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Pero diez minutos más tarde, cuando estaba a punto de empezar, se dio cuenta de que había alguien en la cima del risco.

Oyó un gruñido, unas pocas piedras cayeron rodando y entonces el extremo libre de la cuerda que se había roto súbitamente saltó hacia arriba. Miró en esa dirección rápidamente, pero no pudo ver nada excepto el extremo de la cuerda cuando desaparecía por el reborde del risco. Y luego, un momento más tarde, una nueva cuerda bajó hasta él y lo sobrepasó, yendo a parar más abajo. La cogió con la mano. Pero casi inmediatamente volvía a subir. Dejó que se deslizara por sus dedos, mirando hacia arriba, y entonces vio a alguien, vislumbró una cara, coronada por una espesa cabellera, enrojecida, oculta tras unas gafas de aviador. Luego desapareció y apareció más cuerda bajando hacia él; distinguió perfectamente el sonido que emitía al pasar por el polipasto. Era el otro extremo de la cuerda y tenía un lazo. El hombre le había hecho un nudo marinero. Bajó hacia él, enganchándose en el saliente que había por encima, retrocediendo hacia arriba un momento, y separándose luego del saliente. Siguió bajando; el hombre largó demasiada cuerda y le sobrepasó de largo. Luego se detuvo. David miró hacia arriba esperando ver al hombre, que evidentemente no había ido en busca de ayuda, sino que lo estaba ayudando por sí mismo. No obstante, no apareció nadie, y tras unos instantes cogió el extremo libre de la cuerda y le dio un tirón. Notó la resistencia del polipasto, pero se deslizaba suavemente y el extremo con el lazo se elevó hacia él. Estaba indeciso. Era evidente que el hombre conocía el problema y que sencillamente había reemplazado la cuerda rota. ¿Pero quería David confiar en él? Parecía saber lo que se hacía. El lazo, aunque David no lo necesitaba en realidad, parecía correctamente atado por el nudo marinero. Y la escalada libre que había estado considerando emprender era arriesgada. Por fin ató el extremo con el lazo en su silla de contramaestre y empezó a subir. En breves instantes trepaba por encima del reborde del risco, de vuelta al lugar de partida.

Durante un rato la ansiedad que había experimentado hizo mella en él y se quedó tumbado donde estaba, sin pensar en nada más. Así pasó un minuto o dos antes de que se diera cuenta de de un hecho: el hombre, fuera quien fuese, se había ido. No había nadie alrededor. La árida y rocosa cima estaba desierta. Se puso en pie y gritó: «¿Hola?» Pero no hubo respuesta. Caminó a lo largo del risco por donde se elevaba ligeramente. Desde allí descubrió un largo sendero, cuesta abajo por la pierna del gigante, y finalmente vislumbró una figura, tan sólo unos segundos, andando con prisa, cerca del viaducto. Pero entonces el hombre, suponiendo que ése fuera el hombre, desapareció otra vez cuando el terreno bajó en declive. Era extraño. Siguió mirando, y un poco más tarde vio un pequeño coche que recorría la carretera de la granja. ¿Su salvador? No se había quedado siquiera a recibir su agradecimiento.

Durante un momento David se quedó clavado donde estaba, al borde del risco, mirando a lo lejos. Estaba perplejo. ¿Por qué se había marchado el hombre tan precipitadamente? Quizá se hubiera sentido incómodo al recibir las gracias. Parecía una floja explicación, pero tampoco tenía por qué buscar explicación alguna. Así que intentó olvidarlo. Sin embargo, en ese momento, por primera vez, sintió que algo no marchaba bien. Algo había ocurrido. No tenía idea, sin embargo, de lo que podría significar, pero ya sabía que era importante. Y quería alejarse de allí.

Por supuesto, al mismo tiempo que tenía esa sensación, la rechazaba; aunque no del todo. Apretó el paso. Se sentía preocupado. No veía el momento de marcharse. Se dio prisa. Pero tenía que hacer dos viajes, uno con la bolsa de la cámara y luego un segundo con la maleta de aluminio en la que guardaba las cuerdas y aparejos. Hizo sus viajes, caminando con la cabeza gacha, los ojos fijos delante de él, trabajando con tanta rapidez como le era posible. Pero no fue lo bastante rápido. Las circunstancias, como un cazador, lo habían acorralado. Cuando volvió la segunda vez miró de nuevo en dirección al valle y vio el coche de Anne, un viejo y abollado Polo, que pasaba por delante de la granja. Cuando llegó al viaducto ella estaba esperándolo allí, la ansiedad pintada en su rostro, junto al Rover. Se acercó a él. Estuvo a punto de echarle los brazos al cuello, pero dudó. Tenía el rostro desencajado.

– David, lo siento, pero tengo malas noticias. Es tu mujer. Parece ser que… no sé cómo decirlo. Tu hijo ha llamado justo cuando yo volvía a casa. Había conseguido mi número…

– ¿Qué ha ocurrido?

– Está muerta. Se ha suicidado. Oh, David. En Gales, en un sitio llamado Aberporth.

Se quedó atónito. Hubiera podido tener cualquier premonición menos ésa. Y por un momento la misma sorpresa impidió la conmoción. Se sentó sobre la maleta de aluminio.

– No me lo creo -dijo-. No es posible.

– Lo sé, pero…

– ¿Qué te ha dicho?

– En realidad no ha dicho nada. Sólo lo que había ocurrido. Y que era importante que tú fueras. Sintieras lo que sintieras, ha dicho que tenías que ir.

– Dios mío… -Diana. ¿Qué sentía? ¿Qué debía sentir? ¿Debía sentir algo?-. ¿Se encontraba bien él?

– Sí, creo que sí. Parecía tranquilo. No me ha… ya sabes que nunca lo he visto, no me ha parecido bien preguntarle. Sólo le preocupaba, creo, la posibilidad que tú no fueras.

– Dios mío. Sí, claro que iré.

Ella se apretó contra él y lo abrazó.

– ¿Quieres que vaya yo también? -preguntó.

Él la abrazó. Negó con la cabeza.

– No. Creo que será mejor que no. Le molestaría. Estaba muy unido a ella. Dios mío. Jesús.

– Es horrible -dijo ella, abrazándolo con más fuerza.

– Sí.

– ¿Estás bien?

Asintió sobre su hombro.

– Es sólo que no puedo creerlo.

– Lo sé. Pero David, esto no…

Su voz se apagó y su objeción quedó colgada en el aire, pero él sabía lo que quería decir y la estrechó aún más entre sus brazos para sentirla siempre. No, no tenía nada que ver con ellos. No supondría ninguna diferencia para ellos. Eso era lo que decían sus brazos alrededor de ella, pero David ya empezaba a dudar. Ya empezaba a percibir el parecido con viejos tiempos. ¿Por qué se sentía descubierto? ¿Atrapado? Como si alguien lo hubiera estado vigilando, esperando a que saliera a la luz. ¿Y por qué, cuando conducía de regreso a casa, detrás del coche de ella, veía de nuevo aquella cara por encima de él en el risco y pensaba en Tannis, Tannis, Tannis, Tannis, aquel americano de la Marina, caminando hacia él por el vacío desierto?

9

David no tenía más remedio que ir.

Anne lo llevó en coche hasta Glasgow. Desde allí cogió un avión hasta Cardiff. A las siete de la tarde estaba en la carretera, la A48, Swansea a Carmarthen, luego en dirección norte hasta Cardigan. Conducía demasiado deprisa, probablemente a propósito, para mantener la mente concentrada en la carretera y alejar los pensamientos de lo que había ocurrido. No necesitó mucho tiempo. Girando hacia el norte a lo largo de la costa, tuvo a la vista Aberporth cuando aún no eran las diez.

Como tantos lugares de Gales, el nombre describía a la población. Aber significa río que desemboca en el mar, porth significa lugar de desembarque, que en ese punto toma la forma de una vieira de guijarros y arena al final de una bahía. No era una gran playa, pero en aquella costa de altos y rocosos acantilados antiguamente había proporcionado el refugio necesario para un pueblo de pescadores y ahora era la excusa para un pequeño centro turístico. Pero era demasiado pronto para los veraneantes. Al acercarse por la autopista no encontró ni un alma y cuando llegó al pueblo parecía casi desierto. Las tiendas estaban cerradas y el restaurante chino de comidas para llevar estaba oscuro. Muchas de las casas ostentaban bonitos nombres: Calm Calch, Gwyn Hafod, Pen Llys, y alquilaban habitaciones para los turistas, pero había pocos coches aparcados en las puertas. Pasó desapercibido cuando atravesó el pueblo en la oscuridad y tomó un pronunciado declive que bajaba hasta el mar. Al final de aquella calle había un pequeño parque, bajo el que estaba la playa, que relucía oscuramente, bañada por las olas fosforescentes de la marea menguante.