Выбрать главу

¿Pero qué significaba eso? ¿Qué significaba ahora? Se sintió mareado. La cabeza le daba vueltas. Se dio cuenta de que si intentaba ponerse en pie se caería. De nuevo estaba metido en el lío. Todo volvía a empezar. Ésa era la cuestión. Eso era lo que Diana había comprendido. No había modo de escapar. Si ella hubiera sabido lo que estaba ocurriendo, se lo habría contado. Por supuesto. Si ella había sido la espía, ¿por qué no habría de habérselo confesado en la carta? Ella no comprendía todavía lo que estaba ocurriendo y tratar de averiguar lo que ella sabía sólo lo conduciría hasta su ignorancia. Y su desesperación. Y ahora, eso era también lo que él sentía, inundándolo como en una oleada. Oh, no tenía esperanza.

Sin embargo, fue entonces cuando David se levantó. Parecía resuelto. Su rostro lo demostraba y con aquella nueva firmeza parecía mucho más joven, muy semejante a la imagen de las fotografías, el inocente chico en Nueva York, el joven desgarbado con el chófer de la Marina en el jeep. Pero él no era consciente de ello, sólo que tenía que superarlo, aunque no estaba claro, por el momento, lo que eso significaba exactamente, hasta que, cuando se vio en el recibidor caminando hacia la puerta, se dio cuenta de que debía completar la tarea que había iniciado, tenía que seguir los pasos de Diana hasta el final. Tenía que acabar lo que había empezado. Ella había tomado una decisión. Había quemado las fotografías. Había escrito la carta, «Querido David…» Luego se había desembarazado de Tim y por última vez había abierto la puerta delantera de la casa, la había cerrado tras de sí y había caminado hacia la carretera. Él iba a salir un poco antes de la hora en que había salido ella, lo sabía. La sombra bajos los árboles debía de haber sido un poco diferente, la brisa algo más intensa, la brisa nocturna que llegaba del mar. Pero no tenía remedio. Ella debía de haber tomado aquel camino. Directo. Colina arriba hasta descubrir la bahía, brillando bajo el sol, más allá del promontorio y de la base.

David caminó hasta allí. El sol se reflejaba en el agua. Nubes altas barrían el cielo azul. Sin encontrarse con nadie caminó a lo largo de la vacía carretera hasta que alcanzó las casas del pueblo, las tiendas, la pequeña cala con su playa en forma de media luna y su baranda de hierro. Oyó el agua chapoteando debajo, lamiendo la playa. Sobre las olas se balanceaba un bote hinchable de un llamativo color naranja que transportaba a un hombre y a un muchacho, con el cuerpo abultado por los amarillos chalecos salvavidas, afanándose por arribar hasta la arena. Se detuvo para contemplarlos durante un momento, distraído por completo. No tenía ni idea de dónde estaba ni de lo que pretendía hacer. Luego prosiguió. El camino se empinó de nuevo. Pasó junto a un cobertizo que pertenecía a una empresa de pompas fúnebres. Una ironía macabra a la que apenas prestó atención. Luego, subiendo unos peldaños que cruzaban una cerca, se encontró en el sendero que conducía a Tresaith. La brisa le agitaba los cabellos y el resplandor del sol en el agua lo deslumbraba. Olió el agua del mar en el viento. Pensaba en Diana caminando por allí, abrazándose para protegerse del frío. Debía de haber mantenido la cabeza en alto. David percibía que en aquellos últimos momentos Diana tenía que haber sentido una particular curiosidad por sí misma. Iba a hacerlo, ¿pero se decidiría realmente? A la izquierda de David el sendero estaba bordeado por espesos setos tras de los cuales se hallaba el borde del acantilado. A su derecha se extendían los campos abiertos en los que había caravanas, deshabitadas en ese momento, y escaso ganado apacentando. Una de las caravanas estaba pintada de un verde brillante. «Wendy's», decía. El sendero descendía hacia una hondonada donde los setos eran tan altos que ocultaban el mar. Luego el terreno se nivelaba. No había setos. Se podía pasear tranquilamente por el borde del acantilado, que allí se curvaba hacia dentro, formando una cala. En el extremo más alejado, que apareció ante su vista cuando se acercó al borde, había una cascada, un largo y fino penacho de agua que se deslizaba hacia abajo para terminar en el mar. Las olas rompían allí debajo, encrespándose contra las rocas, llenando con ruido sordo las cuevas y recovecos del acantilado. Ahora estaba justo en el borde. Miró hacia delante. No había necesidad alguna de mirar hacia abajo. Seguía sin tener miedo de las alturas, pero no podía recordar (¿había tenido alguna vez ocasión de descubrirlo?) si Diana las temía o no. ¿Qué le había ocurrido? La sentía. No había estado enfadada, a pesar de lo que le hubiera ocurrido, lo había aceptado, justo al final. Pero David sabía que él no lo aceptaba. La ira se apoderó de él. Estaba lleno de odio. Apretó los dientes. Quería gritar a la cara del viento. Se odiaba a sí mismo. Qué cobarde había sido de no luchar contra ellos la primera vez, de no devolverles el golpe. ¿Pero cómo hubiera podido hacerlo? Había aceptado, había aceptado. Ésa era la ironía. Por supuesto que había aceptado. «No tienen que contarme nada de los rusos.» Y luego, insensatamente, su corazón se colmó de odio contra los británicos, contra su timidez, su hipocresía, su absurdo sentido de la superioridad, que se mantenía tan sólo por la repugnante depravación de la que se habían servido para sojuzgar a los demás. Él se había visto atrapado por todo eso. ¿Qué oportunidad había tenido? Era una víctima tan educada, tan alegre. «Gracias, señor, ¿podría volver a repetir?» También ella debió de sentirse atrapada. ¿Pero por qué? Bueno, él no lo sabía en realidad. No importaba. Ni lo más mínimo. No tenía escapatoria. Tan pronto como se encontraba una, ellos la eliminaban. Pensó en Anne. Qué estúpido había sido, y como todos los estúpidos, él mismo constituía el peor de los peligros. Sí, todo volvía a empezar, no sólo a él. Por supuesto, tendría que hacérselo a alguien más.

Un perdedor.

Sí.

Miró hacia delante.

Sabía que iba a ocurrir.

No estaba seguro, sin embargo, de si iba a saltar o a caer. No estaba del todo claro. Quizá ninguna de las dos cosas. Uno volaba. Hacia arriba por un instante, en dirección al sol. Luego el viento soplaba y uno se tambaleaba, mientras un rugido llenaba sus oídos y descendía hacia una helada oscuridad, llena de resplandecientes estrellas.

11

Aquella caída en el mar, cada uno de los momentos de que se componía, quedarían grabados en la mente de David durante el resto de su vida y nunca llegaría a saber realmente qué había ocurrido. ¿Había saltado? ¿Había caído? Hubo un momento de sorpresa, al mismo tiempo que caía, casi como si no lo hubiera esperado. Pero su caída libre, su «movimiento de descenso en un campo gravitacional sin estorbo por parte de un medio retardatriz», fue tan larga (sesenta metros quizá; más de seis segundos) que tuvo tiempo de prepararse. Se zambulló en el agua… pero nunca estuvo completamente seguro de cómo había entrado, si con los pies por delante, sobre la espalda, el trasero. Sólo supo que su entrada había sido tan limpia, tan precisa, que más tarde pensó en ella en términos de las leyes de refracción, «el cambio de dirección que un rayo sufre cuando entra en otro medio transparente». Pues el mar era transparente. Al caer, él y el agua eran absolutamente lúcidos. Pero sólo sintió movimiento. No tuvo la sensación, por ejemplo, de estar mojado. Tampoco tuvo miedo. Su movimiento de aceleración lo envolvió, lo mantuvo a salvo. Se había transformado, era más energía que masa. Sin embargo, era totalmente consciente del elemento en que se hallaba, la vasta oscuridad oceánica que lanzaba destellos a su paso y tuvo un recuerdo absolutamente claro (y más tarde, no tendría dificultad en recordar que lo había recordado) de su pa