico aficionado.
Ella sonrió y luego volvió la vista a su trabajo. Había resuelto terminar la primera manga, al menos hasta el puño, antes de acostarse. Mientras trabajaba permaneció silenciosa, aunque sólo por un instante. Después volvió a dejar caer las manos sobre el regazo y a alzar la vista.
– No creo que haya muchos niños que consigan hacer lo que quieren cuando son mayores. Al menos hoy en día. Derek quería ser explorador, como Scott. Luego capitán de barco. Pero por supuesto lo guiarán hacia otros caminos y acabará estudiando una carrera.
– Salvo por el hecho de que hay capitanes de barco. Y todas las bailarinas empiezan siendo niñas. Supongo que algunos lo consiguen.
– Quizás entonces ésa sea una de las grandes divisiones. Los que lo consiguen y los que no.
Él no contestó y ella siguió tejiendo. Mientras hablaban, David había ido replegándose sobre sí mismo y ahora, apoyándose contra el respaldo, se refugió más en las sombras, lejos de la lámpara. Cuando se movió, porque se movió, una corriente cruzó la habitación, flotando en la oscuridad desde el lado opuesto de la habitación, las oscuras ventanas, y derramándose en una brillante catarata donde ella estaba sentada. Luego se arremolinó sombríamente en torno a él. David la contempló en silencio desde dentro de aquella corriente. Su mirada, bajo las cejas finas y oscuras, era firme y directa. Sólo quería mirarla. Podía verla muy claramente, como si estuviera sentada al sol, quizá recién salida del agua; tenía este tipo de brillo. Llevaba una bata de rizo blanco sobre un camisón de algodón azul que la tapaba desde el cuello hasta los tobillos, por encima de las sandalias de paja que calzaba. Se había lavado antes los cabellos, que ahora, casi secos, caían en grandes y suaves mechones peinados hacia atrás, dorados, pero llenos de iridiscencias cobrizas. Del mismo modo, su misma blanca piel parecía empolvada de cobre y oro, y sus labios oscuros y carnosos estaban perfectamente delineados por una línea más pálida de color plateado. En una ocasión David había visto un artefacto vikingo, una hebilla de hierro perfilada con una filigrana de plata, y entonces se le había ocurrido. Ella tenía una belleza vikinga, nórdica, azotada por el viento. No había nada voluptuoso o exótico en ella. Era una belleza simple. A los treinta y seis años tenía la belleza de una colegiala, y el placer de mirarla, simplemente de mirarla, era como el placer de un muchacho que contempla a una muchacha del otro lado de la clase, quien no tiene la menor idea de que él la está mirando. Ensimismada, sus dedos realizaban los intrincados movimientos de las agujas. Sus manos no eran elegantes según los cánones. Tenía los dedos afilados y huesudos, con nudillos levemente abultados. Enseguida le vino un recuerdo a la memoria, arrastrando tras de sí su historia y contexto particulares, su cómo y su porqué, pero no se preocupó en retener este recuerdo en la mente. Todo lo que quería era la imagen de ella. Se había metido en una corriente de agua poco profunda y lenta y estaba arrodillada sobre una roca, lavando un suéter. Los tejanos estaban mojados y oscuros hasta las rodillas, hasta donde se había metido, y la blanca camisa que llevaba se le subía cuando se inclinaba hacia delante, revelando su morena espalda y las vértebras de la espina dorsal. El cabello le caía hacia delante y no podía verle el rostro, pero sus manos, cerradas en puños infantiles, restregaban el tejido del suéter hacia delante y hacia atrás, hacia delante y hacia atrás…
La polla se le endureció, desenroscándose y apretándose contra su estómago. Pero él no se movió. Durante unos instantes sintió una maravillosa, profunda y plena satisfacción, pero luego le invadió el temor. Sus miembros se volvieron de mantequilla, se le aceleró el pulso, la ansiedad lo acometió en oleadas. Tenía miedo, no de ella exactamente, sino de un modo más misterioso, como si tuviera miedo de sí mismo, como si realmente fuera un colegial de nuevo, como si la inocencia primigenia de su deseo hubiera sido condenada por un perverso juicio o proceso, como un impulso diferente, o más oscuro. ¿Qué iba a hacer? ¿Lo haría? En la oscuridad no podía verse a sí mismo, ¿y qué vería ella? No estaba claro, pero en los ojos de ella, saliendo de la oscuridad, sin duda él quedaría transformado en monstruo o en ángel. En cierto sentido y por esa causa recordó aquella primera vez; las circunstancias no eran tan diferentes. Sentía la garganta seca y estrangulada, ahogada por las palabras que no podía pronunciar. Ahí estribaba precisamente la dificultad; se veía virtualmente compelido a permanecer tan mudo como un colegial. La historia entera de su relación y la particular situación de él en la casa (habían sido amigos durante tanto tiempo; había sido amigo del marido muerto de ella; era una especie de tío para el hijo de ella) hacía imposible las palabras. Cualquier cosa que él hubiera dicho y cualquier cosa que ella hubiera respondido, hubiera tratado de evitar el riesgo y conservar lo que (él lo sabía) sólo podía ser un recuerdo. Si lo hacía no habría forma de retroceder. Súbitamente se dolió, lamentándose por aquellos recuerdos, pensando en esa misma tarde, cuando ella se había dado la vuelta en el umbral de la puerta y lo había llamado para preguntarle si quería algo del pueblo. La fácil familiaridad de su voz era algo que no volvería a escuchar de nuevo, o no lo escucharía de esa misma manera. Habían estado muy unidos, pero su misma intimidad definía un abismo que sólo se podía franquear mediante un salto. Así que esperó, aún en la oscuridad. Al final su ansiedad pasó y en su lugar llegó la debilidad, el temblor. Y ya no la tenía dura. Casi se reprochaba a sí mismo, sentía una furia infantil, una terrible frustración. Pero como una vieja y mala costumbre, sabía que también eso era un reflejo del pasado que debía ser ignorado. De modo que se quedó sentado allí mirándola, viéndola tan absorta, contemplando su rostro, sus encantadoras manos, sus pechos, todo a la luz, y entonces se le endureció de nuevo. Se levantó, cruzó el oscuro espacio entre ellos y se sentó a su lado.