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Colocó las fotografías en fila. Sus secretos, o la mayor parte de ellos, seguían siendo secretos. Pero todo, se dijo, convergía en un punto. La muerte de Diana, la carta, las fotografías, lo que había ocurrido en los Clints of Dromore, todo ello se concentraba en Tannis. Y parecía que la nueva personalidad de David ya había preparado el terreno. Encontrar a Tannis era la clave; eso estaba ya decidido. Una vez más, y a pesar de todo, comprendió que tenía otra gran ventaja: nadie, ni siquiera Tannis, sabría que David estaba buscando, ni lo esperaría. Recordó su fantasía sobre Diana desapareciendo en el mar para volver a aparecer con una nueva identidad. ¿No era eso exactamente lo que había hecho él? Justo en ese momento, sentado en aquella caravana, nadie sabía dónde estaba. Al llegar a la cima del acantilado y ver que un hombre se acercaba por el camino se había escondido, y su instinto había sido correcto. Su propia existencia era el mayor secreto que poseía. Nadie más sabía que él estaba en el juego. No tenía recursos ni autoridad, excepto la sorpresa y las manos completamente libres. Podía hacer todo lo que quisiera. Por el momento decidió que ése tenía que ser su principal objetivo: la conservación de su anonimato.

Objetivo que puso en práctica de inmediato.

Tuvo algo de suerte. Había pasado ya el mediodía y sus ropas se habían secado un tanto, pero tardarían horas, toda la noche, en recuperar un aspecto presentable. Reflexionó sobre la posibilidad de quedarse a pasar la noche en la caravana, pero no quería retrasarse tanto. Por otro lado, si se paseaba por el pueblo tal como iba vestido sería tan visible como un espantapájaros. Entonces empezó a llover en un súbito tamborileo sobre el techo de la caravana y una gota regular cayó resueltamente desde el techo a la parte superior de la nevera y de ahí a un charco que iba creciendo en el suelo. Un estanque dentro del estanque. Después de media hora, cuando la lluvia caía aún con mayor intensidad, comprendió que le proporcionaría una protección perfecta. Se puso la camisa y los pantalones, pero en lugar de los zapatos se calzó las botas de goma que el señor Sapo había dejado en el fregadero y, por encima del suéter, se colocó el chubasquero que había visto antes en el dormitorio. Se sintió húmedo y miserable, pero no tenía un aspecto más húmedo y miserable, se dijo, que cualquier otro observador de pájaros o excursionista desafortunado a quien la lluvia hubiera pillado por el camino.

Salió de la caravana. A pesar de que el cielo se oscurecía ya, la luz le hizo parpadear. No había nada que ver, ni nadie que lo viera a él, excepto las vacas en el campo que había más allá y que levantaron sus babeantes hocicos hacia él apenas un instante. No encontró un alma a lo largo del camino del acantilado y llegó al pueblo, borroso por la lluvia que llegaba como niebla desde la bahía y el horizonte gris. Dos chicos con sendos impermeables amarillos pasaron junto a él corriendo con las cabezas gachas y los cuerpos algo vueltos hacia atrás para protegerse del viento. Apenas lo miraron. Una furgoneta azul traqueteó doblando una esquina justo detrás de él y desapareció. Y eso fue todo. Anónimo, sin que nadie lo percibiera, llegó a la casa. Su coche estaba donde lo había dejado. El de Diana no estaba en el camino de entrada, de modo que Tim no había vuelto aún. Una vez dentro de la casa lo primero que hizo fue bañarse y luego, envuelto en una toalla, llamó por teléfono a Kirkcudbright para hablar con Anne. Cogieron el teléfono al vuelo y David tuvo la impresión de que había estado esperando.

– Hola.

– Me alegro de oír tu voz -dijo ella.

– Sí. Yo también. ¿Cómo estás?

– Bien. -Rió-. Odio esto. Suena tan cerca, pero no lo estás.

– Pero es mejor que nada.

– Desde luego. -David notó que sonreía-. De todas maneras no puedo creerlo. Soy demasiado vieja para esto. No dejo de pensar que realmente debería tener alguna duda…

– Con D mayúscula quieres decir. ¿Como el vicario de una novela de Trollope?

Ella rió.

– Exactamente.

– Escucha… han ocurrido muchas cosas.

– Lo sabía. Que ocurrirían.

– Bueno, es cierto. Diana se ha suicidado realmente.

– Oh, David. Es horrible. ¿Cómo…? No, no me lo digas.

– No pasa nada. No estoy trastornado, o al menos no lo estoy de esa manera. Se ha ahogado. Se ha tirado al mar.

– Dios mío.

– Sí, pero es más complejo. Tengo que decirte una cosa. Lo hubiera hecho en su momento, pero debes saberlo ahora. O quizá no tenga que contártelo. Se lo conté a Axel. ¿Te habló él alguna vez de lo que me ocurrió? ¿En América… en un lugar llamado China Lake?

Ella vaciló y David se preguntó, por un instante, si estaría luchando con su fidelidad a la memoria de Axel, puesto que, lógicamente, éste le había jurado guardar el secreto. Luego contestó:

– Me contó algo, o lo sugirió. Siempre decía que tenías un secreto. Pero no recuerdo los detalles. Era algo político, ¿no es cierto?

– No. -Pero entonces David se interrumpió-. En realidad me equivoco, sí fue político, aunque no lo pareció. Pero lo era. Ahora ha vuelto otra vez bajo otra forma, no estoy seguro de cuál. -Entonces se lo contó todo, la historia al completo, sin ambages. Su carrera en Cambridge. Su estancia en Aberporth. Luego China Lake y todo lo que había ocurrido después, y en ese momento: Tannis, la carta de Diana, los Clints of Dromore. Tan sólo pasó por alto su peculiar bautismo porque no quería asustarla. Cuando hubo terminado, Anne permaneció muda durante tanto rato que acabó por preguntar-: ¿Sigues ahí?

– Sí. Es sólo que no sé qué decir. Nunca lo había sabido, nunca lo había comprendido. Es espantoso. No puedo creer que sucediera algo así. Destruyeron tu vida por un delito que no cometiste.

– Bueno, yo no fui el único. Precisamente he estado pensando en eso. Pero no destruyeron mi vida, o la destruyeron sólo en tanto que yo se lo permití. Además, ahora mi vida no está destrozada, ni voy a dejar que la destruyan de nuevo.

– ¿Pero qué puedes hacer tú?

– No estoy seguro, pero quiero encontrar a Tannis.

– ¿Pero no está él buscándote a ti?

– Algo debe de haber ocurrido. Vino aquí a visitar a Diana y se mostró totalmente abierto, dijo que quería encontrarme, advertirme. Pero luego, cuando me encontró allá arriba, en el risco, no me dijo nada, ni siquiera se mostró. Me salvó, pero luego no habló conmigo y no comprendo por qué.

– Quizá sea por lo de Diana.

– Bien, no lo sé, pero me gustaría encontrarlo. Y quizás esté todavía en Escocia.

– Podría comprobarlo si quieres. Probablemente se alojó en Dumfries, o en Gatehouse of Fleet. Sencillamente podría telefonear a todos los pubs y hoteles.

– De acuerdo.

– ¿Y qué hago si todavía está aquí? Podría estar…

– No quiero que hagas nada. Limítate a colgar el teléfono. No quiero que él conozca, que nadie conozca, si no lo saben ya, la relación que existe entre nosotros. Entre tú y yo. Debes tener cuidado. Si Tannis le dijo la verdad a Diana todo volvió a empezar de nuevo cuando uno de esos alemanes mató al otro… Vogel y Buhler. Así que ya han matado a una persona. Y luego hay algo en lo que no había pensado nunca. Me tendieron una trampa. Eso significa que alguien se salió con la suya… desde el principio. Podrían estar muy asustados en este momento.

– No me gusta, David.

– Entonces no…

– No quiero decir eso y tú lo sabes. Yo no estoy en peligro, pero tú sí.

– Sí, y no puedo hacer nada por evitarlo. Así son las cosas. Lo que quiero que hagas, escúchame bien, no quiero ponerme furioso, es que compruebes lo de Tannis y te marches. Coge a Derek y vete a algún lugar seguro. Si tuvieras que irte de Kirkcudbright, ¿adónde podrías ir?

– A Edimburgo. Tengo amigos allí. A Londres.

– Más lejos.