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– ¿Y tú trabajabas en eso?

– No. O al menos no directamente. Empezaron a desarrollarlo justo después de la guerra y los primeros modelos empezaron a ser operativos a finales de los años cincuenta. El hombre que lo creó realmente, casi sin ayuda, fue alguien llamado McLean, uno de esos genios americanos. Algunas personas afirman que el primer misil lo construyó en su propio garaje. Era el director técnico de China Lake.

– ¿De dónde viene ese tal Tannis?

– Sí. Pero yo lo conocí aquí. Era un oficial de seguridad, ¿comprendes? Escoltaba a un grupo de americanos que vino aquí en un programa de intercambio. Y unos meses más tarde yo fui allí por el mismo tipo de acuerdo.

– ¿Cuándo sucedió eso?

– Justo antes de que tú nacieras. De hecho, de no haber ocurrido nada, quizá hubieras nacido allí. Nos habíamos preocupado por el tema de la doble ciudadanía.

– ¿Así que mamá te acompañó?

– Oh, sí. A ella le encantó todo aquello. Fue mucho más feliz allí que yo. Pero ése no es el asunto. El asunto es éste: los americanos se habían enterado de que los rusos tenían el Sidewinder. Lo estaban fabricando; copias exactas. No era una creación independiente, sino copias. Lo habían robado de algún modo. Y debes comprender lo importante que era eso. El avión a reacción había revolucionado la guerra en el aire en muchos aspectos, y por todo tipo de razones, pero una de las más evidentes era que resultaba muy difícil abatir un reactor. Un reactor volaba literalmente más rápido que las balas de las ametralladoras o los proyectiles de los cañones antiaéreos. Así que el Sidewinder le había concedido a los americanos una gran ventaja. Y esa ventaja se había perdido. Estaban furiosos. Iniciaron una investigación de alta seguridad para descubrir lo que había sucedido.

– ¿Y qué reveló esa investigación?

– Que un traidor había entregado los planos a los rusos. Y el traidor era yo, ¿comprendes?

Tim lo miró fijamente.

– ¿Qué quieres decir?

– Exactamente lo que he dicho. Según los americanos yo era un espía. La Marina estadounidense me odiaba especialmente. Yo era el primer espía ruso que había conseguido abrir una brecha en la seguridad de una instalación naval americana.

– No me lo creo.

David sonrió.

– Bien. Pero los americanos sí se lo creyeron. Se convencieron a sí mismos de que yo era un traidor. Querías saber lo que había ocurrido, Tim, y yo te lo estoy contando. Dijeron que yo era un espía, probablemente uno de los más importantes desde la Segunda Guerra Mundial. El segundo después de Philby, supongo.

– Pero no lo eras.

– No, no lo era. En realidad ni siquiera tenían pruebas suficientes para arrestarme, acusarme o llevarme a juicio. Pero no supuso ninguna diferencia. Tienes que comprender lo que esto significa. Yo era un científico que trabajaba en laboratorios militares. Todo lo que yo hacía, todo lo que escribía, leía, garabateaba en un pizarra, era material secreto. La lista de la compra de tu madre era top secret. Pero una vez que los americanos dieron a conocer su informe, perdí mis acreditaciones de seguridad, primero en Estados Unidos, pero luego también las británicas. Nuestra gente se puso de mi parte, pero sólo por mantener las apariencias, porque también estaban convencidos. Además, no tenían alternativa. Ya en aquella época, la investigación para la defensa de británicos y americanos estaba muy unida, y los americanos no hubieran financiado ni cooperado en ningún proyecto en el que yo estuviera involucrado. Incluso los laboratorios universitarios mantenían relaciones con los militares. Estaba acabado como científico. Estaba acabado… lo que yo era, todo se había terminado. Todo aquello por lo que había luchado se perdió. Tanta gente había estado orgullosa de mí, ¿sabes?… y todo lo había perdido. No podía trabajar, ni siquiera podía enseñar. Así que empecé a beber. Perdí a tu madre. Te perdí a ti. Perdí… bueno, lo perdí todo.

– Es increíble.

– Sólo porque me ocurrió a mí. A alguien que conoces. Pero estoy seguro de que no fui el único.

– No. Sigo sin poder creerlo.

– Quizás esto sea lo que me diferencia de otras personas. Ahora ya me creo cualquier cosa. Puedo creer que algunos niños nazcan sordomudos. Puedo creer que gente inocente vaya a la cárcel, que personas que esperan el autobús sean atropelladas por conductores borrachos, que se torture a personas y se las asesine, que haya gente…

David se interrumpió. Y se percató de que Tim había completado la frase en su mente: que haya gente que se suicide. Tenía el rostro desencajado, como si el pensamiento hubiera penetrado en él como un hacha a través de la madera. Y David pudo ver por fin su interior, pudo ver que el interior y el exterior eran igual después de todo. Dios mío, era joven, su miedo, su ira, su amor, eran inocentes por igual, como la blanca madera de un árbol.

Tim se levantó. Dio media vuelta y se acercó a una de las ventanas que daban al jardín.

– No sabes lo terrible que es esto. ¿Sabes?, yo te odiaba. Te odiaba por todos estos años.

– No, no me odiabas.

– Quería odiarte.

– Pero ella no te dejó.

– Quizá la odiaba incluso a ella por eso. Pero aunque no te odiara…

– Tim, en un momento dado ya no hubiera tenido importancia. Deberías haberlo sabido antes. Pero aunque lo hubieras sabido, yo no podría haber sido un padre como los demás. Aniquilaron esa posibilidad. China Lake mató eso. Tuve que aceptarlo. Tuve que hacer lo que pude. No fue culpa mía, ni tuya o de tu madre…

– ¿Pero por qué no podías haber…? No sé…

– Tim, escucha. Es absurdo que finjamos. Sí, podría haber hecho las cosas de un modo diferente. Podría haberos ido mejor a ti y a tu madre. Pero yo luchaba por mi vida. Intentaba sobrevivir. No siempre se tiene elección. Si hubiera habido otra forma de hacerlo, lo habría hecho. Diana lo comprendió. Por eso…

Tim se dio la vuelta.

– Sí, por eso te perdonó, por eso estuvo siempre de tu parte. Y por eso, ¿no es cierto?, por eso lo hizo. Eso es lo que quería decir, que todo estaba empezando de nuevo.

– Sí.

– ¿Y también tú lo crees?

– No lo sé… Sí.

– ¿Por qué?

– Porque lo hizo. Y por Tannis.

– ¿Crees que él la amenazó?

– No, todo lo contrario, en cualquier caso. Creo que vino a avisarle. Mira, él estaba de mi parte. Siempre afirmó que yo era inocente.

– ¿Y la investigación que realizaron…?

– Todo se llevaba desde Washington, estaba por encima de él. Él era el hombre local, estaba por debajo en el escalafón. Por supuesto, yo no sé en realidad lo que pasó, prácticamente era un prisionero, pero un oficial de seguridad de la RAF me dio a entender que Tannis era el motivo por el que nunca me llegaron a acusar. No querían hacerlo sin su apoyo.

– Entonces, ¿en tu opinión qué significa el que haya venido aquí?

– Sinceramente, no lo sé.

– ¿Intentarás hablar con él?

– Tendré que encontrarlo. Y quizá él no quiera hablar conmigo. Quizá hablar conmigo sea ya demasiado peligroso para él… No lo sé.

Tim volvió a darle la espalda. Permaneció en silencio frente a la ventana durante un rato y luego volvió a hablar, muy suavemente.

– ¿Todo eso es cierto? ¿Lo juras?

– Sí. Lo juro.

– Entonces tengo que contarte una cosa. Cuando ocurrió esto… cuando me enteré. Al principio no iba a llamarte. Quería ocuparme yo de todo. De la investigación y del funeral, de todo. Sabía que quizá no era lo que ella hubiera deseado, pero no me importaba. Así que no iba a decírtelo. Pero también sabía que tenía que hacerlo. Porque cuando fui a Cardigan, cuando me envió a echar aquellas cartas al correo, cuando las eché, creo, estoy seguro, de que una de ellas estaba dirigida a ti… con esta dirección. ¿Comprendes? Te la enviaba a ti, pero con la dirección de esta casa.