No estaba seguro. Había sido difícil imaginar a Diana viviendo en aquella estancia, y también había sido difícil creer en su muerte. Ahora, paradójicamente, la misma vivacidad de su carta le convencía de que estaba muerta. Ahí estaba la Diana que recordaba. Pero la habitación… la habitación, pensó, seguía siendo un error. «¿Te das cuenta? Es uno de mis infantiles estados de ánimo, los estados de ánimo de papá. ¡Qué dulce puedo ser cuando quiero! Diversión, eso es lo que estropea mi pintura.» David se dijo que para la mujer que había escrito aquella carta esa habitación había sido un extraño escenario. ¿Pero qué papel había estado representando? ¿Cómo se había presentado a sí misma? Como viuda… divorciada… artista… dama misteriosa… Podía haber representado una docena de papeles. ¿Pero cuál, y por qué?
Se recostó en la silla y reordenó las páginas que ella había escrito, quince hojas de papel azul de avión, cubiertas en su mayor parte por su fácil caligrafía, pero degenerando hacia el final en garabatos de bolígrafo. Sin duda era su letra; sin duda era su voz, sólo ella podía haber dado aquellos detalles. David admitió que en el fondo de su corazón se había preguntado si no habría habido algo más siniestro en su muerte que el mero suicidio, pero ya no le cabía la menor duda. Se había suicidado y él sintió el carácter definitivo de su muerte extendiéndose en arcadas por su estómago, convirtiendo la vivacidad de su voz («Para eso sirven las niñas. Para mascotas y mimos») en algo grotesco. Así que dobló la carta para no poder leer una sola palabra más. Pero aun cuando en su mente ahora más que nunca la muerte de Diana era una «representación», seguía sin tener la menor idea de cuáles eran su causa y su proposito. Se dijo que, como explicación, la carta era peor que inútil, sólo conseguía acrecentar el misterio. Se había sentido desesperada, culpable y confusa. «Secretos. Todas esas secretas imágenes que uno tiene en la mente y que ocurrieron, o quizá no. Click. Click.» ¿Pero cuál era la causa de su desesperación, de su culpabilidad y de su confusión? ¿O era esa pregunta, pensó, tan sólo otro modo de formular el interrogante cuya respuesta se le había escapado el día anterior? ¿Por qué se había quedado allí? ¿Por qué se había quedado en Aberporth todos aquellos años?
Se levantó y se acercó a la ventana. Separó las cortinas y sus ojos se movieron como el objetivo de una cámara por el vacío camino de asfalto, el césped, la calle moteada por la dorada luz del sol filtrándose por entre las copas de los robles que la sombreaban. Qué paz. Tranquilidad. Pero agazapado bajo la superficie… vislumbrado entre las cortinas… ocultándose tras el tapiz… estaba el espía. ¿Cuántas veces había visto aquella película? Tan a menudo que había acabado por captar su sentido del humor. «Me descubrirán en cualquier momento.» Sí, todas aquellas películas en blanco y negro con actores de segunda fila cuyos nombres no reconoces del todo, que buscan espías comunistas en vulgares calles de las zonas residenciales, o en el piso del vecino, o en el asiento de al lado en el tren. O justo allí, en Aberporth. ¿Por qué no? Después de todo, alguien había entregado el Sidewinder a los rusos y sabía que no había sido él. ¿Diana?
Se dijo que era la respuesta obvia a su pregunta (¿por qué se había quedado ella en Aberporth?) y presumiblemente la razón por la que había sido tan difícil formularla. Ella había sido el espía. Se había quedado allí para seguir espiando. ¿Pero podía ser eso cierto? Se le ocurrió entonces que nunca antes había considerado esta pregunta, ni siquiera en su sentido más general. ¿Quién lo había hecho? Siempre había supuesto (¿o no había supuesto nada?) que el verdadero espía había sido un profesional, anónimo por definición, cuya auténtica identidad no podía ser conocida y que, finalmente, carecía de importancia. Pero podría haber sido Diana. Sencillamente era posible. Un aspecto fundamental del caso había sido el hecho innegable de que la versión rusa del Sidewinder, apodada Atoll por la secretaría de la OTAN, había sido una copia exacta del misil de los americanos. Sólo se había podido fabricar a partir de planos muy detallados. Y él había tenido los planos, por error, aunque, por supuesto, había sido su error, y de ahí había surgido uno de los elementos del caso contra él. Había querido examinar ciertos detalles del sistema de guiado, pero había llenado un formulario incorrectamente y le habían entregado todos los planos, en realidad los planos reales de fabricación del propio misil. Aquello había sucedido en China Lake cuando Diana estaba con él. Sí. Y aunque ella no tenía conocimientos científicos (había estudiado historia del arte, pero no había terminado la licenciatura) tenía una memoria fantástica y, claro está, una cámara fotográfica. «Saqué mi vieja cámara, la que tú me regalaste, ¿recuerdas? Era muy buena, una Leica, y miré las fotografías que había tomado allí. En China Lake. Siempre me cuesta pronunciar ese nombre, pensar en él.» Bueno. Sí. ¿Pero lo creía él? Diana, o cualquier otra persona, podía haber sido el espía. ¿No era eso lo que se había supuesto de él? Le parecía ridículo. Súbitamente sintió que le invadía un sentimiento de culpabilidad. Estaba haciendo con ella exactamente lo que habían hecho con él. Diana no lo había hecho y él lo sabía, simplemente por ser quien era. «No soy un espía.» ¿Cuántas veces se lo había gritado a ellos a la cara? Además, si Diana había sido la espía (¿era ella quien había fraguado la trama?, ¿y había vivido luego todos esos años con la culpa?), ¿por qué no lo había dicho? Absurdo. Si se había suicidado por un sentimiento de culpa o de miedo a que la descubrieran, hubiera confesado o no hubiera escrito nada en absoluto. Entonces, ¿qué significaba la carta? ¿Qué había ocurrido? Ella no lo había sabido, se dijo David finalmente, sintiendo de nuevo unas náuseas de debilidad en el estómago. Ella no lo había sabido y ésa era la cuestión. Algo ocurría y ella no sabía qué. Tannis. Alemanes. Recuerdos de caballos y niñas… Por eso lo había hecho.
«Todo ha vuelto a empezar.»
«Todo ha vuelto a empezar y no puedo soportarlo.»
David permaneció inmóvil frente a la ventana, junto a la mesa con los lirios, y no se movió. Siguió allí en el silencio. Luego tuvo esa sensación en la nuca, como si alguien estuviera vigilándolo. Pero sólo era él mismo. Vigilándose a sí mismo. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué podía hacer? Quería huir. Había huido antes y había creído que todo quedaba atrás. Ahora quería volver a huir. Pero no se movió. ¿Qué había ocurrido? ¿Qué había ocurrido veinte años atrás? No lo sabía. Pero entonces sintió que cambiaba algo en su interior, como el reflejo de la sesgada luz de un microscopio hacia la corredera (después de todo era un científico), y cuando se movió, avanzó hacia el misterio. Pero temblando y con miedo. Subió las escaleras, cada paso hundiéndose sin ruido en los alfombrados peldaños, la mano deslizándose por la suave barandilla encerada, deseando todo el tiempo gritar, como para alejar a los monstruos… «dijo que le daba miedo que se metieran serpientes debajo de la casa»… Pero no tenía ni idea de cuáles podrían ser. No sabía qué iba a encontrar, o qué estaba buscando. Contuvo el aliento. Hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para seguir adelante y, sin embargo, si no lo hubiera hecho, sabía que habría perdido toda voluntad. «Supongo que a ti te ocurrió lo mismo, aunque nunca estuve segura de lo que intentabas hacer, sólo que tú, creo, no tenías elección. Pobre David.» El pasillo estaba en la penumbra. La segunda puerta daba a la habitación que había sido su dormitorio conyugal. No lo recordaba, pero, después de todo, había fornicado con la mujer que había dormido allí, la suicida. Giró el pomo y entró.
Dentro ya de la habitación (estaba oscura) se apoyó contra la puerta y dejó escapar el aliento. Luego volvió a inspirar y entonces olió su aroma. Casi le dio náuseas. El aroma de su piel y sus cabellos, suspendido aún en el aire, había evocado un recuerdo de más de veinte años de antigüedad. Diana. Tumbada junto a él. Diana, cuando se inclinaba sobre ella para besarla. Había estado viva, allí, tan sólo unas cuantas horas antes, y su vida no había acabado de marcharse.