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Más tarde, en la cama de ella, volvieron a hacer el amor, calladamente, uno junto al otro, pues ella pensaba en su hijo, que dormía en el ático encima de ellos. Después durmieron. Y luego se despertaron. Permanecieron juntos en la cama. Le contó a ella el cómo y el cuándo. Le contó el porqué, tal como él lo entendía. Ella le contó a él que no se había dado cuenta, pero tenía que haberlo notado. Con la fría noche en su piel charlaron hasta que amaneció, el instante que vivían era apenas suficiente para contener todo lo que tenían que decirse. En cuanto al pasado, parecía por fin muerto y enterrado, en lo que a Harper se refería. Era imposible que volviera. Había sobrevivido, había llegado hasta allí, todavía seguía vivo y no pensó en ningún momento que la casualidad, el poder arbitrario del mundo exterior pudiera alcanzarlo. De modo que no pensó, ni habló del laberinto de la historia pasada que conducía, a través de él, a China Lake.

8

Pero una mitad de la casualidad, aunque David no lo supiera, ya se había producido. Lo que había ocurrido entre él y Anne era irrevocable y su pérdida, implícitamente, sería catastrófica. Aquél acabaría siendo el momento decisivo. En ese sentido los dos días siguientes sirvieron tan sólo para intensificar la inevitabilidad de lo que sucedería. Porque estaban enamorados. En aquellas primeras pruebas con las que se enfrentan los nuevos amantes, transmitieron al mundo exterior sus sentimientos, desde susurros en la oscuridad a voces ordinarias a la luz, y nada lo estropeó. Se amaban cuando no hacían el amor. Se amaban en silencio. Se amaban cuando estaban callados. Estando en pleno campo un cierto día en busca de águilas reales que filmar (ése era el motivo por el que había ido a Escocia), David se concentró tanto en su tarea que no pensó en Anne durante toda una hora. Cuando se dio cuenta, experimentó un momento de pánico, como si despertara de una pesadilla. Pero no había razón para asustarse; todo lo que sentía estaba allí, esperando. En otra ocasión se le metió una melodía en la cabeza de la que no se podía librar. No sabía qué era, pero cuando se la tarareó a Anne, ésta la recordó de inmediato; parte de la letra decía: «¿Crees en la magia?» Claro está que resultó bastante cómico, y ellos se rieron. Se rieron mucho de sí mismos durante aquellos dos primeros días, pero tenía cierto sentido, pensó David. Era

como si volviera a cruzar aquellas puertas de la infancia, cuando se deja de creer, cuando se pierden los héroes y los sueños, pero hacia el otro lado. Había recuperado aquel tiempo y aunque la magia que poseía era bastante modesta, era todo lo que necesitaba. Con los labios apretados contra el pecho de ella, sentía toda una vida en su interior. El sol no brillaba con más fuerza para ellos, pero veían toda la luz que tenía para ofrecerles. Había encontrado con ella el poder de cambiar, y así, cambió también el mundo dentro de los límites que él deseaba.

En aquella situación sólo dos cuestiones hubieran podido turbarlos, pero a la postre no supusieron ningún problema en absoluto. La primera era Axel, el marido de Anne, que, para más complicación, había sido un amigo decisivo en la vida de David. En realidad David lo había conocido antes a él que a Anne. Era un fotógrafo de la vida salvaje que había muerto en Kenia en un accidente de avión y que había ayudado a David en sus comienzos, o más bien en su segunda vida. David había diseñado un equipo de infrarrojos especial para él cuando Axel estaba filmando sobre los animales nocturnos y había sido por incitación suya que David había acabado por dedicarse a la fotografía. Ése había sido el principio de muchas cosas, de su «nueva vida», como él lo había considerado en un tiempo, así que, después de la muerte de Axel, sus atenciones para con Anne habían sido una especie de retribución. Podría pensarse quizá que había sobrepasado ahora la cuantía de la deuda, pero Axel había tenido mucho de melancólico perro danés y había ostentado un modo vehemente y apremiante de intentar procurar la felicidad de cuantos le rodeaban. Cuando hablaron de él, sentados en el pequeño salón de la casa, con sus fotografías sobre la repisa de la chimenea, resultó sencillo invocar su bendición.

Por otro lado, el segundo problema, Derek, podría haber sido más complejo. Ya la primera noche, David se había percatado de lo pendiente que estaba Anne de su hijo, que dormía sobre ellos. Derek se había instalado en el viejo desván al fondo de la casa. Incluso había eliminado las escaleras que conducían a él, reemplazándolas por una escala de cuerda que recogía tras de sí. ¿Le estaba recordando Anne que pertenecía a otra persona, que ella y Derek tenían unos vínculos inextricables? Pero tal vez, pensó, el mensaje había sido muy otro, un recordarse a sí misma que el muchacho no podía ser toda su vida, que ya se estaban separando. No obstante, al final, si Derek era un problema, él mismo lo resolvió. Lo supo desde esa primera mañana. Les echó una mirada mientras estaban sentados en la cocina (ni Anne ni David osaban hablar; Anne rompió en pedazos una tostada al untarla de mantequilla) y abrió unos ojos como platos. Pero luego sonrió, aceptando lo obvio como lo que era, «por supuesto», incluso «ya era hora». David notó entonces que sus relaciones cambiaban, como los presos de una celda. Pero estaban más unidos. En su aceptación había incluso una sensación de alivio. Se quedó ensimismado por un momento, sentado sin hablar, y luego, con el desayuno delante de él, pareció sencillamente reanudar el transcurso normal de la vida.