Pero ahora, mientras contemplaba la verja de entrada, iluminada como una llama en la oscuridad, se apoderó de él otro tipo de alienación, un sentimiento de distanciamiento que también resultaba amenazador. Las luces amarillas relucían sobre la carretera mojada. La valla de hierro de tres cables desparecía por la curva. La iluminación fantasmagórica de los edificios quedaba suspendida en la noche. Un perro ladró. Se acercaba una patrulla. Tuvo la sensación de que lo estaban vigilando. Dio media vuelta y se alejó. Tuvo que refrenarse para no salir corriendo. Quería huir. Aquel lugar, Aberporth, Diana, ¿también su hijo?, representaban una catástrofe a la que había conseguido sobrevivir con dificultad. Y sabía que ésa era otra de las razones por las que no podía sentir gran cosa. No podía llorar porque, inevitablemente, las lágrimas serían en parte por sí mismo. Y sabía de igual forma que no podía permitirse el riesgo de la autocompasión. La había superado con anterioridad y no podía volver a intentarlo. Aún no se sentía completamente a salvo de ella, mucho menos allí, donde el pasado era tan palpable, donde aún vivía y respiraba. Eso era lo que le asustaba, que el pasado hubiera seguido existiendo, que hubiera persistido a pesar de él o de sus deseos, de forma que toda suerte de preguntas que él había supuesto resueltas volvían a surgir.
La ansiedad hizo presa en él. En su alojamiento de media pensión, a pesar de la hora, lo recibieron con una taza de té, y la taza tembló en su mano. Tratando dé relajarse tomó un baño en el frío cuarto de baño iluminado con fluorescentes que había al otro extremo del pasillo, pero cada vez que se ponía a pensar la tensión lo agarrotaba. ¿Qué estaba ocurriendo, qué había empezado en aquellos últimos días? ¿Tenía algo que ver con él? ¿Qué sentía realmente con respecto a Diana? Con las luces apagadas y en bata, se tumbó sobre la cama. Pero no pudo dormir. Pensó en Anne en un intento por tranquilizarse. Pero sólo consiguió plantear más preguntas. ¿Qué pensaba ella de él? ¿Qué imagen acudía a la mente de ella junto con su nombre? ¿Su cuerpo entero, desnudo? ¿Su rostro? ¿Su voz? ¿Qué tal le sonaba su voz? ¿Pensaba ella que era bueno?, ¿bondadoso?, ¿amable? No tenía teléfono en su habitación. Pero si hubiera teléfono, pensó, la llamara y le preguntara al respecto, ¿qué diría ella? Ella tenía una amiga íntima, una americana llamada Jessie, que vivía en Cornualles. Se escribían casi cada semana. Se preguntó si le habría mencionado a él en su última carta, y qué habría escrito. ¿Le habría hablado de él antes? Creo que debo haberte mencionado a un viejo amigo mío llamado David Harper. También es un viejo amigo de Axel. Un fotógrafo. Algunas veces se queda en casa y ha estado aquí toda la semana. Diría alguna cosa más acerca de él, pero no se andaría con rodeos ni se haría la remilgada. Sí, lo abordaría directamente. «Le quiero.» No diría «creo». Pero, se preguntó, ¿de quién estaba ella enamorada?, ¿y podría habérselo dicho él? Se dijo que quizás ése era el problema de aquel lugar. La existencia de esa antigua personalidad provocaba dudas sobre su nueva vida, lo convertía en alguien provisional, en un sospechoso, en un interrogante. Eso era lo que había pasado. Eso era lo que significaba volver allí. Y entonces buceó en la memoria, en el recuerdo de una mala época, casi tan mala como la que años antes había tenido cuando había dejado a Diana, cuando se había rendido. Había estado bebiendo demasiado, acababan de echarle de otro trabajo de profesor, ni siquiera sus títulos de Cambridge le habían servido. Y el coche había acabado de arreglarlo. No había podido pagar el presupuesto del mecánico, porque no tenía dinero. Estaba desesperado. Era la última cosa que conservaba, el coche, aunque era sólo un Vauxhall, un buen y prudente coche de clase media, ¿por qué se lo había comprado? Pero estaba desesperado y decidió repararlo por sí mismo. Así que pidió prestadas unas cuantas herramientas, se hizo con un manual y durante tres días, con el coche estacionado en un aparcamiento vacío, había trabajado en él. Más tarde se había dado cuenta de que lo que estaba haciendo era reescribir la historia de su vida. Había dado un rodeo para esquivar Cambridge, donde había «brillado», donde todos aquellos profesores lo habían descubierto, lo habían empujado; y había retrocedido hasta la época en que era tan sólo el mismo tipo de chico que eran sus amigos, cuando podían arreglar cualquier cosa con sus propias manos. No hablaban de esas cosas ni las escribían, se limitaban a ver cómo estaban dispuestas las piezas y las dominaban. Había sido una revelación para él. Querías algo, lo cogías. Sólo lo cogías. Sencillo. Había olvidado lo fácil que resultaba. Y aquél, en cierto sentido, había sido un momento crucial, aunque en ese momento no se había dado cuenta. Pero seis meses más tarde, al salir para ir a comprar la habitual botella de Bell's (y quizá una segunda), sencillamente no la había comprado, sino que se había metido en un cine en el que pasaban una película titulada Morgan, una comedia sobre un artista chiflado (que igualmente podría haber sido un científico) que se disfrazaba continuamente de gorila. Se había reído, cómo se había reído, sentado allí toda la tarde y parte de la noche. Desde entonces, el Vauxhall y la película se habían unido en su mente. Al reconstruir el coche había empezado a reconstruirse a sí mismo. ¿Pero qué había construido? ¿Era él? ¿O algo falso?
Acabó durmiéndose pensando en la película. Le distrajo lo suficiente, fue como si se hubiera pillado a sí mismo mirando desde el otro lado y se escondió. Se agachó tras un gran muro negro y desapareció. Se había ido. Sólo su mente continuó funcionando; aquello que le inquietaba, fuera lo que fuese, volvió en un último y ansioso recuerdo. No estaba completamente dormido, pero parecía soñar. Había olvidado algo. Estaba en un centro académico. Su facultad. Aparentemente iba a examinarse, había intentado evocar el curso entero en su mente y había olvidado algo. Vio una habitación llena de pupitres, fila tras fila, y él había olvidado algo. No conseguía recordar lo que era. La fórmula de Wien, la de Rayleigh y Jeans, la de Planck, la ley de Stefan, la constante Boltzmann… «la excitancia radiante, M, para una longitud de onda dada, lambda, es igual a la primera constante más uno partido por lambda elevado a la quinta»… Nombres, fórmulas, ecuaciones, todos pasaron por su mente. Intentaba recordarlo todo de golpe y no podía, faltaba algo. Su mente se afanó, una y otra vez, buscándolo. Finalmente se despertó sobresaltado, o recuperó la conciencia. Incorporándose en la oscuridad, empezó a susurrar de repente como una plegaria o un artículo del catecismo: «5,735 + 10-5 erg/cm-2 g-4 seg-1.» Lo repitió dos veces tontamente, sin saber por un momento qué significaba la expresión. Pero luego se dio cuenta de que era el valor real de la constante de Stefan, sigma, que permitía hallar el flujo radiante por unidad emitido por un cuerpo negro a una temperatura determinada.
Cuerpo negro.
La frase lo arrastró hasta la plena conciencia.