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dre, levantándolo por los brazos, arriba y abajo, arriba y abajo. «Arriba, arriba.» Le pareció que casi reía a carcajadas, como lo había hecho de niño, a seis metros bajo el agua.

De repente todo se detuvo.

Durante unos instantes se quedó suspendido, inmóvil. El empuje del fluido hacia arriba compensó la aceleración de descenso de su caída. Newton y Arquímedes en equilibrio. El corazón flotó en su pecho. Su centro estaba en una total inmovilidad. Se sintió en paz. A su alrededor había un resplandor, un torbellino de luz, su propia turbulencia exorcizada y reflejada de nuevo sobre él.

Pero todo aquello en conjunto duró tan sólo unos segundos y luego se invirtió. De energía a masa; lo que estaba fuera de él, volvió al interior. Y todo fue dolor. Supuso que se había aplastado el pecho porque los pulmones le ardían. No había aire, ni vida. El pánico gritó a través de su cuerpo mientras se veía lanzado hacia arriba, disparado hacia la superficie con un rugido en los oídos, los ojos desgarrándose y un gran golpe en la nuca. Por fin salió de nuevo al brillante firmamento cegador.

Pero no fue hasta que bajó y subió una segunda vez cuando se dio cuenta de la peligrosa situación en la que se hallaba.

David estaba de espaldas en un seno entre dos olas. El cielo parecía asombrosamente alto por encima de él, muy distante, y de un azul deslumbrante. El rocoso borde marrón del acantilado se cernía sobre él, amenazador, como un solo peñasco, como Gibraltar. Junto al claro perfil que separaba el risco del cielo, tres gaviotas argénteas volaban hacia arriba siguiendo un remolino de aire que igualaba la turbulencia del mar a su alrededor. Había caído en un vértice del acantilado que formaba ambos; en lo alto el viento lo golpeaba, allá abajo provocaba el oleaje del mar que se alzaba, con engañosa suavidad y luego se abalanzaba en enormes olas encrespadas sobre la roca. No estaba demasiado lejos de la «costa», es decir, de la cara del acantilado, pero al instante comprendió que una vez metido en aquella resaca era hombre muerto. Estaba muy cerca, cada ola lo arrojaba más cerca. También sabía que existía otro peligro, que notaba ya tirando de sus piernas, porque el mar debía de haber cavado grutas y cuevas bajo las olas, de modo que, si no era aplastado hasta morir en la superficie, se vería succionado hacia abajo. Sin embargo, David tenía la ventaja de ser un nadador experto y conservaba todavía parte de la calma peculiar que había experimentado bajo el agua, así que el pánico no se apoderó de él. En realidad se tomó su tiempo para quitarse el zapato (el otro había desaparecido), esperó a que lo alcanzara un seno entre olas, tomó aire y se sumergió. David había comprendido ya que ésa era su única alternativa, bajar desde la violenta superficie hacia una zona más tranquila. Buceó apartando el agua con cada movimiento de los brazos (tres suaves brazadas) y halló una rápida y fría corriente que lo arrastró hacia el exterior, un remolino procedente del acantilado. Así ganó nueve metros. Se encontró de nuevo en la superficie, resoplando. A punto estuvo de acabar allí, pues una ola rompiente se abalanzó sobre él y tragó agua. Tosió, medio ahogado, y sintió, ahora sí, un poco de pánico, pero no tanto como para no poder tomar aire y volver a sumergirse. Salió a la superficie en la siguiente zona de calma. Flotó de espaldas durante unos instantes. Entonces vio la salvación. A su derecha, donde la curva del acantilado se arqueaba hacia el mar, dos grandes rocas recibían el impacto de la resaca en una sucesión de enormes olas. Pero detrás de ellas, entre las rocas y el acantilado propiamente dicho, había una zona más resguardada. Tomó aire una vez más, se sumergió justo a tiempo y nadó en dirección a aquel lugar. Lo alcanzó en una segunda etapa. Boqueando, emergió entre los remolinos de las olas rompientes. Sólo entonces percibió realmente el sonido, el rugido de la resaca, de las chillonas gaviotas y del suave borboteo del agua más tranquila que lo rodeaba.

Durante unos minutos se quedó allí.

Pero apenas unos minutos, porque David sabía que si se quedaba allí demasiado tiempo moriría de otro modo. El agua estaba muy fría. Ya empezaba a notar una especie de calor enfebrecido en las entrañas al tiempo que su cuerpo se retraía sobre sí mismo. En cinco minutos más sufriría una hipotermia sin remedio y al cabo de un cuarto de hora habría muerto. Tenía que salir del agua. Extendió los brazos para aferrarse a la roca, pero al mismo tiempo giró hacia atrás, hacia el acantilado. Estaba tan sólo a seis metros de distancia y en realidad lo tenía por encima de su cabeza, ya que el mar lo había cortado por la base en aquel punto. Al mirar hacia arriba vio una fisura, una grieta justo en la cara del acantilado y más arriba, una profunda hendidura de donde habían caído los dos grandes bloques de piedra que ahora constituían su pequeña isla. Si consiguiera subir hasta allí…

Se tumbó de espaldas. El agua lo sostuvo, levantándolo y haciéndole descender. Notó que cada ola lo alzaba más alto que las anteriores y que esas olas más altas lanzaban un penacho de espuma, como un géiser, al interior de la fisura. Una vez hubo comprendido la situación, no lo dudó. Buscó con el pie la roca que tenía debajo y dio una patada, golpeándola con fuerza, para subir hasta la grieta justo cuando sintió por detrás, dándole alcance, una de las olas más grandes. Lo atrapó. Lo alzó de una acometida. Se arañó los hombros contra la roca, tan estrecha era la fisura, y luego las manos, extendiéndose hacia arriba, se aferraron a algo, a una grieta. El agua se alejó entonces hacia atrás y él quedó colgando de las puntas de los dedos. Pero lo había logrado. La siguiente oleada cayó sobre él, pero ahora se había encajonado en la grieta, como un guijarro. Otra ola encrespada. La dejó marchar. Pero mientras el agua caía, David empezó a subir retorciéndose. Tan sólo consiguió avanzar unos centímetros, pero cuatro oleadas más tarde ya había salido. El agua se lanzaba contra él, pero ya no lo tocaba. Rió. Era una locura, pero lo había conseguido. Siguió ascendiendo. «Bueno, sabes escalar, ¿no es cierto?» Sí, sabía. Más arriba veía la línea donde cambiaba la roca. La línea de la marea. Por encima la piedra tenía un tono más claro. Al llegar allí, se prometió a sí mismo, descansaría. Era tan fácil como encogerse de hombros; era como si uno se desperezase dándose impulso con los pies, como si quisiera deshacer la rigidez de la región lumbar. Encontró un recoveco donde pudo acurrucarse en posición fetal. También le llegaba el sol. Lo sintió sobre la mejilla. Y luego hubo algo más, un hallazgo… un trozo de grueso papel empapado. Lanzado allí. Arrojado allí. Metido en la fisura por la presión del viento o de las olas, se había quedado allí aprisionado.

Le dio la vuelta.

E hizo un mágico descubrimiento.

Pero también era científico. Porque la turbulencia está asimismo gobernada por leyes estrictas («sistemas variables») y el mar que tenía debajo no era sino salvaje. Era de presumir que cualquier cosa que sobreviviera a aquel torbellino fuera arrojado hasta allá arriba como él mismo. Así que lo que él tenía en las manos era una hoja del álbum de fotos de Diana. No lo había quemado todo. Lo que había escrito era literaclass="underline" «Uno debería llevarse ciertas cosas consigo a la tumba.» Mientras sostenía la hoja, uno de los empapados bordes se desintegró en su mano. De hecho, una de las fotografías había desaparecido por completo (un secreto que estaba totalmente a salvo), pero otras tres desvelaban… ¿qué? Estaba demasiado cansado para intentar adivinarlo.

Un hombre moreno y bajo que sostenía la brida de un caballo, sobre el que estaba montada una niña pequeña.

Una choza azotada por el viento, desolada, con el desierto del Mojave extendiéndose más allá.

Y una mujer a quien David no conocía, con los labios fruncidos para dar un beso.