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– Dios mío, Tim.

– Sí. Ha sido horrible.

– ¿Y qué hay de la nota?

– La tiene la policía. Dijeron que la devolverían, pero yo les contesté que no la quería, que debían quemarla. Decía: «Hago esto por voluntad propia. Esto no puede volver a ocurrir.» Estaba firmada. Firmó «Diana Harper». -Tim lo miró entonces con absoluta sencillez, sin hostilidad, y añadió-: Por eso en parte estaba seguro de que la razón… «Esto no puede volver a ocurrir.» Sabes lo que significa, ¿verdad? ¿Sabes lo que quería decir?

David tomó aliento.

– Sí. Lo supongo. Pero no comprendo por qué tendría que significar algo ahora.

– Sin embargo, se refiere al pasado. Yo tenía razón. ¿A la época en que os divorciasteis?

– Sí, pero eso fue hace tanto tiempo, Tim…

– ¿Tiene algo que ver con un americano llamado Tannis?

– Sí. Tal vez. ¿Por qué?

– ¿Quién es?

– Un oficial de la Marina Norteamericana. O lo era. Era el director de seguridad en una base americana, un centro de investigación, como el que hay aquí. Se llamaba Estación de Pruebas de Artillería Naval y estaba en un lugar llamado China Lake, en California. ¿Pero cómo te has enterado de su nombre?

– Vino aquí.

– ¿Cuándo?

– El martes por la tarde.

– ¿Y qué ocurrió?

– Bueno, no estoy del todo seguro. Habló con mamá.

– ¿Estaba ella nerviosa?

– No, no creo…

Pero entonces Tim vaciló y David pensó que iba a hacerle una pregunta.

– No, espera un poco, Tim. Cuéntamelo todo.

– Sí, sólo estaba pensando. Porque sí se puso nerviosa. Yo no estaba aquí cuando él vino. No creo que ella lo esperara, se presentó de repente. Cuando llegué yo estaban hablando en la sala de estar. Le había invitado a café. Entonces no parecía trastornada, pero cuando nos presentó… no sé. Nos dimos la mano y ella sonreía del mismo modo que tú, y por un instante me pareció muy extraña; tenía una mirada curiosa. No sé lo que era. No estaba asustada ni nada parecido, era otra cosa. Creí que quizá estaba enferma.

– Pero eso fue cuando tú llegaste; él ya estaba allí, ¿no?

– Sí, pero fue un momento extraño.

– ¿Qué pasó después?

– En realidad nada. Se recobró. Sólo tuvo esa breve reacción. Luego se rió y dijo que el capitán Tannis estaba interesado en dos alemanes y que si yo los había visto. Hizo que pareciera una broma.

– ¿Qué alemanes?

– Se llamaban Buhler y Vogel. El americano, Tannis, me preguntó si alguna vez había oído hablar de ellos.

– ¿Y habías oído hablar de ellos?

– No. Por supuesto que no. ¿Quiénes son?

– No tengo la más mínima idea. ¿Crees que tu madre sabía algo de ellos?

– No. Estoy seguro de que no.

– Bien… -Y luego, al ver que Tim estaba a punto de protestar, agregó-: Te estoy diciendo la verdad. No sé nada de esos alemanes.

– Pero el resto…

– Sí. Pero espera un momento. Tengo que saber más cosas de Tannis. ¿Viste su coche?… ¿era un coche oficial?

– No.

– ¿Vestía de uniforme?

– No. Yo diría que era demasiado viejo. Si estaba en la Marina, debe haberse retirado.

– ¿Pero había algo que pareciera oficial en él? Documentos, quizás, algo que pudiera haberle enseñado a tu madre. Un maletín.

– No. Mira, en realidad no recuerdo gran cosa de él. Era americano. Se notaba a primera vista, tenía todo el aspecto de un americano. Recuerdo que llevaba gafas de sol, del tipo que llevan los pilotos, y las llevó puestas todo el tiempo. Incluso aquí dentro.

– De acuerdo. Si no venía por un asunto oficial, si no fue así, ¿cómo explicó tu madre lo que había venido a hacer aquí?

– En realidad no lo hizo. Sólo me explicó que lo conocía de antes, de América y que te conocía a ti. Dijo que no sabía de qué se trataba todo aquello, pero que era extraordinario volver a verlo después de tanto tiempo. Se lo tomó a la ligera, en cierto sentido. Pero yo diría que no quería hablar de ello, no quería que yo le hiciera preguntas.

Porque, pensó David, ella ya lo sabía. Todo volvía a empezar. Y ya había tomado una decisión. Sí, al día siguiente se había mostrado tranquila y serena porque ya se había decidido. Se sintió enfermo. Era verdad. El hombre de la cima del risco había sido Tannis. Tannis sabía algo. Había venido…

– Padre, ¿qué está pasando? ¿De qué se trata?

– No estoy seguro. Nunca he… -Pero David dudó y en cierto sentido también Tim hizo una pausa. Ninguno de los dos sabía qué decir o lo que estaban escuchando. Porque David apenas podía recordar que Tim le hubiera llamado padre en alguna ocasión. Con una extraordinaria destreza gramatical solía evitar referirse a él en absoluto, ni por el nombre, ni de ningún otro modo, y menos aún como padre. Ahora la palabra estaba suspendida en el aire, entre ellos, reconocida durante un único instante por su mutuo silencio, como un tributo a los muertos, e ignorada luego. «Estamos en Gales -pensó David-, podemos ser más ingleses que los propios ingleses.» Luego continuó-: Nunca te lo dijimos porque no parecía tener mucho sentido. Pero eso no significaba que quisiéramos ocultártelo. Si realmente quieres saberlo…

– Excepto que os asegurasteis de que no lo preguntara. Os asegurasteis de que no pudiera preguntarlo.

– Lo siento, Tim. Intentamos… Supongo que debería ser honesto. De acuerdo, te lo ocultamos. No queríamos que nos pre guntaras nada acerca de ese tema. Si te lo hubiéramos contado te hubiera resultado más difícil perdonarnos. Nada de todo esto fue fácil. Y no podíamos pensar en todo. Ahora me doy cuenta de que no pensamos en ti lo suficiente, pero teníamos que salvarnos a nosotros mismos. Tendrás que perdonarnos, a ambos.

– ¿Pero qué ocurrió?

– Bien -David se encogió de hombros-, ¿por qué crees que vinimos aquí a vivir, a Aberporth?

– Porque tú trabajabas en la base.

– Siempre supuse que lo sabías, ¿pero no sabías lo que hacía yo?, ¿no te lo contó nunca tu madre?

– En realidad no. Eras una especie de científico. Pero no hablamos nunca de ello. Era algo que se daba por entendido, algo de lo que no se tenía que hablar.

– De acuerdo. Pero ése no era el misterio. Yo era un científico, aunque era muy joven. Eso es algo que también debes recordar. De hecho, yo era algo así como un joven genio. Cambridge, física, los mejores profesores. Y también era una especie de tópico: el chico de la escuela pública que es inteligente. Entonces yo no lo entendía, pero… bueno, no importa. En cualquier caso, mi especialidad era la radiación infrarroja. ¿Sabes lo que es?

– Calor. Creo. Misiles dirigidos por calor.

– Correcto. Una gran parte del desarrollo y pruebas de los primeros misiles británicos se realizó justo aquí. Firestreak, se llamó el primero, y a éste lo siguió el Red Top. Pero el primer misil guiado por calor, y el más importante con mucho, fue un misil americano llamado Sidewinder.

– Creo que he oído hablar de él.

– Lo utilizan todos los ejércitos occidentales. Los americanos, por supuesto, la RAF, los alemanes. Todos los países de la OTAN. Los israelíes. Todos. Es el misil pequeño más importante del mundo. Fue el primer misil de la historia que abatió un avión enemigo en combate. Lo fabrican en diferentes modelos…