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No iba a esconderse o a correr en busca de ayuda, o a fingir que no había ocurrido. «Todo vuelve a empezar», había dicho Diana y se había suicidado. Pero él no iba a permitir que ocurriera esta vez. Habían cometido un error, le habían dado una segunda oportunidad. Pensó que en el acantilado les había desafiado. De eso se había tratado. Comprendió que había tenido que hacerlo. Era exactamente lo que tenía que hacer. Le había dado una oportunidad a la muerte, pero la muerte no la había aprovechado. Ahora que le había sido devuelta la vida nadie iba a arrebatársela, al menos sin lucha. Deliberadamente evocó la imagen de Anne. Sí. No quería perderla. Le resultó fácil entonces admitir la verdad sobre Diana, que en realidad no la había tenido nunca. Había sido demasiado joven, un muchacho demasiado inocente. Por eso había funcionado, por eso habían podido tenderle aquella trampa. Era completamente inocente. No había hecho nada. Había sido una pura y y perfecta maquinación. Él había sido una especie de tabula rasa en la que habían escrito y dibujado exactamente lo que habían querido. Pero esta vez no sería así. Tendrían que matarlo… y sabía que esto era verdad, que lo decía en serio. Era algo que merecía una reflexión. Tendrían que matarlo. Pero entonces la tensión se rompió cuando el sonido de algo que raspaba sobre la encimera le obligó a levantar la vista. Era un ratón que avanzaba hacia el fregadero. David contempló cómo se sentaba sobre los cuartos traseros, fruncía el hocico, volvía a correr y luego se detenía de nuevo. Sonrió. Era un símbolo perfecto. Él era un hombre, no un ratón. O un hombre, no un muchacho. Pero al pensar en ello, encontró algo en la imagen (¿el autodesprecio?) que resultaba incongruente. En realidad era el tipo de comentario que podría haber hecho en alguna ocasión con respecto a sí mismo. ¿Pero y ahora? No estaba seguro. Desde luego, no sonaba bien. Era un hombre diferente y, aunque de un modo confuso, notaba esa diferencia a pesar de que no se identificaba plenamente con ella. Era como si no se hubiera alcanzado a sí mismo. Esos dos caracteres que había en su mente, los cuales creaban el interminable diálogo de su conciencia, no estaban totalmente sincronizados. «No consigo darte el pie -pensó-, no sé cómo apuntarte, es decir, apuntarme.»

Este pensamiento, a su vez, lo llenó de impaciencia. El ratón desapareció por detrás de la encimera. (Aquel lugar debía de estar plagado de ellos, no dejaba de decirse, de ahí los plásticos sobre los muebles. Habían anidado incluso en la cocina.) Porque sabía que no podía perder tiempo, que no tenía tiempo para estudiar su nueva personalidad, tan sólo podía representarla, representarse a sí mismo. Sin embargo, ése era precisamente el problema. Si ahora actuaba, ¿qué iba a hacer? No tenía recursos ni autoridad. No disponía de aliados, estaba solo. Sí, por su mente pasaron velozmente las implicaciones de lo que iba a emprender. Pero se había embarcado en ello y su nueva personalidad, a pesar de que aún no se hubiera sincronizado con ella, había puesto en marcha los preparativos. Desnudo (sus ropas estaban secándose aún sobre el respaldo de una silla) repaso sus pertenencias. En la cartera había 428 libras y la tarjeta de Barclay, American Express. Tenía el talonario en la guantera del coche y podía conseguir más dinero si lo necesitaba. ¿Qué había de su casa?, ¿y del trabajo? Era de suponer que aquello le llevaría tiempo. Pero la señora Simpson (su secretaria dos días y medio por semana) podría encargarse de todo, al menos durante un tiempo. Anne. Tim. En su mente los había unido ya y había decidido también que quizá corrieran peligro, aunque no estuviera seguro de cómo ni por qué. Así que enviaría a Tim a Escocia y luego los obligaría a marcharse. Derek debía de estar a punto de terminar la escuela, así que no habría problema.

Todas sus preguntas parecían encontrar respuesta antes incluso de que las formulara. Lo mismo le ocurrió con el problema principaclass="underline" la estrategia a seguir. A pesar de todo, le pareció que tenía ciertas ventajas. Aún conservaba la carta de Diana, empapada, corrida la tinta, pero más o menos intacta. Aunque fuera enigmática en los detalles, representaba un hecho simple. Diana se había suicidado a causa de lo que estaba ocurriendo, a causa de su relación con lo que estaba ocurriendo, lo cual significaba, se dijo David, que esa relación debía haber sido mucho más importante de lo que él había imaginado nunca. Había estado involucrada en los sucesos acaecidos en China Lake tanto como él. Ella, por sí misma, al margen de él. Aunque no comprendía lo que eso significaba, sospechaba que él era la única persona que comprendía la importancia de Diana, de modo que tenía cierta ventaja. Además, tenía sus fotos, sus secretos. Volvió a envolverse en la manta y esparció las fotografías por encima de la mesa. Estaban arrugadas por el agua y la fina capa de las imágenes se había emborronado, pero se veían con bastante claridad. La primera mostraba a una atractiva mujer con un largo flequillo rubio. Tenía una mirada feliz y los labios fruncidos, haciendo muecas o quizá ofreciéndole un beso a la persona que sostenía la cámara. No estaba seguro, pero pensó que podría haberse tratado de la mujer de un científico de China Lake. Sin duda la brillante luz del sol cayendo sobre el jardín de un bungalow (una valla de madera roja, una curva de peldaños enlosados, una hilera de farolillos chinos) le recordaron el desierto, y la expresión brillante, forzada de la mujer (una voz risueña, cantarína con los cubitos de hielo en una copa, «la próxima vez nos toca a nosotros», y luego una retirada confidencial, brazo con brazo, en dirección al lavabo) le trajo el recuerdo de las esposas de los científicos, imitaciones de Doris Day y Debbie Reynolds (¿o eran esas alusiones tan sólo otro de los aspectos de su inocencia?). Estuvo a punto de recordar, lo tenía en la punta de la lengua, a un hombre en concreto, un ingeniero, un especialista en servomecánica. Habían celebrado una fiesta, Diana y su mujer se habían hecho amigas y habían pasado algunos ratos juntas yendo a comprar, acercándose a Los Ángeles o Bakersfield por las tardes. Pero su nombre y cualquier otra certeza de que se correspondiera con esa cara se le escaparon.

La segunda fotografía, cuando se dedicó a ella, resultaba aún más enigmática. Una choza ruinosa con el desierto detrás. Sin embargo, tenía una particularidad: no era una instantánea sino una fotografía, es decir, el intento de crear una imagen. Recordó la carta de Diana: «Weston hizo una fotografía, hizo un negativo, como dice siempre Charis, click.» De eso se trataba, pensó, era una composición pensada, deliberada. Pero resultaba difícil saber lo que significaba esa imagen. La choza, con dos plantas en realidad, estaba cubierta de tela asfáltica, despegada a trozos y sobre la que aún eran visibles fantasmales mensajes publicitarios: BIDAS SUAVES EDS OTEL. Pero los marcos de las ventanas estaban blanqueados como huesos y se podía ver a través de las ventanas el otro lado de la choza y una duna del desierto. En la parte de delante había una escalera medio derrumbada lo bastante larga, supuso, para alcanzar el segundo piso, y una tosca mesa con dos sillas pegadas a ella, como dispuestas para la comida, así que el efecto en general era un tanto surrealista. Realmente como fotografía quedaba bastante bien. ¿Pero por qué destruirla? ¿Cómo podía ser aquél un secreto que mereciera la pena llevarse a la tumba?

No tenía la menor idea de cuáles eran las respuestas a esas preguntas y cogió la última fotografía, que, comparada con las otras, parecía más fácil de entender. Un hombre bajo y de cabellos oscuros sujetaba las riendas de un caballo sobre el que montaba una niña pequeña, inclinada hacia delante alegremente, sonriendo al sol. Tenían que ser Vogel y Marianne, su hija. Y Diablo, el caballo que Diana le alquilaba. Vogel, que había matado al otro alemán, el llamado Buhler. Al menos eso pensaba Tannis.

Sin embargo, Diana, según rezaba su carta, no estaba segura de si debía creer a Tannis. «Ése era Vogel. Es. Tannis no lo sabía. Aunque no sé si creerle.»