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Se sentó tan cerca que ella levantó la cabeza sobresaltada, con los oscuros labios entreabiertos por la sorpresa. La besó de inmediato, no le dio oportunidad de vencer la confusión. Los labios de ella se abrieron suavemente bajos los suyos cuando los oprimió con su boca. Fue un largo y lento beso que lo decía todo, desde ese momento no podría caber ya la menor duda. Pero no bien acababa de soltarla, ya estaba besándola de nuevo, muy suavemente, buscando con delicadeza, hasta que le cogió el grueso labio superior entre los suyos y los cerró dulcemente alrededor, estirando suavemente hasta que se deslizó con lentitud volviendo a su lugar. Entonces la dejó ir de nuevo y esta vez se echó hacia atrás, apartándose.

Al liberarla, se sintió él mismo liberado. El alivio lo invadió como una suave bocanada de aire, como una brisa que acariciara su piel. Estaba en trance. Podría haberse dormido. Era como un jugador en el instante antes de que rueden los dados, enfrentado al destino con los ojos cerrados. Ahora quedaba en manos de ella. Pero no del todo. Ella apartó la vista, se dio la vuelta. Era el momento en que diría no, o al menos pensaría en decirlo. Él vio la duda en sus ojos, y el temor. Mientras la contemplaba, vio la luz morir en sus ojos y su piel perder el brillo, ya no se veía la luz reflejada en su piel. Vio cómo se alejaba de él pero, con gran tranquilidad, como si facilitarle el escape o atraerla de vuelta no estuviera, por un instante, del todo claro, levantó las manos hacia el rostro de la mujer, hacia su mejilla, y su pulgar la acarició hasta reposar en el blando hueco bajo la oreja. Con ese leve punto de apoyo, combatió la tensión de su cuerpo hasta que ésta se aflojó. Ella murmuró, con un débil sonido de asentimiento, desde lo más profundo de su pecho, como si hablara consigo misma, y luego se dio la vuelta, se aproximó a él y ya estaba entre sus brazos, con la boca entreabierta y ansiosa de que la respiración de él le insuflara nueva vida.

¿Cuánto tiempo había estado ella esperando? Sólo más tarde se preguntaría él cuándo la habría poseído un hombre por última vez. Su boca era tierna, torpe, como la de una niña. Ya no conocía todo aquello, o lo había olvidado. Sus labios lo excitaron, captaron un momento pasado de la vida de ella y lo evocaron: la alegría, una mañana feliz, su marido, besos a su hijo, un beso de buenas noches. Del mismo modo, cuando él le abrió la bata, sus pechos parecieron sorprenderla por su inmodestia, hinchados antes de que la mano de él se cerrara sobre ellos. Y cuando los dedos del hombre encontraron los pezones, ella se quedó boquiabierta, de nuevo como sorprendida, luego gimió, recordando, hallando una vez más las sensaciones. Al sacarse el largo camisón por la cabeza pareció ofrecerle toda la historia de su belleza. Era una niña, era una niña pequeña, y cuando emergió y se sacudió los cabellos, ese movimiento tan inconsciente, rápido e íntimo como si él no hubiera estado allí, a él se le cortó la respiración, tan hermosa era. Una mujer realmente hermosa. Los cabellos relucían en torno a su faz, su piel pecosa centelleaba a la luz. Al reclinarse, sus pechos se alzaron y ella los miró ufana, ruborizándose de placer, como una muchacha secretamente orgullosa de que sus pechos sean mayores que los de las otras muchachas. Ése era su secreto. Le encantaban sus tetas. Bueno, él le demostró cuán encantadoras eran en verdad. Las besó y ella suspiró con cada beso. Jugó con sus pezones, los chupó y los oprimió, mientras más abajo sus dedos se deslizaban en su interior y la hacían feliz de otra manera. Ella gemía. Sin embargo se contuvo. Lo apartó de ella, los dedos clavados contra su pecho impidiendo que se acercara. Por un momento, casi inmóviles, sus cabezas asintieron a un tiempo, mejilla contra mejilla. Luego ella lo apartó un poco más. Estaba medio de pie, medio arrodillado sobre el sofá, con la polla erecta entre los muslos. Ella la miró. Quería mirarla, así que lo hizo. Luego extendió la mano y la cogió, asiéndola firmemente, pero con bastante torpeza, como si deseara asegurarse de que era real, de que estaba realmente allí. Lo tuvo así cogido durante un instante, luego lo empujó aún hacia atrás.

Y cuando alzó la vista para mirarlo con sus hermosos ojos azules, era ella misma por completo, adulta, puesta de nuevo al día; con él, aceptando las consecuencias de lo que había ocurrido. Sabía quién era ella y quién era él. Como prueba de ello, habló por primera vez, susurrando su nombre, David, David, y luego, casi como por casualidad, como un animal que fuera a beber, deslizó la boca sobre su miembro. Él apenas lo notó, tan suave era ella, tocando pero sin tocar, lamiendo pero tan leve como el aire, dulce, considerada, zalamera, tentando, exprimiéndola con gran lentitud, primero con los labios y descendiendo luego más profundamente, succionando, cubriéndola, pero casi con igual rapidez dejándola escapar, antes de hundirse finalmente hasta el fondo. Entonces él bombeó hacia su interior, metiéndosela hasta el fondo de la garganta, entregándose completamente a ella. Él gimió.

Y eso era lo que ella quería. Gimoteó en respuesta; un pequeño eco de su propio deseo, un pequeño grito temeroso que se perdió en un murmullo de placer, como si de nuevo hubiera perdido algo y acabara de encontrarlo. La lamió. La chupó. Y entonces su boca se volvió salvaje. Él perdió casi el control, pero una dulce y leve frialdad se iba extendiendo por su cuerpo. La boca de ella era como un manantial, fluyendo de una oscura y secreta fuente, refrescando a ambos, bañándolo incluso mientras ardía, enfriándola para que pudiera así mantener el calor de él. Finalmente retiró la cabeza; le brillaban los labios. Tan sencilla como una niña, se los enjugó con el dorso de la mano. Luego se echó hacia atrás el cabello (con una mano a cada lado del rostro apartó el pelo y echó la cabeza hacia atrás) y luego se tumbó de espaldas sobre el sofá, con el rostro vuelto hacia un lado sobre un cojín. Él estaba aún medio vestido. Se quitó la ropa calmadamente y luego se quedó de pie junto al sofá con la polla erecta apuntando hacia ella. Ella separó las piernas y él se arrodilló delante, con un pie aún sobre el suelo. La penetró con un único impulso. Ella sonrió, y tal vez él hubiera reído, tan fácil le resultó. La mujer lo atrajo hacia sí, oprimiendo su rostro contra la mejilla. Todo él empezó a moverse, hasta el fondo cada vez. Eso era lo que ella quería, allí era donde lo quería, y con un malicioso y pequeño apretón lo retuvo allí. Gimió y lo dejó ir, pero volvió a tomarlo inmediatamente. Era suyo. Había esperado largo tiempo y no iba a dejar que se escapara. Dentro y fuera, una y otra vez, como jugando al corre que te pillo o al escondite. Entonces ella empezó a menear el culo y alzó la cabeza para darle un amistoso beso. Tan dulce fue el beso que él se metió dentro de ella, hasta lo más profundo, suspirando cuando llegó. Entonces, henchido dentro de ella, descansó con la cabeza sobre sus pechos. Ella estaba doblada en torno a él, cerrada en torno a él, abrazándolo. Él esperó en la profunda y callada oscuridad. Luego se levantó. Lentamente la sacó. Luego volvió a meterla. Y entonces la folló, cada golpe tan suave y fácil como si pasara un cepillo sedoso por sus cabellos. Ella se perdió, estaba esperándolo, todo estaba esperándolo, y lo único que él tenía que hacer era tomarlo, continuar. La penetró, luego la penetró aún más, y entonces la poseyó. Pero precisamente en ese. momento sintió que empezaba a correrse; el inicio, un profundo y pesado espesamiento tras los testículos, la presión que ejercía. Inmediatamente una breve imagen pasó por su mente. Durante unos instantes pudo verse a sí mismo, su rostro. Sabía lo que estaba haciendo. Estaba haciendo el amor con Anne Brahe en su pequeña y oscura casa de campo escocesa. Pensó en Axel, el marido muerto y viejo amigo suyo. Y supo que su propio nombre era David Harper. En otro tiempo… en otro tiempo: toda su historia pendió de aquel instante; quién era, sus habilidades, sus gustos, sus costumbres, sus conocimientos. Era él mismo, dominaba la situación. Entonces se clavó, se detuvo, y una violenta, resuelta y amortiguada fuerza se extendió por su polla, que volvió sigilosa sobre sí misma, a su interior. Podía continuar durante horas. Estaba tan dura como el hierro. Acero. Saliendo de ella, estaba tan brillante como un cuchillo a punto de envainarse. Sin embargo todo aquello ocurrió en un instante. Y ella lo sintió, lo comprendió. Pero no se asustó. «Por favor, David», dijo, con una voz que mantenía una calma total, completamente normal. «Oh, por favor», exclamó, con una voz que sencillamente pedía lo que quería. Lo cual, milagrosamente, era lo mismo que él deseaba dar. Le invadió un sentimiento a la vez grave y ligero, como el perdón. Y lanzó al viento toda precaución, se liberó de algo, y también ella, meneándose de nuevo, sintiéndolo dentro de ella por completo, sacudiéndolo hasta su misma raíz y gritando en sus brazos. Con una última, profunda y tierna penetración se perdió en su interior.