David se relajó, se recostó contra la pared de piedra y se quedó allí encajado. Había utilizado menos de siete minutos de película, pero estaba exhausto, empapado en sudor, y la cámara parecía de plomo en su mano. Pero no podría haberlo hecho mejor. Era ya casi mediodía. Respiró hondo. Descansó un rato. Tenía la prudencia necesaria para no desear moverse hasta que hubiera recuperado las fuerzas, pero lo hizo. Desde luego, no había razón alguna para quedarse. Tenía todo lo que había ido a buscar. Así pues, con cautela, extendió la mano para coger la mochila y metió en ella todo el equipo. Necesitó de una cierta disciplina para no apresurarse, comprobándolo todo una y otra vez, sin ansiedad, pero sí con una experta minuciosidad. Comprobó la cuerda de seguridad con un tirón realmente fuerte, tanto en la parte que estaba unida al arnés del pecho como en la parte que ascendía hacia la cima del risco. Y conservaba aún la cuerda más corta que pasaba por las clavijas que había clavado en la roca justo por encima de donde él estaba. Finalmente probó la cuerda que lo impulsaría hacia arriba, cuyo extremo libre subía hasta la cima del risco. Pasaba luego por el polipasto, que le daba la fuerza de palanca de un gran torno, y descendía de nuevo hasta llegar a dos puntos de unión, uno en la silla de contramaestre y un segundo en el arnés del pecho. Le dio un buen tirón al extremo libre. Todo parecía correcto. Pero en cuanto tiró del otro extremo, algo pareció fallar. Había demasiada elasticidad. Con el ceño fruncido volvió a tirar. Y otra vez. La cuerda se desprendió literalmente, en su mano. Sencillamente, se había soltado. Bajó serpenteando por las rocas del risco y quedó colgando unos nueve metros por debajo de él.
Se quedó atónito.
Nunca antes le había ocurrido una cosa así.
Ni siquiera pensó en que, de no haber probado la cuerda, hubiera caído; aunque era de esperar que la cuerda de seguridad lo hubiera detenido en su caída, ésta hubiera sido terrible de todos modos. Al principio, estaba más enfadado que asustado. Subió la cuerda y miró el extremo. Pero no pudo decir qué había ocurrido. La cuerda era casi nueva, pero de algún modo se había roto o desligado. O algo la había cortado. ¿Una roca? ¿El reborde de una polea del polipasto? Pero la cuerda era de Kevlar, un material que entre otras cosas se utilizaba para llantas de neumáticos y chalecos antibalas. Era inconcebible que se hubiera roto de aquella manera. Pero lo había hecho. ¿Qué iba a hacer él?
Miró hacia arriba. El borde del risco parecía estar en ese momento a una gran distancia, como un abrupto perfil negro contra el brillante cielo que se burlaba de él. Y el afloramiento rocoso que tenía por encima se había convertido de repente en un gran inconveniente. Bien. Lanzó unas cuantas imprecaciones, contra sí mismo, pero sabía lo que iba a hacer. Ahí estaba precisamente la razón por la que se tenía una cuerda de seguridad. Tendría que escalar el risco. Había escalado las veces suficientes para saber que podía hacerlo, que no era tan difícil. Tenía una piqueta y clavijas. Disponía incluso de un buen trozo de cuerda, por sospechoso que resultara. Treparía desviándose un poco hacia la derecha para sortear el afloramiento mientras subía por la pared de roca, y volvería luego a la izquierda, donde había una grieta en la roca que le serviría de apoyo para los pies. Sólo estaba a seis metros de altura, pero, claro está, parecía que fueran mil quinientos metros. Se sentía intimidado. Estaba asustado. Quizá su temor se debía más a lo que había ocurrido en aquellos pocos días, porque ahora la vida significaba mucho más para él. Pero no pensó en eso. Estaba cogido en un trampa y tendría que buscar una escapatoria. Eso era todo. Miró hacia abajo.
Y luego volvió a mirar.
Algo había captado su vista. Había alguien allá abajo, sobre la vieja vía férrea, observándole a él. Un hombre. Con la cara vuelta hacia arriba. Con prismáticos. A causa de los prismáticos y debido a que estaba a unos treinta metros por debajo de él, David no le distinguió la cara y sólo captó una vaga impresión de éclass="underline" un hombre alto con una chaqueta de nailon azul que el viento impulsaba hacia atrás, lejos de su cuerpo, un hombre mayor. Pero estaba claro que debía de haber visto lo ocurrido, porque levantó una mano y saludó. Sin embargo, un instante más tarde dio media vuelta y se alejó a grandes pasos sendero abajo. Un momento después, debido a una curva en el risco, despareció de su vista. Probablemente era un observador de pájaros. También él debía de haber estado contemplando el águila. David esperó. ¿Qué haría ese hombre? Si iba en busca de ayuda, era probable que fuera a la granja y el granjero saldría en busca del guarda forestal. David entrecerró los ojos; se había levantado viento, ahora frío bajo el brillante sol. Pero no había nada que ver, al menos por el momento, y se dio cuenta de que la desaparición del hombre, irracionalmente, lo había irritado. Estaba molesto. No quería que lo rescataran. Tuvo una imagen relámpago de lo que podría salir en las noticias de la noche: enviarían un helicóptero que lo alzaría como un paquete. Ridículo. Por otro lado… Volvió a maldecir la condenada cuerda. ¿Qué podía haberle ocurrido? Intentó pensar en lo que debía hacer. Tenía que admitir que estaba en un apuro. Pero dejando a un lado los argumentos más ridículos, había motivos por los que cualquier tipo de ayuda sería un estorbo. ¿Sabría cualquiera lo que se debía hacer? Quizás el guarda forestal. Sin embargo, ¿iba a confiar en la cuerda que le lanzara cualquiera? Miró hacia delante, a lo largo del risco. Seguía sin ver al hombre. Sólo podía haber seguido un camino: a lo largo del sendero de grava de la vía férrea hasta el viaducto, para bajar luego hasta la carretera que retrocedía a través de la granja. Siguió mirando, indeciso, tal vez por curiosidad, pero el hombre no volvió a aparecer. Después de diez minutos seguía sin verse un alma. Apartó la vista diciéndose a sí mismo que era como esperar a que hirviera el agua de una olla, se afanó en comprobar la cuerda de seguridad (se convertiría en la cuerda principal, si la utilizaba para subir), y luego se volvió hacia el extremo colgante de la cuerda que se había roto. ¿Podría utilizarla?, ¿podría confiar en ella? Finalmente miró una vez más, pero no vio a nadie y sintió una irritación de diferente tipo. ¿No habría visto aquel tonto lo que le había ocurrido? ¿Dónde estaba? Miró el reloj. Transcurrieron otros cinco minutos. Al diablo, pensó. No tenía sentido esperar. Tendría que escalar el risco, que era lo que debía haber hecho desde el principio.