Espantoso. Macabro. Grotesco. Su muerte era todo eso, tanto más cuanto que se enraizaba en el absurdo que había destruido sus vidas. Y él nada podía hacer al respecto, nada en absoluto. Así pues, ¿qué estaba haciendo allí? La pregunta provocó su pánico, porque no sabía la respuesta, porque, aunque la hubiera sabido, no habría representado diferencia alguna. Habría estado allí de todas formas. No tenía elección. Se sintió acorralado. Intentó calmarse mirando a su alrededor, orientándose. No recordaba la habitación, pero la renovación que Tim había mencionado debía haberla cambiado completamente, alterando sin duda las proporciones. Se había tirado un tabique para unir la habitación con la contigua, de modo que ahora el dormitorio ocupaba todo un lado de la casa, justo hasta el fondo, donde una única ventana daba al jardín. Para ser un dormitorio era demasiado largo y estrecho, como un pasillo. Pero, pensó, en realidad no era un dormitorio. Como Tim le había explicado, ella vivía allí y él se dio cuenta. La sensación llegó hasta él como una especie de alivio. Estaba muerta, pero al menos allí había estado viva. También percibió que se había vuelto una persona bastante diferente de la mujer que él había conocido, aunque era una diferencia que él podía apreciar precisamente porque conocía su historia, porque podía remontarse a su Diana. Aquel día en Cambridge volvió a su memoria con el brillante sol y la solitaria nube lluviosa. Ella había cambiado desde entonces, pero nunca había abandonado completamente su antigua personalidad. Volvió a pensar en la carta, en la crítica sobre su estilo: «Diversión, eso es lo que estropea mi pintura,» y vio huellas de lo que ella quería decir, apuntes de lo exótico que no acababa de imponerse, estilos que eran reviváis, algo francés y con volantes, a lo Fragonard, alrededor de su cama; algo oriental, pero también Victoriano (vestido de morisco, como los árabes de Gérome), que se limitaba a la parte de la habitación dedicada a sala de estar, con mimbre, alfombras y cojines de seda; y más allá, en el fondo de la habitación, donde tenía el caballete y las pinturas, junto a un sofá con una alfombra echada por encima, se sugería incluso el estilo de los prerrafaelitas, los burgueses soñadores de lo decadente. Diana le había enseñado los nombres de todos esos pintores muchos años antes, mientras le conducía por el Louvre durante su luna de miel. Aquellas asociaciones hacían de la estancia definitivamente su habitación, aunque en realidad le resultaba difícil distinguir los detalles porque las cortinas estaban corridas y reinaba la oscuridad. Las formas flotaban ante sus ojos. Se preguntó si eso habría sido lo último que ella habría hecho, correr las cortinas de todas las ventanas. Pero se dijo que ella nunca había sido dada a los gestos, otra de las razones por las que su suicidio resultaba tan difícil de digerir. No obstante siempre le había gustado la oscuridad, la necesitaba para dormir. Así que aquella mañana probablemente no se había molestado en descorrer las cortinas. En cualquier caso la luz principal de la habitación, cuando se acostumbró a ella, procedía de una pequeña lámpara sobre el pequeño escritorio que había cerca de la cama. Otro signo de su vida que persistía. A menos que Tim la hubiera encendido. Pero no era probable, pensó David. Dudaba de que Tim hubiera visitado la alcoba desde que había ocurrido. Cruzó la habitación, su primer movimiento dentro de ella, y se acercó al escritorio. Estaba en lo cierto, el bloc de papel de escribir de avión aún estaba allí encima y sus últimas palabras se habían quedado grabadas en éclass="underline" «Querido David, márchate tan lejos como yo.»
Le dio la vuelta al bloc y se giró hacia la cama. La había hecho. Era típico de ella, tan limpia y organizada. Al menos en lo superficial solía saber lo que estaba haciendo. Así que se había despertado, se había bañado (el cuarto de baño era la puerta contigua) y luego había vuelto allí, vestida. Pero no necesariamente. En ciertos estados de ánimos disfrutaba prolongando el sueño, sin arreglarse. «En Escocia, ¿sabes?, siempre se duermen, y sé exactamente lo que quieren decir.» A David le parecía oír su voz al decirlo. Y entonces, antes de que el pensamiento se hubiera formado del todo en su mente, sintió una débil y temblorosa sensación que le bajaba por los brazos. Los extendió, levantó la almohada y dejó al descubierto el camisón de Diana, que le arrojó otro soplo de su aroma a la cara. Al instante devolvió la almohada a su sitio. Pero luego sus dedos se entretuvieron en la colcha de encaje y recordó: «papá jugando conmigo en el columpio, dándome impulso para que subiera más y más hasta que me di cuenta de que enseñaba las bragas».
Sólo entonces, cuando se alejó de la cama, David se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Retomaba los pasos de Diana, pensando con ella durante los últimos momentos de su vida. Era como si se hubiera puesto la máscara de la muerte para intentar desentrañar el misterio. ¿Qué le había ocurrido? Al final, ¿qué había querido decir? Sintió una mezcla de pena y rabia. Ya sabía, en realidad, adónde le habían conducido sus pasos y nada podía hacer él por remediarlo. Pero no pudo contenerse, siguió avanzando hacia las sombras, recorriendo la habitación. Se hallaba ahora en una especie de salita de estar: una alfombra kilim, crujientes muebles de mimbre, una mesita baja con la parte superior de latón grabado: su arabesco. Sobre la mesa había una bandeja de caoba donde reposaban los restos del té de la mañana.
La tetera estaba vacía, se lo había bebido todo, aunque la fragancia persistía. Un desayuno irlandés, algo más abundante de lo que él hubiera supuesto. También la jarra de la leche estaba vacía, pero no consiguió encontrar la taza. Miró a su alrededor buscándola. Era, pensó, como si estuviera reuniendo las piezas de un rompecabezas infantil del que finalmente surgiría una cara. ¿Y si no lograba dar con la taza? ¿Y si había perdido la pista? Sin embargo, sintió una confianza instintiva en que por fin llegaba a alguna parte. Y allí estaba, aún más al fondo, en la parte de la habitación que ella utilizaba como estudio. Había un sofá tapizado en una especie de brocado descolorido con un ribete de borlas y otro kilim echado por encima. También había una tosca y vieja mesa cubierta por sus utensilios de pintar: botellas con pinceles, montones de trapos y tubos de pintura. La taza estaba sobre una mesita baja frente al sofá, en realidad un viejo taburete de piano. Se la imaginó sentada allí, dejando la taza a un lado e inclinándose hacia delante para mirar el frágil caballete de acuarelas que sostendría el cuadro en el que estuviera trabajando. Como una dama eduardiana liberada en su solitario alojamiento. Pero el caballete estaba vacío. ¿Se habría sentado ella para contemplar aquel vacío? Habría sido otro gesto insólito en ella. Se había sentado allí con un propósito definido. La siguiente pieza… La encontró en el suelo, junto a la mesa. Un álbum de fotos.
Era un viejo álbum de gruesas hojas negras en el que las fotos estaban enganchadas mediante pequeños fijafotos adhesivos. Lo reconoció al instante. Eran las fotografías que ella había tomado durante su viaje a América. Nueva York. Instantáneas: vistas desde Battery Park, luego otra hacia atrás, mirando hacia el otro lado del agua. Diana había insistido en tomar el Staten Island Ferry: «Quiero hacer todo lo que hacen los turistas.» Él se había sentido incómodo, rígido, fingiendo un mayor refinamiento, aunque, recordaba que, en secreto, la ciudad lo había aterrorizado. Había fotos de tiendas en una cantidad sorprendente, y luego unas cuantas tomadas en el Bronx Zoo. A Diana le encantaban los zoológicos. Greenwich Village, a donde ella había querido ir y él no, porque el refinamiento, claro está, lo tenía ella. Así que habían ido a una cafetería y habían tomado café exprés y habían escuchado canciones folk… CC Rider, see what you done done… Recordó la canción al mirar una foto de sí mismo, veinticinco años atrás, en la esquina de la calle MacDougal. Llevaba una americana de mezclilla y las suelas de sus zapatos debían tener dos centímetros y medio de altura. Gracias a Dios, se dijo, que tenía buena vista, si no hubiera llevado esas gafas de la Seguridad Social que hacían parecer un topo a cualquiera. ¿Qué había visto Diana en él? La pregunta siguió rondando su mente mientras pasaba las hojas del álbum. Habían tomado un tren con dirección al oeste. Habían hecho paradas a lo largo del trayecto, fotos por la ventanilla: una, que debía haber hecho él, de Diana, haciendo gestos exagerados en un coche panorámico, con las Rocosas y los pinos tras ella. Los Ángeles. Al contemplar aquellas fotografías, Santa Mónica, las playas, las palmeras, recordó a un viejo amigo de Cambridge, un físico llamado Kevin Elton, que le había enseñado a conducir, la única habilidad social que poseía, lo que le había conferido una ventaja inicial sobre Diana. Había fotos de un viaje que habían hecho siguiendo la Autopista de la Costa, recordaba, que conocía de antes por los libros de Raymond Chandler, quizá su única relación con toda aquella parte de Estados Unidos. Imágenes del mar rompiendo sobre las rocas, arremolinándose en una cala, de árboles increíbles con raíces fantásticas… raíces de ciprés. De Carmel, recordó. Y había una fotografía muy buena de dos nutrias marinas flotando de espaldas en el agua en mutua camaradería. Recordó asimismo que Carmel era el hogar de Edward Weston (¿no era interesante, se dijo, que Diana hubiera supuesto que él no recordaría el nombre, aunque ahora él mismo fuera una especie de fotógrafo?). Con aquel pensamiento en su mente se concentró en las fotografías, pues saltaba a la vista que a medida que pasaban eran mucho mejores, más serias. Eran ya más fotografías que instantáneas. Ella siempre había pintado, aunque, que él supiera, nunca se había mostrado interesada por la fotografía, y le había comprado la cámara sólo como un medio de dejar constancia de su viaje. Pero a ella le había gustado aquella cosa con tantos botones y palancas, aquella pequeña y compleja máquina que ella podía dominar. No obstante, era evidente que había acabado por interesarse más seriamente. Lo adivinaba por las composiciones, por el modo en que empezaba a jugar con la profundidad del campo. Había una foto de sí mismo tomada con un objetivo más largo que ella debía haber comprado por allí. Cuando miró aquel rostro extrañamente familiar admitió que su matrimonio había sido peculiar, «desigual». Él siempre había sido consciente de la distancia social que los separaba y de la diferencia de sus temperamentos, cosas ambas que habían sido superadas de algún modo mediante el deseo mutuo de salir de sus respectivas posiciones para llegar a algún otro lugar. Pero lo que David veía ahí era que Diana había sido mucho más refinada que él, que el ojo que había tomado aquellas fotografías había sido mucho más culto que el suyo y que él hubiese tardado años en alcanzarla. «Realmente nos conocimos en el momento equivocado. Deberíamos habernos conocido mucho más tarde y tener un hermoso romance, que es, creo, lo que a mí más me va. O iba. Ése es mi ritmo: hoteles, moteles, fines de semana, tardes. Te pido disculpas. Vuelvo a empezar…» Sí, él había sido demasiado inocente. ¿O precisamente había sido ése su atractivo? «Vuelvo a empezar.» Recordó la fantasía que había tenido, que Diana no se había suicidado sino que se había limitado a desaparecer por un deseo de volver a empezar. ¿Pero no habría estado intentado, ya en aquella época, volver a empezar? O quizá la posibilidad se presentó de nuevo, él había sido el objetivo, o la tapadera perfecta, o cualquiera que fuera la palabra que utilizaran, si ella era el espía. Siguió hojeando el álbum buscando el centro de todo aquello, lo que Diana también debía de haber buscado: las fotografías de China Lake. Pero tan pronto como llegó a esa parte supo que algo fallaba. Sencillamente, no había las suficientes. Unas pocas páginas, ocho en total, eso era todo.