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David, como de costumbre, tuvo que ser el primero en hablar:

– Tim, ¿cómo te encuentras? ¿Estás bien?

– Sí, por supuesto que estoy bien.

David notó que algo dentro de sí mismo se encogía, retrocedía. Desde luego había dicho algo improcedente, pero siempre decía lo que no debía, ¿y qué se decía a un hijo cuya madre acaba de suicidarse?

Esperó. Luego, en un gesto de concesión, Tim retrocedió, en un brusco y extraño movimiento, como el de un muchacho que, un poco violento, acaba de recordar sus modales. Ésa había sido siempre su paradójica cualidad: que exteriormente fuera adolescente, inmaduro, pero que tal aspecto arropara a una persona que parecía siempre mayor para su edad. Y no carecería de atractivo, había pensado David a menudo, si consiguiera conmover esa reserva interior. Pero ése era el núcleo inviolable y secreto de Tim. Llevaba unas Adidas, se preocupaba apasionadamente por Sudáfrica, lucía todos los distintivos de su grupo, y sin embargo no parecía pertenecer a ninguna parte.

David lo siguió al recibidor.

– Llamé anoche desde Cardiff, para decirte que venía, pero no contestó nadie.

Tim le lanzó una mirada que era casi de desafío, como dándole a entender que no tenía siquiera el derecho de aludir a este tipo de preocupación. Pero la base de su relación había sido siempre la insistencia de David en que tenía ese derecho. Estoy aquí, formo parte de tu vida, tengo derecho a preocuparme por ti, a pesar de todo. David no había cedido nunca. Se había mostrado dispuesto a soportar cualquier ofensa a sus sentimientos con tal de mantener esta prerrogativa. Al mismo tiempo no había ido nunca demasiado lejos. Por un momento sintió el deseo de abrazar a su hijo, pero sabía que tal gesto estaba al otro lado de una línea que resultaría desastroso atravesar.

– Lo siento -añadió finalmente-. Sé lo mal que debes sentirte.

– Salí a dar un paseo con el coche -replicó Tim, ignorando su comentario-. Tenía que salir. No volví hasta tarde. -Vaciló-. Acabo de levantarme. He hecho café, si quieres.

– De acuerdo.

– No tienes que tomártelo por obligación.

– No. Me apetece.

Tim dio media vuelta y se alejó, dejando a David en el recibidor. Se dio la vuelta para seguirlo, pero no se movió. Solo, sintió de repente una peculiar sensación de transgresión. Aquélla era la casa de Diana y ella no estaba, ella no volvería a estar nunca. Su mera presencia era una especie de violación. No era correcto que él estuviera allí. Diana estaba muerta y sin embargo el fantasma era él. Por otro lado, todo era muy normal. Tim estaba en la cocina y cuando David pasó por debajo de un arco para entrar en la sala de estar, se halló en una habitación perfectamente vulgar: la sala de estar de Williamson en la casa de Williamson, pensó. La alfombra color azul pálido de Williamson estaba perfectamente centrada en el pulido suelo de roble, mientras que el sofá y dos sillones, inmaculadamente tapizados de un tejido brillante y un azul más oscuro, aparecían pulcramente dispuestos en torno a una chimenea alicatada en azul y crema. Las paredes y el techo estaban pintados de un suave color crema, y la luz del sol quedaba amortiguada por unas cortinas transparentes. En el aire pendía un discreto aroma, de la limpia alfombra, esencia de limón, del jarrón con lirios sobre la mesa de caoba frente a la ventana. Todo parecía pacífico y agradable, pero volvió a acometerle la peculiar sensación de náusea que había tenido antes en el coche, pues tuvo la sensación de entrar en un hogar de clase media de su infancia, el tipo de lugar en el que siempre había mostrado sus mejores modales. Las personas que vivían allí debían tener sonrisas condescendientes y un acento perfecto, habrían leído Punch y conducirían un A40 o incluso algo mejor, un Wolsley o un Jaguar. Miró al techo; en el centro había un florón de yeso, pintado del mismo azul que el de la alfombra. Antes de que las modas hubieran cambiado, una pequeña araña de cristal habría demostrado mayores pretensiones. Sintió asco de haber querido vivir en una casa semejante alguna vez. Aunque, ¿lo había deseado? Y a pesar de que era el tipo de habitación en la que Diana había vivido toda su vida, resultaba igualmente chocante imaginarla allí sentada, sobre ese sofá. Claro está que ella habría sabido cómo sentarse, con las piernas cruzadas y su taza de té perfectamente en equilibrio sobre el regazo, con la mano izquierda toqueteando lánguidamente una única ristra de perlas alrededor del cuello mientras escuchaba a su anfitrión, porque sin duda ella habría sido la visita en aquella habitación, y una mitad de ella se habría reído de la misma. Ella había abandonado aquel tipo de estancia. Aquélla era la sala de estar de la casa de sus padres y representaba todo aquello de lo que había huido. David tuvo una súbita fantasía. Diana no se había suicidado, sino que había fingido su muerte para poder desaparecer y vivir en otro lugar con una nueva identidad. Volvía a empezar. Él había vuelto al pasado, ella había huido de los viejos tiempos. De un modo peculiar habían intercambiado los lugares. Por un instante consiguió imaginar realmente que era cierto, y se quedó tan impresionado que cuando Tim entró en la habitación se quedó mirándolo.

– ¿Ocurre algo malo?

– No lo sé -contestó David, dejando escapar el aire-. Es esta habitación. Hay algo…

– ¿Qué?

– No es como ella. No puedo imaginármela aquí.

Tim iba a discutir, pero se contuvo. Se encogió de hombros.

– Supongo que ésta era la habitación para otras personas, en lo que a ella se refería. Se pasaba la mayor parte del tiempo en el piso de arriba. Había hecho tirar una tabique en su dormitorio de modo que tenía espacio suficiente para un sofá y un sillón. Y utilizaba un rincón para pintar. Creo que cuando estaba sola comía a menudo allí. Vivía allá arriba.

En una torre.

Rapunzel, la señora Rochester, María Estuardo. Pensó en mujeres encerradas en torres, atrapadas por brujas malvadas o la locura o reinas rivales. ¿Qué había atrapado a Diana? Incluso cuando pensó: «No seas tonto», sabía que no estaba siendo tonto, porque ella se había suicidado. Si tenía que imaginarse eso, tenía todo el derecho a imaginar cualquier otra cosa. No había nada tonto en todo aquello. Pero Tim seguía hablando:

– Tampoco yo paso mucho tiempo aquí. He servido el café en la cocina, si lo quieres.

Se encaminaron hacia la parte de atrás de la casa. También la cocina estaba pasada de moda, todo databa de los cincuenta. Era tan moderna como la «era a reacción». Armarios empotrados con tiradores de aluminio. Una vieja nevera Electrolux. Y unas cuantas sillas con una mesa hechas de tubos de acero y cubiertas de algún material primitivo de «fácil limpieza», pero nada barato. En otro tiempo ese tipo de cosas habían sido realmente lo más moderno. En una de las sillas asomaba un poco del relleno de crin; la espuma aún no se había inventado. Se dio cuenta de que aquella cocina no debía de haber cambiado desde el día en que se habían instalado en la casa. Sobre el mármol vio un juego de botes de claro Perspex para té, harina y azúcar, que su tía les había enviado como regalo de boda. Así que la señora Haversham debía añadirse a su lista de mujeres atrapadas, pensó, abandonadas, avergonzadas, viviendo perpetuamente con la evidencia de su fracaso, pero ¿por qué? No tenía obligación alguna. La pregunta que lo había atormentado por la noche volvió a su mente. ¿Por qué se había quedado en Aberporth? Pero entonces se sentó y Tim le sirvió el café. David intentó mirarlo, pero Tim desvió los ojos.