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Recogió su equipo: la cámara Aaton de 16 mm., un cinturón con una batería incorporada, dos rollos de película, exposímetros, su Leica, los prismáticos, y emprendió el camino. El terreno estaba cubierto de montículos de hierba y piedras escondidas. Tuvo que trepar por encima de los cascotes de algunas viejas cercas de piedra, pero conocía la ruta más fácil porque ya había subido hasta allí cuatro veces aquella semana. No era tan difícil. El Dromore era como un gigante que se alzaba a su lado, contemplando el valle más abajo. La pendiente desde el hombro hasta el pedregoso pecho formaba un gran risco, imposible de escalar desde el valle, pero la parte superior del viaducto donde David había aparcado estaba más arriba, alrededor de los tobillos, así que pudo ascender con relativa facilidad por el declive de pierna y muslo; luego se hacía más escarpado al subir por el torso. Le llevó unos cuarenta minutos llegar a la cima. Ahora estaba a una gran altura. Los edificios de la granja parecían diminutos. El río serpenteaba a su alrededor en un suave y oscuro recodo. Podía ver los verdes campos del valle que llegaban hasta las marrones colinas del otro extremo, e incluso más allá, y sobre todo ello se desplegaba el brillante cielo. El viento le golpeaba la cara obligándole a entornar los párpados. Sintió, como siempre, el placer de estar solo en el gran espacio del mundo bajo esa luz; un placer que había sido la salvación de su vida, de modo que, una vez más, podría haberle recordado el pasado. Pero no pensaba nada en absoluto. Se limitaba a estar allí de pie, la espalda liberada de la mochila y su húmedo y encendido rostro enfriado por el viento. Luego se puso a trabajar. Como todos los fotógrafos de la vida salvaje, a menudo se había encontrado desprevenido al aparecer la presa antes de que estuviera preparado. Se dio prisa por tanto. Tenía allí gran parte del equipo que había dejado previamente en una maleta de aluminio, atada fuertemente con cuerdas bajo una lona impermeable. Abrió la maleta. Contenía un equipo de escalada, cuerdas, polipastos, piquetas. Ya había colocado las clavijas de escalada, así que poca cosa quedaba por hacer y estuvo listo en un momento. Caminó hasta el borde del risco. Con un movimiento estándar pretendía descender hasta mitad de camino por ese lado, dejando de tal forma el horizonte despejado, fuera de los límites de la habitual percepción de peligro del ave. Como de costumbre tenía tres cuerdas por separado. Con la primera bajó cámara y objetivos hasta una ancha roca que sobresalía del costado del risco y sobre la que podría situarse él mismo. La segunda era una cuerda de seguridad, que sujetó al arnés de cables que llevaba en el pecho. Y la última, metida por un polipasto de tres piezas, estaba unida a una silla de contramaestre a la que se ató él mismo. Miró hacia abajo. Era un largo descenso; primero una larga caída hasta la antigua vía del ferrocarril y luego una segunda hasta el fondo del valle. Pero no tenía miedo a las alturas. Se dio la vuelta, se echó hacia atrás (un risco se baja siempre de espaldas) y saltó al vacío.

Durante unos instantes colgó ingrávido. Todo su peso lo soportaba la cuerda, pero luego extendió el pie y con la punta de la pesada bota encontró una grieta unos centímetros más abajo y movió el cuerpo hacia ella. Se detuvo tan sólo unos segundos, comprobando, luego bajó el pie izquierdo. La cuerda estaba tensa. Imaginó la cuerda tensándose contra la escalonada hilera de clavijas en la cima del risco y la soltó un poco. Dio otro paso. Parecía muy peligroso, incluso espectacular, pero sólo hacía falta una cosa: tener los nervios bien templados. Echando todo el peso hacia atrás y con suficiente tensión en la cuerda, su cuerpo mantenía un ángulo constante con el risco, que él utilizaba como punto de apoyo. En unos pocos minutos había alcanzado la única parte difícil. Unos dos metros y medio más abajo, el lado del risco sobresalía ligeramente formando una especie de cuerno. Para sobrepasarlo tuvo que darse impulso para oscilar hacia fuera, soltar la cuerda y caer, y luego interrumpir la caída, cogiendo la cuerda con fuerza y dejando que el brazo soportara el tirón, de modo que volvió a oscilar hacia el risco. Con los pies por delante, golpeó la piedra. Recuperó el equilibrio. Después todo resultó más sencillo. Se limitó a bajar a saltos, siguiendo un ritmo, y rápidamente alcanzó el saliente rocoso. Desató la cuerda, clavó tres clavijas en el risco con el martillo y pasó una cuerda por en medio que enganchó a su blindaje de cables de seguridad. De ese modo tenía la cuerda principal, la de seguridad, más esa otra suplementaria. Asegurado de tal forma, comprobó la solidez de la roca. Era firme y bastante plana, pero no lo bastante espaciosa para que pudiera darse la vuelta. Sin embargo, por detrás de él, el risco se curvaba ligeramente hacia dentro, de modo que podía apoyarse fácilmente. En conjunto sería un buen lugar para trabajar. Se puso manos a la obra. Atrajo hacia sí la mochila donde llevaba la cámara. Se colocó la batería alrededor de la cintura, con la cámara conectada a ella. Enroscó un objetivo de distancia focal variable de 50- 150 mm. y luego tomó una serie de lecturas con el exposímetro; contra el cielo, a derecha e izquierda y del oscuro valle. Preparó la cámara en consecuencia, abriendo el diafragma al máximo posible, práctica que seguía habitualmente cuando filmaba aves en vuelo, sacrificando profundidad de campo para captar el máximo de color. Por supuesto, no había nada que filmar. Después de todo aquel esfuerzo, el cielo estaba vacío, ni siquiera vio un cuervo. Lo cual significaba que no podía hacer otra cosa que esperar.