David apagó el motor y bajó del coche deseando estirar las piernas. Había telefoneado desde Cardiff para reservar alojamiento con desayuno, y habían accedido a esperar hasta las once, así que disponía de mucho tiempo. Caminó hacia un muro de piedra que daba sobre la playa y se apoyó en él. Entonces se agolparon en su mente todos los pensamientos y sentimientos del día, tan lúgubres como el mar y la noche. Se dio cuenta de que estaba totalmente aturdido. No estaba seguro de lo que debía sentir. Cualesquiera que fueran sus sentimientos. Por mucho que sintiera, no parecía bastante. Cuando bajó la vista hacia el agua, una fina llovizna de agua le salpicó el rostro y le trajo un recuerdo de los días en los que él y Diana habían empezado a salir juntos. Fue en Cambridge, a principios de verano. Habían estado paseando por detrás del King's College, cruzando el Great Lawn en dirección al río. El cielo había estado lleno de luz, excepto una única nube oscura cuya sombra se había movido lentamente hacia ellos sobre la verde hierba. Sin decir nada, se habían detenido para contemplarla y se habían dado la mano para correr bajo ella mientras una fina lluvia caía sobre sus rostros, deslizándose por sus mejillas, y Diana reía sin parar. Casi le parecía escuchar su risa y pensó en lo extraño que resultaba después de tanto tiempo. También le parecía extraño que él y Diana hubieran tenido ese tipo de vivencias juntos. ¿Pero era verdadero dolor lo que sentía? Sabía que una parte de sí mismo deseaba llorar, pero también sabía que no iba a hacerlo. Pues, incluso mientras experimentaba todo aquello, se había estado preguntando si su emoción no sería excesiva, casi una presunción. Sin duda eso era parte del problema. No sabía qué sentir porque no estaba seguro de lo que tenía derecho a sentir. Después de todo lo que había pasado, ¿qué clase de derechos tenían el uno sobre el otro?
Las consecuencias de esta pregunta eran inevitables: sintió la culpa, tan negra como el mar que se movía frente a él, que era la base de todo lo demás. Nadie podía afirmar racionalmente que él fuera el responsable del suicidio de Diana, pero eso no cambiaba nada. De no haber sido por él… Echó una rápida ojeada, casi subrepticiamente, a su izquierda, y entonces vio lo que había estado evitando mirar cuidadosamente, el bajo y oscuro promontorio con las luces rojas y blancas parpadeando por encima: los radares, los postes de radio, los sistemas telemétricos que señalaban la Instalación Aeronáutica Real, la RAE Aberporth. No parecía haber cambiado desde el día en que la había visto por primera vez, más de veinte años atrás. Notó una pequeña oleada de ansiedad en su pecho y luego, tal como había supuesto que haría, tal como ya sabía que debía hacer, empezó a caminar en dirección hacia ella a lo largo de la corta y oscura calle que atravesaba el pequeño puerto. Cruzó la entrada a la playa con sus deprimentes urinarios públicos y luego tomó Pennar Road para subir la colina al otro lado del pueblo.
La carretera, densamente bordeada de árboles galeses, oscuros, espesos, subía en pendiente y luego se allanaba. Tras un rato de marcha vio una curva iluminada por un haz de trémula luz amarilla sobre el asfalto. Siguió avanzando. Después de la curva encontró la entrada principal, la valla iluminada por focos, coronada por tres cables de alambre de espino electrificados y los carteles que advertían sobre los perros guardianes en inglés y galés: RHYBUDD. CWN GWARCHOD AR WAITH. Todo muy discreto. La barrera de emergencia era un muro de ladrillos. El cuerpo de guardia era poco mayor que una cabina telefónica. Los carteles, debidos a la poco conocida mano de «La Dirección de Suministros, Ministerio de Defensa», señalaban meramente que toda persona que deseara entrar debía tener el correspondiente permiso extendido por la Policía del MoD. En realidad, considerando que aquélla era una de las más secretas instalaciones de defensa del Reino Unido, parecía completamente vulgar y tenía una aire universal de institución, como un psiquiátrico o un reformatorio o, en el peor de los casos, una prisión. Con respecto al pueblo siempre había sido así, discreta, la otra vertiente de la economía local, asumida, o definida vagamente tan sólo como «la base», «allí arriba», «la instalación», «en lo alto de la colina». Caminó más despacio a medida que se acercaba. Los focos que había alrededor de la entrada proyectaban sombras entre los edificios que había detrás, aunque algunos de los más importantes disponían de iluminación propia: el edificio de administración, el laboratorio principal, el edificio de pequeños explosivos. Todas las estructuras se parecían: no más de dos o tres pisos de altura, construidos con ladrillos rojos entre los que se veía la argamasa pulcramente realzada, los marcos de las ventanas relucientes con una capa reciente de pintura blanca. Los terrenos circundantes mostraban los cuidados del MoD, con el césped pulcramente segado, los senderos de grava dispuestos en curvas perfectas y los setos perfectamente recortados. No, decidió, nada había cambiado, o al menos nada que él percibiera y, cuando se detuvo y miró, creyó reconocerlo casi todo. Pero también se dio cuenta de que ese reconocimiento no contenía nada de específico, no tenía recuerdos o imágenes exactos, ni tampoco sensaciones. Tan sólo un extraño sentido de la distancia. Entonces, curiosamente, consiguió una definición precisa de esa distancia, pues vio a un hombre acercarse a él por un lado de la carretera. Era un individuo bajo y corpulento paseando elegantemente con las manos metidas en los bolsillos del impermeable. Sin duda estaba dando su paseo higiénico de cada noche. Un pequeño terrier escocés trotaba vigorosamente tras él. Cuando David se percató de la presencia de la pareja se dio cuenta de que era demasiado tarde para irse sin que lo vieran, de modo que se quedó donde estaba. El hombre se acercó a él y su rostro se tensó en una sonrisa. Le dedicó una pequeña inclinación de cabeza y un entrecortado «Buenas noches». David le devolvió el saludo y luego se dio cuenta de que sabía quién era aquel hombre. Por supuesto. Se llamaba Eric Williamson. Era químico. Cabezas de guerra… explosivos de barra… una pequeña cadena de asociaciones le vino a la memoria cuando se dio media vuelta y echó un último vistazo al perro y a su dueño mientras desaparecían en la oscuridad. Pero no cabía la menor duda, aquel hombre era Williamson. Por alguna razón su paso apresurado y con las piernas rígidas había quedado grabado indeleblemente en su memoria. Habían empezado a trabajar más o menos por la misma época. Habían organizado una recepción para darles la bienvenida a ambos, y había compartido un brindis con aquel hombre, bebiendo el mal jerez sudafricano que se suministraba a toda institución militar británica de aquel tiempo. Se dijo que era una extraordinaria coincidencia. O quizá no lo fuera. Williamson se había quedado allí (¿por qué no?) para disfrutar del tipo de carrera que a él mismo le hubiera gustado. Presumiblemente, había ido subiendo en el escalafón, en todos ellos: primer matrimonio, segundo, hijos, escuela, segundo ayudante, primero, director, jefe del laboratorio, director, división. De hecho Williamson había vivido la vida que él podría haber tenido, lo cual tan sólo venía a subrayar cuán diferente, cuán irrevocablemente diferente había sido su vida. Resultaba increíble que en otro tiempo aquel lugar hubiera formado parte de ella, que él hubiera atravesado aquella puerta cada mañana dispuesto a representar su papel de joven genio en prácticas. No era de extrañar, pensó, que no supiera cómo sentirse con respecto a Diana. Se había vuelto muy diferente del hombre que la había conocido. La persona que había sido hacía más de veinte años era un fantasma que trataba de lamentarse por la muerte de una extraña. Era inevitable que sus sentimientos parecieran desgastados y sospechosos.